domingo, 29 de mayo de 2016

ESPÍAS desde el CIELO - de Gavin Hood

-Eye in the Sky-
Muchos y atractivos elementos integra esta película aparentemente simple, que dedica la mayoría de sus planos a personas que observan pantallas. Suspense, tensión, dilema moral y juego político son las cartas de esta partida: una operación de guerra moderna basada en drones dirigidos por control remoto.

La coronel Katherine Powell (Helen Mirren) dirige una misión secreta para capturar a una súbdita británica convertida al islamismo y casada con uno de sus dirigentes. La misión cobra un nuevo giro cuando se reúne con otros dos terroristas que están entre los 10 más buscados. Entonces abatirlos se convierte en la primera opción.

La acción transcurre en Nairobi, Kenia; mientras la coronel Powel se encuentra en Londres dirigiendo a los operadores de drones que actúan desde una base en las Vegas, a más de 13.000 km. Drones con la última tecnología para vigilar y transmitir imágenes sobrevuelan cualquier espacio armados con misiles.

El director utiliza el gancho de una niña inocente, situada junto a la casa de los terroristas, para introducir el debate sobre los daños colaterales. Logra plantear la situación de forma aguda e incómoda, sin demagogias. ¿Sacrificarías a un inocente para salvar docenas de vidas? El Ojo en el cielo -título original- no sólo observa a los terroristas, también a los que toman decisiones sobre la guerra y su iris llega hasta la butaca del espectador. ¿Aceptas sin más el asesinato? ¿Te irrita que la decisión de apretar el botón no sea franca? ¿Te exaspera el debate cuando la oportunidad es tan clara? 

La película logra un tono de thriller que encuentra el equilibrio entre la reflexión y el entretenimiento. Una de las mejores cosas que consigue es graduar un magnífico suspense en una situación tan aparentemente nimia. Y también reflejar, incluso con humor y sátira, todo el entramado político y legal que se esconde detrás de una decisión de ataque. Los ingleses dudan, consultan a los expertos militares y legales. Los ministros se pasan la patata caliente unos a otros. No así el Secretario de estado norteamericano. Su decisión ejecutiva es clara.  

El director enriquece la película ofreciendo a los espectadores todos los puntos de vista: el de la coronel Powell, el ministro inglés, el fiscal general, el Secretario de estado norteamericano, el experto en daños, los operadores de los drones.... Una situación tan compleja como interesante.
Sin embargo ofrece un punto débil por su inverosimilitud. Los dos jóvenes que operan los drones viven su misión como un tormento emocional. Alistados para pagarse los estudios universitarios se ven comprometidos en una situación límite.


Rodada en tiempo real la cinta consigue un suspense perfecto. Las porfías entre las decisiones políticas y la licitud de la acción encuentra su culmen en el debate moral. Aunque no hay que engañarse, los políticos piden asesoramiento a militares y fiscales; pero finalmente su dilema no es moral sino oportunista, ¿Qué pasa con mi cargo si se filtran las imágenes y aparecen en Youtube cadáveres de civiles?.

La cinta ilustra con claridad meridiana todo lo que supone la globalización y la guerra con los drones. Desde Londres y en colaboración con EEUU (¡Ay, esa relación especial entre ingleses y norteamericanos, en la que quiso participar nuestro Josemari Ánsar yéndose a las Azores!), se ejecuta una acción bélica sin declaración previa de guerra. Sin soldados, asépticamente. 

Las implicaciones morales no son un asunto nuevo en el director Gavin Hood. Ya las pulsó en la infravalorada Expediente Anwar y también estaban en el fondo de la más comercial El juego de Ender donde, recordemos, se plantea la extinción de toda una raza a través de un videojuego. La distancia y la tecnología nos ayuda -hipócritamente- a no implicarnos, ni a ser salpicados por los horrores de la guerra.


El guión (de Guy Hibbert, autor del libreto de Cinco minutos de gloria y Omagh) y las situaciones planteadas son la fuerza de la película; sostenida por unas magníficas interpretaciones de un elenco en el que destacan Hellen Mirren, el recientemente fallecido Alan Rickman y un estupendo Barkhad Abdi que ya nos deslumbrara en la agobiante Capitán Philips.

sábado, 28 de mayo de 2016

X-MEN: APOCALYPSE - de Bryan Singer



Durante la película algunos de estos jovencitos X-Men acuden al cine para ver El Imperio Contraataca, de la saga Star Wars. Al salir debaten sobre si la mejor es la primera o la segunda, para concluir al unísono que la tercera es la peor. Pues eso mismo pasa con esta tercera entrega de la nueva generación de X-Men. La tercera es la peor y a gran distancia de sus dos precedentes, X-Men: First generation y X-Men: Días del futuro pasado.

Después de una estupenda presentación recreando el Egipto clásico de las pirámides y cómo quedó enterrado un primer mutante con amplísimos poderes, la película comienza a recorrer diversos vericuetos, a cual más anodino: el poderoso En Sabah Nur es preservado por una orden secreta que ni aparece y tan torpe que tiene que ser la agente de la CIA Moira MacTaggert quien lo despierte por accidente. Luego este poderoso semidiós reclutará a cuatro jinetes con escaso recorrido. Uno de ellos será un Magneto metido con calzador en una historia familiar de lo más insustancial. A esto le sigue la apropiación de la mente del profesor Xavier para anunciar al mundo su destrucción, el Apocalipsis: No más máquinas, no más armas, no más Compañías. Sobre las ruinas de este mundo construiré un mundo mejor, declama ufano para que todos le oigan. Pues vaya. 

Este Apocalypse cierra la segunda trilogía de los X-Men, la nueva generación. Si la comparamos con las dos películas precedentes falta aventura y sobra cháchara, faltan dramas personales y sobran mutantes. A la nueva generación de Mística (Jennifer Lawrence), Quickwilver (Evan Peters), Xavier (James McAvoy) y Magneto (Michael Fassbender) se les añade y acumula otra nueva y más joven donde encontramos a un juvenil Rondador Nocturno (Kodi Smit-McPhee), una nueva y jovencísima Jean Grey (Sophie Turner), un bisoño Scott y la salvaje Psylocke (Olivia Munn). 
Demasiadas ramas para un sólo árbol, ya que la aventura que nos presenta la cinta es muy limitada: un dios antiguo llega a este mundo, junta a sus cuatro jinetes y se apresta a la destrucción total. Un hilo argumental demasiado simple cuyos dobleces no se han explorado, que abusa de las referencias a sus predecesoras (hasta volvemos al tenebroso lago Alkali) y que pierde uno de mayores atractivos: el debate sobre la aceptación social de los mutantes y el engarce de sus tramas con la historia reciente del siglo XX. Sin este anclaje dramático y con un malvado tan poderoso como excesivo, todo se vuelve simple y predecible. 

Se ha pretendido cerrar la trilogía a la vez que presentar a los nuevos cachorros X-Men, el resultado es pobre y atropellado. Tanto el profesor Xavier como Magneto están muy desdibujados. La pobre Mística carga sobre sus espaldas el intentar levantar el ánimo en una batalla farragosa y falta de épica. Los enfrentamientos y la parafernalia de FX huelen a repetición. Hasta el virtuosismo de las secuencias de Quicksilver (lo más divertido y memorable) se dan por amortizadas.  




Si has leído un poco este blog ya sabrás mi opinión sobre lo mal que casan dioses y cine. Cuando un ser supremo puede destruir el planeta entero sólo con estornudar, resulta harto difícil encontrarle algún dramatismo. Este Apocalipsis es bastante prosaico y su malvado En Sabah Nur un vulgar charlatán.

