miércoles, 29 de abril de 2015

Las CIUDADES INVISIBLES (textos) - de Italo Calvino











"Las ciudades invisibles se presentan como una serie de relatos de viaje que Marco Polo hace a Kublai Kan, emperador de los tártaros. (...)

A este emperador melancólico que ha comprendido que su ilimitado poder poco cuenta en un mundo que marcha hacia la ruina, un viajero imaginario le habla de ciudades imposibles, por ejemplo una ciudad microscópica que va ensanchándose y termina formada por muchas ciudades concéntricas en expansión, una ciudad telaraña suspendida sobre un abismo, o una ciudad bidimensional como Moriana.

Cada capítulo del libro va precedido y seguido por un texto en cursiva en el que Marco Polo y Kublai Kan reflexionan y comentan. (...)

¿Qué es hoy la ciudad para nosotros? Creo haber escrito algo como un último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades. Tal vez estamos acercándonos a un momento de crisis de la vida urbana y Las ciudades invisibles son un sueño que nace del corazón de las ciudades invivibles. Se habla hoy con la misma insistencia tanto de la destrucción del entorno natural como de la fragilidad de los grandes sistemas tecnológicos que pueden producir perjuicios en cadena, paralizando metrópolis enteras. La crisis de la ciudad demasiado grande es la otra cara de la crisis de la naturaleza. La imagen de la «megalópolis», la ciudad continua, uniforme, que va cubriendo el mundo, domina también mi libro. Pero libros que profetizan catástrofes y apocalipsis hay muchos; escribir otro sería pleonástico, y sobre todo, no se aviene a mi temperamento. Lo que le importa a mi Marco Polo es descubrir las razones secretas que han llevado a los hombres a vivir en las ciudades, razones que puedan valer más allá de todas las crisis. Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos. Mi libro se abre y se cierra con las imágenes de ciudades felices que cobran forma y se desvanecen continuamente, escondidas en las ciudades infelices.
Italo Calvino en el Prólogo




Recién llegado y absolutamente ignaro de las lenguas del Levante, Marco Polo no podía expresarse sino con gestos: saltos, gritos de maravilla y de horror, ladridos o cantos de animales, o con objetos que iba extrayendo de su alforja: plumas de avestruz, cerbatanas, cuarzos, y disponiendo delante de sí como piezas de ajedrez. De vuelta de las misiones a que Kublai lo destinaba, el ingenioso extranjero improvisaba pantomimas que el soberano debía interpretar: una ciudad era designada por el salto de un pez que huía del pico del cormorán para caer en una red, otra ciudad por un hombre desnudo que atravesaba el fuego sin quemarse, una tercera por una calavera que apretaba entre los dientes verdes de moho una perla cándida y redonda. El Gran Kan descifraba los signos, pero el nexo entre éstos y los lugares visitados seguía siendo incierto: no sabía nunca si Marco quería representar una aventura que le había sucedido en el viaje, una hazaña del fundador de la ciudad, la profecía de un astrólogo, un acertijo o una charada para indicar un nombre. Pero por manifiesto u oscuro que fuese, todo lo que Marco mostraba tenía el poder de los emblemas, que una vez vistos no se pueden olvidar ni confundir. En la mente del Kan el imperio se reflejaba en un desierto de datos frágiles e intercambiables como granos de arena de los cuales emergían para cada ciudad y provincia las figuras evocadas por los logogrifos del veneciano.



Con el sucederse de las estaciones y de las embajadas, Marco se familiarizó con la lengua tártara y con muchos idiomas de naciones y dialectos de tribus. Sus relatos eran ahora los más precisos y minuciosos que el Gran Kan pudiera desear y no había cuestión o curiosidad a la que no respondiesen, y sin embargo, toda noticia sobre un lugar remitía la mente del emperador a aquel primer gesto u objeto con el que Marco lo había designado. El nuevo dato recibía un sentido de aquel emblema y al mismo tiempo añadía al emblema un sentido nuevo. Quizá el imperio, pensó Kublai, no es sino un zodiaco de fantasmas de la mente.