Leyendo un poco por ahí encuentro que el guionista es Simon Kinberg, un tipo que curiosamente trabajó también en la decepcionante tercera entrega de la trilogía original, X-Men: La decisión final. Otro fiasco a sumar al que firmó para el reboot de los Cuatro Fantásticos o a la flojísima Jumper.

martes, 17 de mayo de 2016

El INFILTRADO - de Susanne Bier

La serie adapta (David Farr) la novela homónima de John Le Carré a lo largo de 6 episodios. Dado que la novela tiene más de veinte años se ha actualizado el contexto histórico, con el beneplácido del propio Le Carré, que también ha participado como productor de la serie. Mientras que la novela gira alrededor del tráfico de drogas en Centroamérica, la serie centra su atención en el tráfico de armas con destino a Oriente Medio. No puedo dejar de acordarme de la serie de espías por antonomasia, la legendaria Tinker, Taylor, Soldier, Spy (Calderero, sastre, soldado, espía), novela que recientemente ha vuelto a sacar brillo Tomas Alfredson con su magnífica película El Topo

Yo creo que a las novelas de La Carré les va la presentación en serie. Sus obras son densas, con tramas intrincadas y personajes turbios, duchos en sutilezas. Le va la pausa y el masticar sus movimientos. Le Carré reflexionaba sobre aquella serie: "Con Alec Guinness al frente de un maravilloso reparto de pesos pesados del Teatro Nacional Británico, la versión televisiva se planteó, curiosamente, como una historia de amor hacia un sistema británico en decadencia. Estaba hecha con mucha nostalgia; hasta los personajes más insignificantes y desagradables resultaban, de algún modo, entrañables". Nostalgia. Uno de los ingredientes que falta en El Infiltrado, que pasa por encima de disquisiciones morales para entregar un thriller muy compacto, actual y dinámico.

"The Night Manager" es Jonathan Pine (Tom Hiddleston), un exsoldado británico que trabaja como regente nocturno de un hotel de lujo en El Cairo. Estamos en 2011, en plena Primavera árabe. Las calles son un hervidero y la presentación de este manager no puede ser más cinematográfica: camisa de lino y recién afeitado camina con aire de sportman por las calles bullentes de enfrentamientos y tiroteos hasta su lugar de trabajo. Un par de planos que nos definen plenamente su carácter: decidido, seguro, circunspecto. Entre los aromas de un hotel de lujo y el azabache de una hermosísima mujer propiedad de un magnate árabe, ésta le pedirá que esconda la copia de unos documentos confidenciales. Transacciones de dinero y armas a gran escala. Los documentos incriminan a Richard Roper (Hugh Laurie), cabecilla internacional del tráfico de armas y a un par de topos en el mismísimo gobierno británico. La mecha está encendida.

Los documentos serán el arranque de una historia de corrupción y espionaje. Pine hará llegar los documentos a un amigo del consulado y éste a la agencia de seguridad que lidera Angela Burr (personaje que en la novela original es masculino). El brutal asesinato de la mujer árabe desencadenará la implicación definitiva de Pine. Angela Burr le fichará y su misión será infiltrarse en la red de Roper. Una misión muy peligrosa ya que Roper no hace prisioneros. Pocos años después otro hotel maravilloso, en las altas nieves de las montañas austríacas, vuelve a juntar a nuestros dos protagonistas. Un robo de efectivo y una huida serán la carta de presentación del nuevo Jonathan Pine ante Roper. El anzuelo está echado. 

La serie tiene un sorprendente aire español. Roper suele retirarse a su mansión particular en Palma de Mallorca y entre sus contactos está un traficante interpretado por Antonio de la Torre. 

La serie tiene el empaque propio de las novelas de La Carré y las ficciones británicas. Basa su calidad en la solvencia de la novela, que hace que nunca pierda el norte, y en la clase que lucen sus intérpretes. Hugh Laurie es un espléndido villano y como  ayudante cuenta con un sibilino Tom Hollander que en cada circunstancia amenaza con descubrir al confidente. Pero quien se lleva el gato al agua es Olivia Collman (que ya estuvo magnífica en Broadchurch). Aquí luce una inteligencia y una decisión que contrasta enormemente con su avanzado embarazo. 

En el debe encuentro que la acción se ha comido al drama. Las estupendas escenas de intriga y acción (cuando definitivamente Pine se cuela en el equipo de Roper en Mallorca, las escenas de robos de claves o la demostración del armamento) hacen que el relato discurra en volandas sobre los hombros del protagonista. Pero en cambio no se profundiza suficientemente sobre los aspectos más turbios (como la historia de la joven amante de Roper o la propia idiosincracia de Pine, quizá dibujado con un excesivo halo de héroe de acción). De todos modos una serie muy estimable.

domingo, 15 de mayo de 2016

Las CRÓNICAS del SOCHANTRE - de Álvaro Cunqueiro





Compruebo que llevo meses visitándolo con sumo agrado, de modo que añado a mi lista de blogs éste de fabulantes.com, cuyos temas y enfoques tanto comparto. Entre otras cosas por artículos como este que a continuación reproduzco, Las Crónicas del Sochantre: Un viaje maravilloso con muertos y fantasmas por Francisco Martínez Hidalgo


Al hablar de literatura fantástica del siglo XX en España, no se puede obviar la contribución, inmensa y excelsa, de las letras gallegas. Por los innumerables rastros sobrenaturales que allí dejaron culturas tan ricas como la celta o la árabe; por su relación antropológica con la muerte y los fantasmas recogida tanto oralmente como en cuentos o leyendas, o por las costumbres y hábitos sociales especialmente relacionados con la delgada línea separadora de la vida y la muerte, bien parece que en Galicia campan a sus anchas meigas y brujos, monstruos y fantasmas, gritos y espanto. De allí proceden figuras tan extraordinarias como la Santa Compaña, asociada con la muerte y los fantasmas, o el lobishome, otra forma de vida animal donde se reúnen en un mismo ser el hombre y el lobo.

Tal es el patrimonio cultural gallego de orígenes fantásticos que, durante su resurgir cultural y lingüístico, lógico era de esperar autores capaces de transformar todo este caudal en obras de relevancia. Los breves relatos o noticias de corte truculento, aparecidas anecdóticamente en periódicos o gacetillas de periodicidad irregular a finales del siglo XIX, dieron paso en la centuria siguiente a un resurgir más intenso durante el cual, en distintos períodos (marcados por la Guerra Civil y las décadas oscuras del franquismo), algunas de las mayores plumas de la literatura gallega produjeron textos inolvidables de corte fantástico. Aunque predominantemente en formato breve, con presencia abrumadora del relato respecto a la novelilla o la novela, se sumaron a publicar textos del género autores como Vicente Risco, Alfonso Daniel Rodríguez Castelao, Rafael Dieste, Ánxel Fole o el más que sobresaliente Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, 1911 – Vigo, 1981).

Aunque Cunqueiro empezó siendo un poeta social y políticamente comprometido, la aparición en su vida del Proxecto Galaxia, o sea, de la posibilidad de participar en un proyecto de resurgimiento sociopolítico a partir de la cultura impulsado gracias a los autores reunidos alrededor de la Editorial Galaxia (fundada en 1950) -alternativo al partidista, en aquel entonces separado a su vez entre la resistencia clandestina en Galicia y la oposición desde el exilio-, lo introdujo en la narrativa por la puerta grande. A este período pertenecen novelas fantásticas magistrales como Merlín e familia (1955), As crónicas do sochantre (1956) y Si o vello Simbad volvese ás illas (1961). Las tres son merecedoras de un comentario aparte, pero hoy hemos querido dedicarle uno especial a la que es, de las tres, no sólo la mejor, sino la que más ha marcado a los lectores que se han acercado a sus páginas.

As crónicas do Sochantre (Galaxia, 1956, Las crónicas del Sochantre en castellano) tiene algo especial. Uno se da cuenta nada más observar su estructura narrativa. Al ser una obra elaborada con conciencia de recuperación y compromiso cultural, en sus páginas se imprime también un sentido de sincretismo bastante acusado.

La estructura se entiende casi como un trébede sobre el que tiene que crepitar una novela conformada con ingredientes pertenecientes a los distintos tipos de texto que la cultura gallega había generado y estaba generando entonces que, una vez adobada con la maravilla y la fantasía de aquellas tierras, darían como un resultado una historia representativa de la idiosincrasia de todo un país. Por eso, mientras leemos, reconocemos el estilo narrativo oral de quien cuenta una historia alrededor del fuego, vemos cómo las atmósferas tenebrosas -aunque inspiradas en la Bretaña francesa- guardan más de un paralelismo con el noroeste peninsular e, incluso, encontramos fragmentos de otros tipos: teatrales (“Romeo e Xulieta. Famosos namorados”, representada por la troupe de difuntos al ser confundidos con una compañía teatral); cuentos (“As historias”, permite conocer la vida y obra de cada uno de los difuntos); epístolas (en varios subtextos introducidos, muy coherentemente, dentro de la pieza teatral); biografías (“Apéndice I. Dramatis personae”, con la semblanza de cada personaje aparecido en la novela), e, incluso, textos registrales, como son las aventuras del sochantre de Pontivy (de nombre, Charles Anne Guenole Mathieu de Crozon) y, especialmente, la “Noticia de Ismael Florito” que cierra el libro.

Otro aspecto extraordinario de Las crónicas del Sochantre está en su tono narrativo y en el uso especialísimo del lenguaje. De hecho, ha sido esta característica la que más viene cautivando a la comunidad lectora. Al albergar esta novela tantos textos y subtextos, al dar cobijo a una variedad sociodialectal casi selvática -por su variado número y heterogeneidad-, el reto de no parecer una voz narradora sumida en la esquizofrenia es durante todo el libro una realidad. Sin embargo, la habilísima pluma de Álvaro Cunqueiro, que construye una voz testimonial indirecta pero al mismo tiempo cómplice de la historia y sus personajes, nos regala unas dulcísimas transiciones, haciendo gala de un humorismo risueño e inocente capaz de naturalizar lo increíble y normalizar lo fantástico. Sólo así nos podría dejar de sorprender que, siendo tan extraordinaria la situación y tan extravagantes los personajes, se mantenga en todo momento el tono testimonial del libro.

El hilo narrativo que une todo es la historia de cómo el sochantre de Pontivy, antiguo hidalgo que por problemas físicos tuvo que renunciar al ejército para acabar en el coro eclesial tocando el bombardino, emprende un viaje en carroza cuando lo contratan para tocar en el entierro de un destacado hidalgo de Quelven. Durante la travesía conocerá a sus compañeros de viaje y descubrirá de todos ellos, además de sus historias personales, otra característica extraordinaria: todos están muertos y durante unas horas, por la noche, su cuerpo abandona la forma humana para tomar la de un esqueleto o, en su defecto, la de una débil aunque brillante luz azul. Todo esto y algo más acontece, además, entre 1793 y 1797, período de la Revolución Francesa, situándonos pues en plena lucha política entre monárquicos y republicanos, contexto que, además, dará pie también a alguna que otra peripecia.

Aunque liviana en apariencia, esta trama oculta dentro de sí más complejidad de la imaginable. En Galicia, como en otras partes de la península, la omnipresente censura obligaba a buscar soluciones imaginativas para la crítica social. ¿Y qué puede haber mejor que escoger un esquema fantástico, un tiempo lejano y un país distinto, con personajes extravagantes además, para esconder todos esos mensajes críticos con el poder establecido y la clase dominante? Que (casi) todos los personajes de la carroza sean hidalgos menores venidos a menos no es casualidad. Que sus historias estén todas teñidas de actos deplorables de envidia, lujuria, vanidad, pereza o soberbia (entre otros) no es casualidad. Que el espacio sea la Bretaña francesa, físicamente similar a Galicia, no es casualidad. Como tampoco parece casualidad el tiempo revolucionario y el tratamiento específico que aquí se da a la dicotomía política entre monárquicos y republicanos. Más mensajes ocultos quedan por desentrañar, pero dejamos que sea el lector quien goce con el desvelo del misterio.

Tema aparte es la liviandad y la ligereza de las historias. Cada personaje está marcado por un drama que ha sellado su destino, condenándolo a vagar durante varios años en forma de esqueleto noctámbulo, hasta que de una forma u otra expíe sus pecados. A pesar de su gravedad de fondo, el tono narrativo tiene la virtud de aligerar el peso de los acontecimientos de forma que, sin tomárnoslo a choteo, se pueda seguir manteniendo el tono tragicómico-burlesco. De esta forma, envenenamientos accidentales por celos (Madame Saint-Vaast) o por vanidad (el médico Sabat), actos deplorables de violación a menores (Coulaincourt de Bayeux), intentos de estafa mayor (el escribano de Dorne) o menor (Monsieur de Nancy), así como el pícaro criado de un verdadero demonio (Guy Parbleu), parecen poca cosa presentados a la luz de su destino. Máxime, cuando se presume que los intentos de casi todos ellos acabaron finalmente en fracaso.

La inteligencia y aparente sencillez con que Las crónicas del Sochantre se aparece ante nuestros ojos supone su mayor mérito. De esta forma, podemos hablar de un texto poliédrico donde, dependiendo de los ojos del lector, se pueden disfrutar de varias lecturas, pudiendo ser o bien una liviana novela fantástica o bien una potente crítica social o bien ambas cosas de vez. El que ambas novelas encajen de forma tan perfecta, además de mantener el tono y la coherencia, o la fuerza de la voz narradora, o la riqueza textual interior, suponen síntomas de habilidad literaria sólo a la altura de las más exigentes plumas. No en vano, Álvaro Cunqueiro ha sido de los pocos autores gallegos de su generación que, a pesar del paso del tiempo, se mantiene en la memoria colectiva de los lectores. Si bien ahora se destacan más otras facetas suyas como la poética o la periodística (en su tiempo, fue un afamado periodista gastronómico), no conviene olvidar su destaque como uno de los mejores escritores fantásticos de su tiempo tanto de la literatura gallega como peninsular. Por eso esta novela es ya un clásico.

viernes, 13 de mayo de 2016

JULIETA - de Almodóvar

Almodóvar ha conseguido emocionarme con esta película que rezuma emoción y vida.  Una historia que bascula entre Julieta, siempre presente, y su hija Antía, ausente desde hace años. Pero un día Julieta se encuentra con una amiga de su hija que le da noticias. Esto reaviva el profundo dolor por su ausencia y es entonces cuando Julieta quiere sacarlo escribiendo su historia, como si fuese una carta que le escribe a ella. La historia de amor que tuvo con su padre, cómo la tuvieron, cómo vivieron junto al mar y las circunstancias que determinaron una tragedia.

Quizás sea le película menos almodovariana de Almodóvar.  El director deja a un lado el mórbido deseo y la pasión desaforada de muchos de sus personajes para dar paso a un contenido dolor, a un sentimiento de derrota que, sin aspavientos ni exaltaciones, se derrama por toda la cinta. El sentimiento de culpa y los silencios atronan en esta película pausada y conmovedora.


Julieta está presente en cada plano, primero en su juventud (interpretada por Adriana Ugarte) y luego en la madurez (por Emma Suárez). Toda la película se construye alrededor de sus recuerdos, sus alegrías y llantos. Por eso su presencia constante no hace más que aumentar la sensación de vacío; el gran hueco que gravita alrededor de la ausencia de su hija. "Tu ausencia llena mi vida y la destruye" escribe Julieta. Un personaje redondo y de nuevo femenino, como los más emblemáticos de Almodóvar, siempre diestro en perfilar mujeres vitalmente perdidas y rotas por el dolor.



La película tiene ese dulce aroma melancólico de quien escribe para intentar capturar sus recuerdos, reconstruir su memoria y asumir las culpas. El director deja respirar la historia y todo va fluyendo con un palpitante ritmo, íntimo y vital. Las idas y venidas de la vida, la muerte y la depresión cocinadas a fuego lento. Maceradas en un sentimiento de culpa. Desde Volver, no veía al director hurgar de forma tan brillante en el desgarro.

Almodóvar vuelve con esta película al melodrama, pero de forma más contenida que nunca. Escarbando en el dolor y la infelicidad de sus personajes es cuando Almodóvar resulta más seductor y reconocible. Sin duda al éxito de la empresa ha ayudado que el guión se base en tres cuentos de Alice Munro, narradora canadiense, excelsa retratista de la complejidad del alma femenina. "Destino", "Pronto" y "Silencio" se titulan las narraciones en cuestión, siendo este último título el que en principio iba a tener la película. Con ellos Almodóvar logra hilar una historia con gran sensibilidad y buen ritmo que, sin sensacionalismos, nos ofrece un testimonio de culpa y redención.

He de destacar el gran trabajo del director puliendo con mimo cada plano en su gama característica de colores (rojo, azul, amarillo). Los apartamentos donde vive Julieta aparecen atestados de objetos que son verdaderos homenajes a sus referentes culturales (libros, cuadros, posters). La secuencia del tren, en la que Julieta conoce a su futuro marido, está rodada magistralmente y en ella conviven la felicidad de los amantes y el presagio de la tragedia. La casa junto al mar o de nuevo las calles de Madrid que Almodóvar retrata como nadie.