—El día que conozca todos los emblemas —preguntó a Marco— ¿conseguiré al fin poseer mi imperio?
Y el veneciano:
—Señor, no lo creas: ese día serás tú mismo emblema entre los emblemas.




en el epilogo del capítulo I






Las ciudades y los intercambios. 1



A ochenta millas de proa al viento maestral, el hombre llega a la ciudad de Eufemia, donde los mercaderes de siete naciones se reúnen en cada solsticio y en cada equinoccio. La barca que fondea con una carga de jengibre y algodón en rama volverá a zarpar con la estiba llena de pistacho y semilla de amapola, y la caravana que acaba de descargar costales de nuez moscada y de pasas de uva ya lía sus enjalmas para la vuelta con rollos de muselina dorada. Pero lo que impulsa a remontar ríos y atravesar desiertos para venir hasta aquí no es sólo el trueque de mercancías que encuentras siempre iguales en todos los bazares dentro y fuera del imperio del Gran Kan, desparramadas a tus pies en las mismas esteras amarillas, a la sombra de los mismos toldos espantamoscas, ofrecidas con las mismas engañosas rebajas de precio. No sólo a vender y a comprar se viene a Eufemia sino también porque de noche, junto a las hogueras que rodean el mercado, sentados sobre sacos o barriles o tendidos en montones de alfombras, a cada palabra que uno dice —como «lobo», «hermana», «tesoro escondido», «batalla», «sarna», «amantes»— los otros cuentan cada uno su historia de lobos, de hermanas, de tesoros, de sarna, de amantes, de batallas. Y tú sabes que en el largo viaje que te espera, cuando para permanecer despierto en el balanceo del camello o del junco se empiezan a evocar todos los recuerdos propios uno por uno, tu lobo se habrá convertido en otro lobo, tu hermana en una hermana diferente, tu batalla en otra batalla, al regresar de Eufemia, la ciudad donde se cambia la memoria en cada solsticio y en cada equinoccio.





Zobeida según Colleen Corradi Brannigan

Las ciudades y el deseo. 5



Hacia allí, después de seis días y seis noches, el hombre llega a Zobeida, ciudad blanca, bien expuesta a la luna, con calles que giran sobre sí mismas como un ovillo.

Esto se cuenta de su fundación: hombres de naciones diversas tuvieron un sueño igual, vieron una mujer que corría de noche por una ciudad desconocida, la vieron de espaldas, con el pelo largo, y estaba desnuda. Soñaron que la seguían. A fuerza de vueltas todos la perdieron. Después del sueño buscaron aquella ciudad; no la encontraron pero se encontraron ellos; decidieron construir una ciudad como en el sueño. En la disposición de las calles cada uno rehízo el recorrido de su persecución; en el punto donde había perdido las huellas de la fugitiva, cada uno ordenó de otra manera que en el sueño los espacios y los muros, de modo que no pudiera escapársele más.

Ésta fue la ciudad de Zobeida donde se establecieron esperando que una noche se repitiese aquella escena. Ninguno de ellos, ni en el sueño ni en la vigilia, vio nunca más a la mujer. Las calles de la ciudad eran aquellas por las que iban al trabajo todos los días, sin ninguna relación ya con la persecución soñada. Que por lo demás estaba olvidada hacía tiempo.

Nuevos hombres llegaron de otros países, que habían tenido un sueño como el de ellos, y en la ciudad de Zobeida reconocían algo de las calles del sueño, y cambiaban de lugar galerías y escaleras para que se parecieran más al camino de la mujer perseguida y para que en el punto donde había desaparecido no le quedara modo de escapar.

Los que habían llegado primero no entendían qué era lo que atraía a esa gente a Zobeida, a esa fea ciudad, a esa trampa.




Armilla según RominaLuzzi

Las ciudades sutiles. 3



Si Armilla es así por incompleta o por haber sido demolida, si hay detrás un hechizo o sólo un capricho, lo ignoro. El hecho es que no tiene paredes, ni techos, ni pavimentos: no tiene nada que la haga parecer una ciudad, excepto las cañerías del agua, que suben verticales donde deberían estar las casas y se ramifican donde deberían estar los pisos: una selva de caños que terminan en grifos, duchas, sifones, rebosaderos. Contra el cielo blanquea algún lavabo o bañera u otro artefacto, como frutos tardíos que han quedado colgados de las ramas. Se diría que los fontaneros han terminado su trabajo y se han ido antes de que llegaran los albañiles; o bien que sus instalaciones indestructibles han resistido a una catástrofe, terremoto o corrosión de termitas.

Abandonada antes o después de haber sido habitada, no se puede decir que Armilla esté desierta. A cualquier hora, alzando los ojos entre las cañerías, no es raro entrever una o muchas mujeres jóvenes, espigadas, de no mucha estatura, que retozan en las bañeras, se arquean bajo las duchas suspendidas sobre el vacío, hacen abluciones, o se secan, o se perfuman, o se peinan los largos cabellos delante del espejo. En el sol brillan los hilos de agua que se proyectan en abanico desde las duchas, los chorros de los grifos, los surtidores, las salpicaduras, la espuma de las esponjas.