No puedo dejar de subrayar tres detalles magníficos que por sí solos compendian esta cautivadora película. El primero, por supuesto, esa elipsis aguda y poderosa que marca el paso de la joven Julieta a la adulta, con el simple aditamento de una toalla. El segundo es el plano de una foto hecha pedazos y reconstruida con cinta adhesiva; una elocuente metáfora sobre la fragilidad y el sentimiento de culpa. El tercero es el crescendo final donde se descubren las motivaciones ocultas que han dado forma al drama mientras escuchamos la única canción de la película: Chavela Vargas con Si no te vas

Tildado como director de mujeres, el director abunda en ello con unos personajes dolientes que cuentan con unas intérpretes (Emma Suárez, Inma Cuesta y Adriana Ugarte) en estado de gracia. Me ha gustado especialmente Emma Suárez por su capacidad para transmitir emoción en medio del silencio.  

Dolor, pérdida, culpa y rechazo podrían ser las estaciones de tránsito. La redención vendrá por la aceptación y la sinceridad. De nuevo Almodóvar erige una conflictiva relación materno filial. A lo largo de su filmografía nos ha mostrado madres dominantes, castradoras, luchadoras y protectoras. En Julieta nos invita a la intimidad de una relación compleja y dolorosa.

lunes, 9 de mayo de 2016

SEVERINA - de Rodrigo Rey Rosa


















Severina es una fascinación.
Una joven ladrona de libros irrumpe en la vida de un librero con una vida hueca y llena de ensoñaciones. Ella iluminará todo con su enigma. Casi se puede decir que Severina es la ensoñación definitiva a la que se lanza el librero. 
"No era la primera vez que me dejaba llevar más allá de la razón por un impulso libresco. Camino de casa me reí de mí mismo varias veces, pensando en Flaubert."

Esta novela corta y turbadora, de apenas cien páginas, logra hacer bullir en cada una, con ardiente intensidad, dos pasiones, la del amor y la de los libros. No en balde otro librero amigo, con quien comparte confidencias sobre esta ladrona, le confiesa al protagonista: "Tú y yo, a mi modo de ver, somos como alquimistas".



El misterio rodea a Severina. Viene y va por la ciudad y por los países sin historia ni documentación alguna. Pero siempre vuelve con nuevos libros. El librero la sigue para acabar conociendo que vive en una pensión, con un señor mayor, Otto Blanco, a quien el relato presenta alternativamente como su abuelo, su padre y su amante.
"Somos personas comunes y corrientes, como cabe sospechar. yo tengo mis ideas, y ella me sigue en eso pero, claro, a su manera. Siempre viví de los libros, y mi padre y mi abuelo, cada uno a su manera, vivieron también exclusivamente de los libros, de toda clase de libros. No hablo en sentido figurado, subsistimos sólo gracias a los libros -me dijo, y luego guardó silencio."
Las dudas y escarceos son constantes; la pasión exacerbada. Severina es un hechizo, tiende a convertirse en un agujero negro capaz de absorberlo todo. Una especie de vampiresa que exige total entrega y pleitesía. El librero entreve que tendrá que abandonar todo para tenerla.
La Sirena de  P. W. Waterhouse
Rey Rosa citaba en una entrevista: "Oscar Wilde decía que uno mata lo que ama. En este caso lo que amas te mata. Te libera y te destruye a la vez." El librero quiere pensar en otro tipo de amor, pero no logra engañarse.
"Por un momento el ruido de la sirena -que era todo lo que se oía- me hizo recordar las sirenas antiguas, que no tenían cuerpo de pez sino de ave y cuyo canto perdía a los hombres. Una serie de figuras inconexas me llevaron a pensar en que la idea del amor recibida de los románticos, que lo asocian con la muerte y a veces con el diablo-, es demasiado sombría para ser, hoy, creíble y, menos aún, deseable. El nuevo amor, el amor peculiar del siglo veintiuno, tenía que ser distinto, pensé sencillamente, tal vez sólo para consolarme". pág 31

De algún modo su lectura me ha traído el recuerdo de otras dos novelas cortas: Aura (Carlos Fuentes) y Carlota Fainberg (Antonio Muñoz Molina).

El estilo es elegante y preciso. Preserva la intensidad de los sentimientos sin ofrecer alardes innecesarios. Ni tan siquiera aparecen en la nómina de libros que transitan por las manos de esta pareja: el orientalista Laoust, el Barón Corvo, Mario Praz y, quizás sorprendentemente, Jardiel Poncela. En la consumación de la trama no podía faltar Borges, aunque sea de un modo irónico. 





Rodrigo Rey Rosa (1958) nació en Guatemala, donde comenzó estudios de medicina. Los abandonó en 1980 para correr mundo. Realizó estudios cinematográficos en Nueva York. En 1984 viajó a Tánger y recaló en el taller literario de Paul Bowles, que cambió su vida. A partir de aquel encuentro se volcó de lleno en la literatura y la traducción. Desde entonces, el nombre de Bowles, que tradujo sus tres primeras obras al inglés, lo persigue como una sombra. Severina (2011) es una novela corta igual que El material humano (2009) y Los sordos (2012). Pero además su obra incluye libros de relatos El cuchillo del mendigo, El agua quieta, Cárcel de árboles, Lo que soñó Sebastián (1994, nouvelle seguida de relatos cuya adaptación cinematográfica dirigida por él mismo se presentó en el Festival de Cine de Sundance del 2004), Ningún lugar sagrado y Otro zoo. Todos ellos reunidos en un único volumen, 1986. Cuentos completos. También ha publicado una tetralogía de cuatro novelas breves de carácter policíaco: Que me maten si..., El cojo bueno, Piedras encantadas y Caballeriza; donde demuestra su hábil manejo del suspense. Estra tetralogía está también publicada en un sólo volumen, Imitación de Guatemala. Cuatro novelas breves (2013). Las matanzas de indígenas en las montañas y el tráfico de niños, el recuerdo de un secuestro, el atropello de un niño por un conductor que se da a la fuga y la quema de un establo durante una fiesta ecuestre son el punto de partida de estas cuatro historias. "No es sólo un retrato de la Guatemala actual, porque todo el mundo es ya un lugar violento… El género de la novela policíaca, que predomina en la narrativa de nuestro tiempo, era el perfecto para adentrarme en la parte oscura de la realidad», ha declarado el autor.

viernes, 6 de mayo de 2016

CAPITAN AMÉRICA: CIVIL WAR - de Joe y Anthony Russo


Después del fiasco que supuso el incongruente y anodino enfrentamiento entre Supermán y Batman, nos llega esta Guerra Civil entre superhéroes y la verdad es que me temía lo peor. Sin embargo la película tiene un pulso firme y vibrante y, sobretodo, la disputa que encabezan Ironman y el Capitán América tiene unas raíces dramáticas sólidas.

Marvel publicó en 2006 una serie limitada de siete comic books titulada Civil War. El protagonismo colectivo iba más allá de los Vengadores puesto que aparecían los New Avengers, los Cuatro Fantásticos y otros. Los guiones se debían a Mark Millar. Aunque las tramas y personajes secundarios difieren enormemente, este Capitán América: Civil War recoge el asunto central (las acciones de los superhéroes deben estar reguladas bajo control gubernamental) y los líderes antagonistas, Tony Stark y Steve Rogers.

Otro diferencia importante entre la película y el cómic es que en éste, una de las razones del conflicto y la oposición a la ley de control son las identidades secretas de los superhéroes. Dado que en el Universo Marvel cinematográfico las identidades no son secretas, el asunto se obvia.






Desde los 80, una de las líneas de renovación de los cómics de superhéroes ha sido la autorreflexiva, el volverse sobre sus propias acciones para comprobar los daños colaterales: la muerte de civiles y la destrucción de ciudades. Este grado de autorreflexión lo plasma perfectamente en la cinta, el recién llegado Visión, quien observa ante el resto de Vengadores: desde que aparecieron los superhéroes no han dejado de aparecer supervillanos. Los combates entre unos y otros dejan el mismo rastro que una catástrofe. El plan entonces es regular esta potencia de fuego y devastación. Algo así como la plasmación real de aquello que aparecía en el melancólico Wachtmen: ¿Quien vigila a los vigilantes? 

El acierto de la película es conducir en paralelo este debate político, con una estupenda trama de suspense y acción que sigue los pasos de un misterioso psiquiatra y del Soldado de Invierno. 

Si la consideramos como una película del capitán América está un escalón por debajo de las dos previas. En cambio si la consideramos como la tercera de Los Vengadores, quizás sea la mejor. Ofrece el espectáculo pirotécnico que se espera (la introducción por las calles de Lagos es trepidante y la batalla entre las dos facciones de superhéroes en el aeropuerto, simplemente espectacular); pero además aporta una intriga muy bien trenzada que justifica plenamente el enfrentamiento final. 

Los elementos que maneja el sibilino psicólogo, interpretado por el sorprente Daniel Brühl, son genuinos; y el señuelo que lanza a los contendientes tiene una potente entidad dramática. De hecho la intensidad emocional del enfrentamiento final entre Tony Stark y el capitán Rogers creo que es única y no aparece en ninguna otra película Marvel.




Formalmente una directriz de la ONU, "Los acuerdos de Sokovia", son la causa de la división. Tony Stark aboga por firmar y acatar la regulación gubernamental. El capitán América se aferra a su conciencia individual (muy americano esto del individualismo). Pero en el fondo, y esa es la habilidad que han tenido los guionistas, el enfrentamiento tendrá un marcado sesgo personal: la venganza por un lado y la defensa leal y a ultranza de un amigo, por otro.

Después del gran trabajo que hicieron en Capitán América, Soldado de Invierno, los guionistas Christopher Markus y Stephen McFeely han sabido conjugar con gran eficacia los aspectos serios de la regulación, con el estrictamente aventurero (en la parte central de la película); sin olvidar introducir una implicación dramática de los protagonistas que se agradece.





Magnífica la aparición de Black Panther (Chadwick Boseman), superhéroe que, además, es príncipe de Wakanda, un ficticio país africano. Y muy celebrada (por lo fresca y divertida) la de Spiderman. En cambio Ojo de Halcón y Ant-man no añaden nada; aunque para Marvel -demasiadas veces- la acumulación constituya un valor preeminente. 








P. D. 
Marvel ha creado todo un universo propio y autorreferencial que hace que cada detalle, frase o personaje -por muy secundario que sea-, albergue su propia historia. Hay páginas y estudios concienzudos dedicados a descubrir estos "easter eggs" escondidos entre los planos.
Por señalar algunos, a mí me ha gustado volver a encontrar a un gran secundario como Frank Grillo, el malvado protagonista de la introducción en Lagos. Originalmente era un soldado de HYDRA incrustado en S.H.I.E.L.D, Brock Rumlow. Ahora, respuesto de sus heridas aparece como Crossbones para volver a tenerlas tiesas con Steve Rogers.
Por otra parte está siendo muy comentada la aparición de un jovencísimo Spiderman que anuncia una nueva saga. Su intervención quizás sea la más comiquera de la cinta ya que se muestra absolutamente locuaz y parlanchín durante las peleas, tal y como lo vemos en las viñetas. Él es quien apunta la táctica que vió en "una vieja película", donde los rebeldes eran atacados por robots gigantes en un planeta helador y no duda en emular al mismísimo Luke Skywalker.
También me ha llamado la atención el momento en que Tony Stark es encañonado por Bucky, lo que hace que Iron Man le interpele: "puedes bajar el arma, mensajero del miedo"; en clara referencia a la película del mismo título (con reciente remake interpetado por Denzel Washington, "The Manchurian candidate"). En estas películas varios  soldados norteamericanos son secuestrados por los soviéticos (en el remake por una conspiración política interna) para someterlos a un lavado de cerebro y convertirlos en asesinos.

martes, 3 de mayo de 2016

El ENFERMO - de J.F. Sullivan

Serie NarracionesExtraordinarias













El único que guardaba silencio en nuestra table d’hôtel era un hombre muy alto, devorado por la inquietud, que pasaba sin tocarlas la mayoría de las fuentes que se le ofrecían, y jugueteaba con las escasas migajas que comía, como si apenas advirtiera su presencia en el plato. Estaba sentado con el ceño fruncido, dolorosamente preocupado, y a todas luces sumido en sus propios pensamientos. El alemán satisfecho que estaba junto a él, acodado sobre la mesa, mondándose los dientes con una mano y llevándose con la otra a la boca grandes cucharadas de picadillo de carne, se esforzaba, en su bien masticado inglés, por hacerle intervenir en la conversación, pero su flaco interlocutor contestaba sólo con monosílabos, o no daba respuesta alguna.
Pero de pronto, mientras el alemán, con numerosos bufidos y gorgoteos, sorbía de su cuchara el helado, cuyo bol descansaba en la palma de su mano (sus codos, por supuesto, estaban siempre encima de la mesa), el taciturno se volvió hacia él y le dijo:
 —Creo que será mejor que empiece a preparar su maleta. De lo contrario, le faltará tiempo cuando llegue el telegrama.
 —¿Telecrama? –dijo el alemán, en cuya garganta las palabras, el helado y un trago de vino disputaban la supremacía- ¿Qué telecrama? ¿Cuál telecrama?
—¡Oh! Sus almacenes de Hamburgo, usted sabe... el incendio...- Se interrumpió bruscamente
y dijo —: ¡Ah, me olvidaba!... estaba pensando en voz alta, eso es todo.
El alemán se atoró, tragó saliva, resopló y farfulló más que antes aún, pero su apremiante interrogatorio no obtuvo respuesta de su vecino; y por último, engullendo al mismo tiempo un higo, un trozo de queso, un mendrugo de pan y un sorbo de vino, se arrancó la servilleta del cuello y salió del comedor, tosiendo indignado.
Al día siguiente no vi al hombre delgado. Pero a medianoche me despertaron un ruidoso pataleo y estentóreos gritos que sonaban en los corredores, seguidos de toses y estertores que se apagaron al descender la escalera y reaparecieron en los escalones del pórtico. Era el alemán, que se marchaba en el tren nocturno. A la mañana siguiente, durante el desayuno, me enteré por el camarero de que el alemán había regresado a Hamburgo después de recibir el telegrama. Al parecer, había mostrado gran inquietud y agitación. Y el botones le oyó hablar consigo mismo, muy excitado, de un incendio.
Aquella noche, como quien cumple un deber, me encaminé al Casino; en el peristilo hallé al hombre delgado, que, con los brazos a la espalda, iba y venía muy lentamente; el cigarro que sostenía entre los dientes estaba irremediablemente apagado, sin que él lo notara. Lo tiró de súbito y entró apresuradamente en el teatro; pero no parecía oír el concierto, y al cesar la música se incorporó, murmurando:
—¡Vamos a ver cómo pierde sus siete mil libras ese pobre diablo!
Se acercó febril a las mesas y fue rectamente a la segunda de la derecha, donde uno de los jugadores apostaba pequeñas pilas de monedas de oro... veinte pilas en cada tiro. En aquel momento acababa de ganar con la pila más alta, acertando un pleno, y de ese modo había aumentado considerablemente sus anteriores ganancias.
—Yo le aconsejaría que dejase de jugar ahora –dijo el hombre delgado, parándose junto a la silla del jugador; pero éste se limitó a mirarlo fijamente y siguió distribuyendo sus pilas de monedas en toda la mesa.
—¡Hum! Nadie puede impedírselo, naturalmente –insistió el hombre delgado- ¡Pero no diga que no se lo previne!
Salió el cero; y el jugador (que desdeñaba las apuestas menores) perdió todas sus pequeñas pilas; pero siguió jugando: plenos, calles, cuadros, semiplenos; y nuevamente salió el cero, y allá se fueron sus montones de monedas. Entonces el jugador apostó una pila muy alta al cero... y el cero no salió; y así prosiguió hasta que desapareció todo su rimero de monedas y cambió luego billete tras billete hasta que no le quedó ninguno. Entonces se incorporó lentamente, contempló con furia al hombre delgado, miró al croupier más próximo con una sonrisa espectral y desapareció (más tarde supe que había perdido siete mil libras).
El hombre delgado comenzaba a interesarme. Colocó una moneda de cinco francos a manque, y ganó; repitió dos veces la apuesta y ganó; apostó dos veces a passe, y ganó. Quince o veinte veces jugó a color, a par o impar, y nunca dejó de ganar. Después apostó al negro las quince o veinte monedas de cinco francos que había ganado, diciéndole a un croupier:
—Esta vez perderé- y el negro perdió. Colocó la moneda original en un pleno: el 15. Salió el 15. Dejó sobre la mesa los 175 francos que ganara y apostó su moneda de 5 francos al 9. Salió el 9.
Los demás jugadores habían comenzado a reparar en él. Apostó discretamente al 1; varios lo siguieron y jugaron al mismo número. Salió el 1. Dos veces repitió el procedimiento con otros números –y otros lo imitaron-, y esos números ganaron. Los croupiers cambiaron miradas y murmuraron unas pocas palabras entre sí. Uno de los chefs se levantó de su alta silla y se encaminó hacia el ganador con intención de hablarle; pero el ganador ya no estaba allí. Sus apuestas y ganancias, sin embargo, permanecían en la mesa, donde las había dejado. El chef recorrió las salas buscando el hombre delgado, pero en ninguna parte pudo hallarlo. Yo lo había visto retirarse sosegadamente cuando el croupier gritó: “¡Uno!” y salir en silencio de la sala.
A la mañana siguiente, después del desayuno, el hombre delgado estaba fumando un cigarrillo en la terraza del hotel, y una curiosidad irresistible me impulsó a hablarle.
—Debo felicitarlo por la suerte que tuvo anoche –le dije.
—¡Suerte, señor! –replicó el enjuto individuo sin apartar la mirada del pavimento. Su voz era sorda y en extremo dolorosa, desprovista de toda esperanza –No es suerte, sino mala suerte... ¡condenada mala suerte, señor!
—Ciertamente no pareció dar usted mucha importancia a su éxito, a juzgar por la manera en que abandonó sus apuestas y ganancias. Supongo que sabe usted que ganó una suma considerable ¿verdad?
—¿Sí lo sé? Oh, perfectamente.
—¿Y no llama suerte a eso?
No la llamo suerte, sencillamente porque no es suerte, y la suerte no tiene nada que ver en ello –replicó el hombre delgado, mirándome lúgubremente –Es certeza, y no otra cosa. Lamento mucho decirlo, pero  con anticipación qué número va a salir.