La explicación a que he llegado es ésta: de los cursos de agua canalizados en las tuberías de Armilla han quedado dueñas ninfas y náyades. Habituadas a remontar las venas subterráneas, les ha sido fácil avanzar en su nuevo reino acuático, manar de fuentes multiplicadas, encontrar nuevos espejos, nuevos juegos, nuevos modos de gozar del agua. Puede ser que su invasión haya expulsado a los hombres, o puede ser que Armilla haya sido construida por los hombres como un presente votivo para congraciarse con las ninfas ofendidas por la manumisión de las aguas. En todo caso, ahora parecen contentas esas mujercitas: por la mañana se las oye cantar.





Las ciudades y los ojos. 1



Los antiguos construyeron Valdrada a orillas de un lago con casas todas de galerías una sobre otra y calles altas que asoman al agua los parapetos de balaustres. Así el viajero ve al llegar dos ciudades. Una directa sobre el lago y una de reflejo invertida. No existe o sucede algo en una Valdrada que la otra Valdrada no repita, porque la ciudad fue construida de manera que cada uno de sus puntos se reflejara en su espejo, y la Valdrada del agua, abajo, contiene no sólo todas las canaladuras y relieves de las fachadas que se elevan sobre el lago, sino también el interior de las habitaciones con sus cielos rasos y sus pavimentos, las perspectivas de sus corredores, los espejos de sus armarios.

Los habitantes de Valdrada saben que todos sus actos son a la vez ese acto y su imagen especular que posee la especial dignidad de las imágenes, y esta conciencia les veda abandonarse por un solo instante al azar y al olvido. Cuando los amantes mudan de posición los cuerpos desnudos piel contra piel buscando cómo ponerse para sacar más placer el uno del otro, cuando los asesinos empujan el cuchillo en las venas negras del cuello y cuanta más sangre coagulada sale a borbotones más hunden el filo que resbala entre los tendones, incluso entonces no es tanto el acoplarse o matarse lo que importa como el acoplarse o matarse de las imágenes límpidas y frías en el espejo.

El espejo ya acrecienta el valor de las cosas, ya lo niega. No todo lo que parece valer fuera del espejo resiste cuando se refleja. Las dos ciudades gemelas no son iguales, porque nada de lo que existe o sucede en Valdrada es simétrico: a cada rostro y gesto responden desde el espejo un rostro o gesto invertidos punto por punto. Las dos Valdradas viven una para la otra, mirándose a los ojos de continuo, pero no se aman.





Las ciudades y los intercambios. 3



Al entrar en el territorio que tiene a Eutropia por capital, el viajero ve no una ciudad sino muchas, de igual tamaño y no disímiles entre sí, desparramadas en un vasto y ondulado altiplano. Eutropia es no una sino todas esas ciudades al mismo tiempo; una sola está habitada, las otras vacías; y esto ocurre por turno. Diré ahora cómo. El día en que los habitantes de Eutropia se sienten asaltados por el cansancio, y nadie soporta más su trabajo, sus padres, su casa y su calle, las deudas, la gente a la que hay que saludar o que saluda, entonces toda la ciudadanía decide trasladarse a la ciudad vecina que está allí esperándolos, vacía y como nueva, donde cada uno tomará otro trabajo, otra mujer, verá otro paisaje al abrir las ventanas, pasará noches en otros pasatiempos, amistades, maledicencias. Así sus vidas se renuevan de mudanza en mudanza, entre ciudades que por la exposición o el declive o los cursos de agua o los vientos se presentan cada una con ciertas diferencias de las otras. Como sus respectivas sociedades están ordenadas sin grandes diversidades de riqueza o de autoridad, el paso de una función a la otra ocurre casi sin sacudidas; la variedad está asegurada por los múltiples trabajos, de modo que en el espacio de una vida rara vez vuelve uno a un oficio que ya ha sido el suyo.

Así la ciudad repite su vida siempre igual, desplazándose para arriba y para abajo en su tablero de ajedrez vacío. Los habitantes vuelven a recitar las mismas escenas con actores cambiados; repiten las mismas réplicas con acentos diversamente combinados; abren bocas alternadas en bostezos iguales. Sola entre todas las ciudades del imperio, Eutropia permanece idéntica a sí misma. Mercurio, dios de los volubles, patrón de la ciudad, cumplió este ambiguo milagro.






Las ciudades sutiles. 5



Si queréis creerme, bien. Ahora diré cómo es Ottavia, ciudad-telaraña. Hay un precipicio entre dos montañas abruptas: la ciudad está en el vacío, atada a las dos crestas con cuerdas y cadenas y pasarelas. Se camina sobre los travesaños de madera, cuidando de no poner el pie en los intersticios, o uno se aferra a las mallas de cáñamo. Abajo no hay nada en cientos y cientos de metros: pasa alguna nube; se entrevé más abajo el fondo del despeñadero.