—¿Qué? ¿Siempre?
— Siempre, sí... ¡maldito sea! ¡Esa es mi cruz, señor! ¿Cree usted que habría abandonado mi cómodo hogar para venir a mezclarme con un montón de extranjeros charlatanes, si el médico -–un rayo lo parta— no me lo hubiese ordenado? ¿Es eso lo que sugiere mi aspecto?
—Bueno, no; debo admitir que no. En todo caso, confío en que su salud se restablecerá rápidamente.
 —No lo creo, señor. Cuando uno es lo bastante necio como para contraer alguna dolencia que los médicos no conocen, es difícil quitársela de encima. No me extrañaría que este malhadado conocimiento del futuro perdurase hasta que...
—¿Conocimiento del futuro? Pero eso no puede considerarse una enfermedad...
—¿Ah, no? ¡Ya lo creo que es una enfermedad, señor! Es anormal, ¿verdad? Bueno, lo que es anormal es una enfermedad, ¿cierto?
—Pero –dije yo—, ¿no le parece una enfermedad extraordinariamente inusitada?
—Por supuesto —replicó el hombre delgado—, y eso empeora las cosas.
—Pero, ¿cuál es su origen?
—¿Cuál habría de ser? Esa dolencia elegante, que hoy está tan de moda: el agotamiento nervioso. Exceso de trabajo, señor, que trae por consecuencia una sobreexcitación de los tejidos cerebrales... ésa es la jerga del caso. Le digo que es una enfermedad, señor, supongo que los antiguos profetas la padecieron; de todas maneras, yo la padezco, y le aseguro que no me gusta nada. Vine aquí para ver si el cambio de aire me sanaba.
—Le ruego que me perdone –dije-, pero su caso es tan peculiar e interesante, que me veo obligado a preguntarle cuáles fueron las primeras manifestaciones del mal.
—¡Oh! Lo de siempre: me sentía cansado y deprimido... no podía dormir... carecía de energía... me era imposible fijar las ideas. Un día, de pronto, cuando alguien me preguntó si creía que iba a durar el buen tiempo, respondí, con gran sorpresa de mi parte: “No, mañana a las tres de la tarde comenzará a llover y seguirá lloviendo toda la noche”. Yo sabía que ocurriría así, señor; y cuando mi pronóstico se cumplió, me asaltaron muy diversos sentimientos.
“En el primer momento me sentí sorprendido, luego asustado, después satisfecho; pero al fin prevaleció el miedo. No era una sensación agradable, señor; procuré convencerme de que no era más que una fantasía; pero las cosas pasaban como yo las preveía, y me vi obligado a creer.
“Pues bien, señor, supongo que usted pensará: ¡Qué maravilloso, tener un poder semejante! ¡Qué ventaja magnífica! Pero, ¿lo es realmente? Créame, señor, su opinión sería otra si estuviera en mi lugar. ¡Ventaja, señor! ¿Le parece una ventaja prever todas las cosas desdichadas y horribles que le van a ocurrir a uno dentro de varios años, quizá, y aguardarlas y pensar continuamente en ellas hasta que ocurran? Es malo recordar una pasada desdicha cuando sus consecuencias aún persisten, pero muchísimo peor es verla anticipadamente, ¡verla crecer y crecer como un tren expreso que avanza desde lejos para aplastarlo a uno como una mosca!
“¿Cómo? ¿Qué dice usted? ‘Que esa enfermedad tiene ciertas ventajas prácticas.’ Pero ¿de qué sirven, señor, cuando uno sabe todo lo que va a pasarle? Yo no quiero riquezas, señor; si las tuviera, no sabría qué hacer con ellas. Tengo lo suficiente para satisfacer todas mis necesidades: y tampoco quiero poder, señor, ni influencia; quiero estar tranquilo y vivir la vida, ¿y cómo diablos puede estar tranquilo y vivir la vida un hombre afligido por el don de la profecía? Le aseguro que mi conocimiento del futuro es como una pesadilla; y me torna maligno y vengativo; la única aplicación interesante que hallo a mi dolencia es preocupar a la gente hasta hacerle perder el seso. Usted, señor, por ejemplo, se sentiría muy incómodo –y es poco decir- si yo le contara lo que va a sucederle dentro de unos tres años. Pero de eso le haré gracias; y ya tiene motivo para estarme muy agradecido."
Traté de sonreír con divertida incredulidad, pero no pude lograrlo. Ladeé lentamente mi sombrero e hice un alegre brinco a mi cigarro, para demostrar mi indiferencia; pero pronto volví a enderezar aquél, y permití que el cigarro volviera a su seria posición acostumbrada. Dí la espalda al hombre delgado y entré en la sala de lectura; tomé un ejemplar del Galignami, y me senté; y tardé cinco minutos en comprender que sostenía el periódico al revés.
Entonces me levanté abruptamente, me dirigí de nuevo hacia el hombre delgado, y mirándolo con fijeza le dije:
—Le agradeceré que me diga... —pero al llegar a la última palabra mi voz pareció a punto de extinguirse, y concluí de este modo... —:la hora.
El hombre delgado sonrió de un modo mefistofélico: sabía perfectamente que yo no había ido a preguntarle la hora. Con súbita y violenta resolución de no hacer el tonto, comencé a hablar una vez más sobre lo ocurrido en la mesa de ruleta.
—La gente del Casino –dije- estará intrigada.
—Sí -contestó- ¡Los administradores se están ocupando del asunto, y parecen bastante inquietos! Uno de ellos vendrá a visitarme esta tarde para traerme un cheque por los importes de mis ganancias y preguntarme qué pienso hacer. Por supuesto, han comprendido que puedo arruinarlos si me lo propongo; pero mi conducta los ha desconcertado. Anoche, con sólo quererlo, habría podido hacer saltar la banca en todas las mesas...pero no es ése mi propósito. Quiero fastidiarlos. Si es usted un hombre curioso, le invito a presenciar la entrevista.
Acepté ansiosamente... Cualquier cosa, con tal de distraerme. Después del almuerzo acompañé al hombre delgado a su cuarto y quince minutos más tarde vino el camarero para anunciar que un caballero deseaba hablarle.
—Hágalo subir- dijo.
El visitante entró.
—¿Usted está ansioso... muy ansioso por conversar conmigo? –dijo el hombre delgado sentándose cómodamente en su sillón–. Lo escucho, pues; mi amigo, aquí presente, no nos estorba; puede hablar libremente en su presencia.
El visitante titubeó, y por fin dijo:
—He traído a Monsieur las ganancias que olvidó anoche en la mesa. Este cheque...
—¡Ah, muchas gracias! –dijo el hombre delgado—, pero en este momento no lo necesito. Si quiere usted guardármelo... o, mejor aún, destinarlo a beneficio de los pobres de los alrededores...¿eh?
El alto empleado del Casino parecía azorado y se pasaba los dedos por la barba. Hubo un silencio, embarazoso para el funcionario; el hombre delgado, en cambio, se esforzaba por reprimir una sonrisa.


¿Monsieur se propone quedarse mucho tiempo en Montecarlo? –preguntó el alto empleado, muy incómodo.
— Pues... Aún no lo he decidido, en realidad –repuso alegremente el hombre delgado.
—¡Ah! Entonces... ¿Monsieur se propone hacernos el honor de visitar nuevamente nuestras mesas?
—Bueno, tampoco me he trazado ningún plan sobre ese particular.
El alto empleado seguía acariciéndose la barba con los dedos, desolado; la expresión de ansiedad de su rostro era evidente y dolorosa. Miró primero al hombre delgado y después a mí.
—Monsieur podría... este...¿quizá estaría dispuesto a aceptar un pequeño convenio con respecto a su partida? –dijo por fin y con voz un tanto ronca-. La administración siempre es liberal y...
—Oh, no necesito dinero –respondió jovialmente el hombre delgado-. Ya lo habrán adivinado ustedes anoche, cuando abandoné mis ganancias.
—¡Eso es cierto, a fe mía! –dijo el funcionario-. Pero la verdad es que... Monsieur parece gozar de muy buena estrella... una chance extraordinaria...
—Suerte, quiere decir usted, por supuesto. Pero no se trata de suerte, mi querido señor; es simplemente, conocimiento del futuro... Eso es todo... ¿Quiere tener la bondad de clavar la mirada en la esquina de esa casa de la costanera? Yo le diré quienes van a pasar por ahí antes de que aparezcan. Un hombre gordo con abrigo pardo... ahí lo tiene usted; tres señores y un perrito... ahí están; un policía y un gendarme, llevando un paquete blanco; un perro blanco; ahora pasará una mujer con una gran cesta.
 No había la menor posibilidad de que el hombre delgado pudiera ver a los peatones antes de que aparecieran por detrás de la casa. El alto empleado del Casino palideció y se rascó la nariz.
—Ya ve usted –prosiguió el hombre delgado- que no es “suerte”. ¡Diablos, ojalá lo fuese! Bueno, quizás se le haya ocurrido a usted que puedo predecir cada uno de los lances de las salas de juego –clavaba los ojos centelleantes en el funcionario (cuyo rostro parecía más alargado por la consternación que reflejaba), y parecía sonreír interiormente mientras hablaba –que puedo comunicar ese conocimiento a otros... a todos los concurrentes a las salas de juego...¿no es así? Podría hacer saltar la banca de todas las mesas, todos los días, hasta que ustedes se vieran obligados a cerrar el negocio; piense en eso, mi querido señor...¡cállese! Podría barrer con todo, sin más trámite; ¡saque usted la cuenta! ¿O ya lo ha hecho?
Era indudable que el alto empleado lo había hecho; estaba mortalmente pálido, y sus ojos parecían los de un loco; el hombre delgado, entretanto, sonreía alegremente, erguido en su silla, y no le quitaba la mirada de encima.
—Pero... indudablemente... Monsieur.. .mon Dieu...¿Monsieur es tan duro de corazón como para trazarse un plan tan terrible? ¿Hemos ofendido a Monsieur de algún modo? Estamos a las órdenes de Monsieur. Cualquier cosa que podamos hacer para serle gratos... cualquier cosa...¡estamos a su disposición! ¿Monsieur querría aceptar una participación en la empresa... una participación muy grande? ¿Una cuarta parte... la mitad? ¿Monsieur nos hará el honor de integrar la administración?
El hombre delgado sonrió suavemente.
—¡Oh, cielos, no! –dijo complacido- no tengo ambiciones en ese sentido. Realmente aún no tengo una plan definido. Quizá me divierta en las mesas –el alto empleado hizo una mueca y sus dientes castañearon-, quizá nunca vuelva a entrar allí. Sólo Dios lo sabe.
—Pero, por lo menos, ¿Monsieur me hará su promesa de abstenerse de comunicar sus terribles predicciones a otras personas... a la multitud? ¿Tendrá la bondad de prometerme que...?
—Oh, en realidad no puedo prometerle nada, ¿por qué habría de hacerlo?
—Pero, reflexione usted... Usted no nos odia, ¿verdad Monsieur?
—Oh, no, Dios mío –dijo, muy satisfecho, el hombre delgado-. En absoluto. Ustedes me han entretenido gratuitamente con espléndidos conciertos y cosas parecidas. La administración me inspira simpatía. Cualquier cosa que yo haga, tendrá el único propósito de divertirme... Claro está que las consecuencias pueden ser desastrosas para ustedes, aunque con esto no quiero decir que forzosamente han de serlo, ¿me comprende?
El alto empleado se levantó pálido y azorado. Se pasó la mano por la frente húmeda de transpiración. Se encaminó a la puerta, titubeó, volvióse, después hizo una reverencia y salió lentamente.
—La cosa atormentará a esta gente, ¿sabe usted? Estarán terriblemente preocupados, ¿verdad? Eso es lo que quiero; los dejaré perplejos...¿comprende? Seré una espada suspendida sobre su cabeza; ¡estarán siempre temblando de miedo a que yo aparezca, a que organice una empresa para informar a los jugadores cuáles son los números que van a ganar!
En su rostro consumido se dibujó una sonrisa. Luego añadió:
—A decir verdad, me iré esta noche; pero le diré al gerente del hotel que tal vez regrese muy pronto, ¡ellos lo sabrán, y se divertirán mucho!
Aquella noche no pude cenar; después, no logré mantener mi pipa encendida; tampoco me fue posible oír el concierto del Casino; las palabras del hombre delgado, “De eso le haré gracia, y ya tiene motivo para estarme agradecido”, zumbaban en mi cabeza, hasta que al final me sentí mareado. Tres o cuatro veces me dirigí a su puerta para buscarlo y suplicarle me dijera enseguida qué era lo que me iba a ocurrir; pero no pude juntar valor para oírlo. Lo detestaba, eso, sin embargo, no remediaba nada. Por la noche se iría... ¿y yo lo dejaría ir, llevándose el secreto, para no verlo acaso nunca más? Entonces me dije: “¡No seas necio! ¡Haz la cuenta de que todo esto es una estúpida impostura o un sueño!” y me desvestí y acosté; pero inmediatamente torné a levantarme y a vestirme. Él viajaría hacia el oeste, en el tren nocturno. Bajé, pagué la cuenta y ordené que cargaran mi equipaje en el ómnibus que combinaba con aquel tren.
Sonrió nuevamente cuando me vio subir al ómnibus, y dijo:
—Ha resuelto partir de forma muy inesperada, ¿verdad? Espero que no haya recibido ninguna mala noticia.
En el tren abrí veinte veces la boca para preguntarle qué me ocurriría de allí a tres años, y por fin la pregunta brotó tumultuosa de mis labios.
—Oh... ¿eso? –dijo— ¿Aún no ha olvidado esas palabras lanzadas al azar? Oh, vamos, hay que olvidarlas, no nos preocupemos por eso. ¡Ya lo sabrá a su debido tiempo, se lo aseguro! –Sonrió y meneó varias veces la cabeza –Ahora le diré lo que pienso hacer yo. Esto lo divertirá. En París hay un multimillonario norteamericano que se ha embarcado en tremendas operaciones financieras... Ha invertido todo su caudal en cierta especulación.
 “Supe esta noticia por una carta de un amigo mío que vive en París. El conocimiento de lo que sucede alrededor de mí en el presente sólo me llega por las vías ordinarias; esta maldita enfermedad mía sólo me permite ver el futuro... ¡condenado sea! Pues bien, preveo que esa operación rematará en el más espantoso desastre, a menos que el norteamericano siga determinado curso de acción; y yo le diré esto, pero no le diré cuáles son las providencias que debe adoptar... ¿comprende? ¡Le haré salir canas verdes!
—¡Realmente es usted muy vengativo! –exclamé a pesar mío.
Toda su expresión cambió de pronto. Pareció desfigurarse víctima de un terror invencible.
—Hace aproximadamente dos meses –dijo- la anticipación de lo que ocurrirá dentro de siete años entró en mi espíritu por primera vez, como un dardo. Lo que me espera es más terrible de lo que jamás hubiera imaginado... ¡y ocurrirá! Tanto he pensado en ello estos dos últimos meses, que por momentos me pregunto si no estoy loco. Antes de esa terrible enfermedad yo era un hombre robusto... ¡Míreme ahora!
“Esto me ha agriado, me ha corroído. Suelo pasarme despierto la noche entera, meditando en lo que vendrá hasta que a veces cedo al impulso de gritar.
“Me he tornado maligno: mi única diversión es hacer sufrir a los demás un poco de lo que yo sufro. Recurro a ese entretenimiento para no pensar en mi propia angustia. Ahí tiene usted su caso, por ejemplo...eso que le ocurrirá a usted dentro de tres años, el 19 de marzo... No lo olvide...¡el 19 de marzo! No es tan horrible como mi propio destino... ¡pero, en conciencia, mi querido señor, es lo bastante atroz como para estremecerse! No puede usted evitarlo, es indudable que ocurrirá... pero ¡vamos! Es una de esas cosas en las que más vale no insistir; olvidémosla, pues y pasemos a otro asunto. Vea usted a ese jefe de estación, ahí parado: dentro de tres semanas le sucederá algo muy agradable; en realidad, me gustaría bajar y decírselo todo, pero no hablo muy bien el francés. Bueno, bueno, ahora lamento no saberlo; ¡qué desventaja tan grande el no saber hablar un idioma!”
Dejé que siguiera parloteando, pero sin oír lo que decía. ¿Debía negarme a conocer mi destino, descender en la primera estación  y escapar precipitadamente? ¿O suplicarle que me lo dijera por el amor de Dios? ¿O quizá obligarlo a que me lo revelara, amenazando matarlo a menos que? ¡Bah! Él sabía que yo no podía matarlo; sabía que le quedaban siete años de vida, por lo menos... hasta que le sobreviniera aquella calamidad.
Restaurante Le Train Bleu en La Gare de Lyon
Decidí, pues, mantenerme en contacto con él; viajar con él a París, y no perderlo nunca de vista. En Marsella nos alojamos en el mismo hotel. Le oí decir al camarero que pensaba marcharse en el tren de la noche siguiente: pero al otro día descubrí que se había ido en el tren de la mañana. Tomé el primer tren a París, y recurrí a todos los planes imaginables para encontrarlo; durante tres semanas le seguí la pista; después la perdí.
¡De manera, pues, que allá estaba ese 19 de marzo, para el que sólo faltaban tres años, suspendido sobre mí! Luché duramente por apartar la idea de mi espíritu, ocupándome en toda clase de cosas; pero el recuerdo volvía a intervalos con tanta fuerza que durante semanas enteras no lograba conciliar el sueño por las noches. Comencé a encanecer prematuramente, y mi cara se tornó descolorida y surcada de arrugas.
Mis amigos me dijeron que presentaba un aspecto lamentable; y mi invencible melancolía los apartaba de mi lado.
Un día viajaba en el Ferrocarril del  Distrito, frente a frente con el único ocupante del coche. Era un hombre regordete, de aspecto satisfecho; tenía un aire que me pareció familiar. De pronto comenzó a mirarme con fijeza;  después una expresión de gran angustia mental pasó por su rostro.
—¿Estuvo usted alguna vez en Montecarlo? –preguntó.
Una convicción crecía en mi espíritu.
         —Sí –repliqué- ¡infortunadamente para mí!
       Colocó nerviosamente su mano sobre la mía; parecía muy apiadado.
         —¿En marzo... hace dos años? – preguntó.
         —Sí... ¡maldito sea el día!
         —¿Me conoce usted? –preguntó con voz temblorosa.
—Sí –respondí, casi a gritos, incorporándome-. Usted es el monstruo que... ¿Me dirá ahora  lo que va a ocurrirme dentro de un año... el 19 de marzo?
Guardó silencio; se pasó la mano por la frente, como esforzándose ahincadamente por recordar; y después me miró de un modo tan indefenso, tan lleno de remordimiento, tan suplicante, que sentí que mi expresión de odio mortal se mitigaba y mis puños cerrados se abrían. Volvió a poner su mano sobre la mía, y dijo con voz desfalleciente:
—No puedo recordar nada, ninguna de las cosas que preví durante mi enfermedad. Al regresar a Londres mi mente curó de su estado anormal, y todo el  futuro se desvaneció. Recuerdo que predije algo que le ocurriría a usted en alguna fecha dada, pero eso es todo.
Me miró y se estremeció; no era necesario que me dijese cuán cambiado me encontraba .
—¡Haga la prueba! –dije roncamente.
Una vez más trató de recordar...pero en vano. De pronto se me ocurrió que ahora había llegado mi oportunidad de vengarme; evidentemente había olvidado que a él también le aguardaba un horrible destino de allí a cinco años. Sonreí interiormente, con demoníaco placer, y comencé a elegir las palabras con que le recordaría la futura catástrofe... pero él seguía mirándome con aquel derrotado gesto de arrepentimiento y piedad; y me fue imposible decírselo. Se cubrió el rostro con las manos, y las lágrimas corrieron por entre sus dedos. Yo guardaba silencio.
—¿Por qué no me mata? –dijo.
 Más tarde, animándose súbitamente añadió:
—Quizá esa visión del futuro no era más que una fantasía...¡una simple alucinación mental! Seguramente... ¡es imposible que haya sido otra cosa!
—¿Recuerda usted los números de la mesa de ruleta? –dije- ¿Y la gente que pasaba por la rambla? ¿Y el telegrama del alemán?
 —Haré lo posible por recordar –dijo-. Día y noche trataré de recordar. Aquí tiene mi dirección... Venga a quedarse conmigo; de ese modo, si en algún momento surge el recuerdo, estará usted cerca para oírlo. ¡Qué demonio debo haber sido por aquella época...! Quisiera saber por qué. ¿Qué pudo cambiarme de ese modo? ¡Eso era ajeno a mi naturaleza!
Aquella era mi oportunidad para iluminarlo; pero guardé silencio.


Hace un año que trata de recordar, incesantemente. Está otra vez devorado por la inquietud, casi tanto como cuando lo conocí.
Los tres últimos meses he permanecido constantemente a su lado, escrutando su rostro para descubrir la primera vislumbre del recuerdo; pero en vano. Una y otra vez, en mis momentos de horror, he estado a punto de decirle cuál es el destino que a él le aguarda, dentro de cuatro años... pero no lo he hecho. A veces me siento medio loco. Estoy muy enfermo y me he convertido en un anciano de treinta y cuatro años. El está sentado, junto a mí, sosteniéndome la mano, y me lee un libro.

De tanto en tanto lo recorre un estremecimiento, deja de leer, se pasa la mano por el entrecejo fruncido. El sol se pone en un banco de nubes. Hoy es el l8 de marzo.








Rodolfo J. Walsh incluyó este cuento en su Antología del Cuento Extraño y redactó esta introducción:
"Los mejores cuentos fantásticos no pertenecen a los autores más famosos (recuérdense las tibias incursiones de Dickens o Walter Scott) . Donde ellos suelen fracasar, escritores más oscuros consiguen a veces dejar por lo menos un relato memorable. Quizá sea éste el caso de J. F. SULLIVAN, de quien no hemos podido obtener datos biográficos. Sabemos solamente que "El Enfermo" se publicó por primera vez en 1894, en la revista londinense "Strand Magazine" —la misma que hizo célebre a Sherlock Holmes— y que Dorothy Sayers lo recogió en su antología Great Short Stories of Detection, Mystery and Horror.