Ésta es la base de la ciudad: una red que sirve de pasaje y de sostén. Todo lo demás, en vez de elevarse encima, cuelga hacia abajo; escalas de cuerda, hamacas, casas hechas en forma de saco, percheros, terrazas como navecillas, odres de agua, picos de gas, asadores, cestos suspendidos de cordeles, montacargas, duchas, trapecios y anillas para juegos, teleféricos, lámparas, macetas con plantas de follaje colgante. Suspendida en el abismo, la vida de los habitantes de Ottavia es menos incierta que en otras ciudades. Sabes que la red no sostiene más que eso.





Las ciudades y los intercambios. 4



En Ersilia, para establecer las relaciones que rigen la vida de la ciudad, los habitantes tienden hilos entre los ángulos de las casas, blancos o negros o grises o blanquinegros según indiquen relaciones de parentesco, intercambio, autoridad, representación. Cuando los hilos son tantos que ya no se puede pasar entre medio, los habitantes se van: se desmontan las casas; quedan sólo los hilos y los soportes de los hilos.

Desde la ladera de un monte, acampados con sus trastos, los prófugos de Ersilia miran la maraña de los hilos tendidos y los palos que se levantan en la llanura. Y aquello es todavía la ciudad de Ersilia, y ellos no son nada.

Vuelven a edificar Ersilia en otra parte. Tejen con los hilos una figura similar que quisieran más complicada y al mismo tiempo más regular que la otra. Después la abandonan y se trasladan aún más lejos con sus casas.

Viajando así por el territorio de Ersilia encuentras las ruinas de las ciudades abandonadas, sin los muros que no duran, sin los huesos de los muertos que el viento hace rodar: telarañas de relaciones intrincadas que buscan una forma.

Instalación Ciudades Invisibles de Cecilia Duhau




Las ciudades y los ojos. 3



Después de andar siete días, a través de boscajes, el que va a Baucis no consigue verla y ha llegado. Los finos zancos que se alzan del suelo a gran distancia uno de otro y se pierden entre las nubes, sostienen la ciudad. Se sube por escalerillas. Los habitantes rara vez se muestran en tierra: tienen arriba todo lo necesario y prefieren no bajar. Nada de la ciudad toca el suelo salvo las largas patas de flamenco en que se apoya, y en los días luminosos, una sombra calada y angulosa que se dibuja en el follaje.

Tres hipótesis circulan sobre los habitantes de Baucis: que odian la tierra; que la respetan al punto de evitar todo contacto; que la aman tal como era antes de ellos, y con catalejos y telescopios apuntando hacia abajo no se cansan de pasarle revista, hoja por hoja, piedra por piedra, hormiga por hormiga, contemplando fascinados su propia ausencia.









Marco Polo describe un puente, piedra por piedra.
—¿Pero cuál es la piedra que sostiene el puente? —pregunta Kublai Kan.
—El puente no está sostenido por esta piedra o por aquélla —responde Marco—, sino por la línea del arco que ellas forman.
Kublai permanece silencioso, reflexionando. Después añade:
—¿Por qué me hablas de las piedras? Es sólo el arco lo que me importa.
Polo responde:
—Sin piedras no hay arco.



Epílogo del capítulo V 
(al que también pertenecen las ciudades de Baucis, 
Ersilia y Ottavia. Calvino opinaba
que era lo mejor del libro.)






Las ciudades continuas. 4



Me recriminas porque cada relato mío te transporta justo en medio de una ciudad sin hablarte del espacio que se extiende entre una ciudad y la otra: si lo cubren mares, campos de centeno, bosques de alerces, pantanos. Te contestaré con un cuento.
En las calles de Cecilia, ciudad ilustre, encontré una vez a un cabrero que empujaba rozando las paredes un rebaño tintineante.
—Hombre bendecido por el cielo —se detuvo a preguntarme—, ¿sabes decirme el nombre de la ciudad donde nos encontramos?
—¡Que los dioses te acompañen! —exclamé—. ¿Cómo puedes no reconocer la muy ilustre ciudad de Cecilia?
—Compadéceme —repuso—, soy un pastor trashumante. Nos toca a veces a mí y a las cabras atravesar ciudades; pero no sabemos distinguirlas. Pregúntame el nombre de los pastizales: los conozco todos, el Prado entre las Rocas, la Cuesta Verde, la Hierba a la Sombra. Las ciudades para mí no tienen nombre; son lugares sin hojas que separan un pastizal de otro, y donde las cabras se espantan de los cruces y se desbandan. Yo y el perro corremos para mantener junto el rebaño.
—Al contrario que tú —afirmé—, yo reconozco sólo las ciudades y no distingo lo que está afuera. En los lugares deshabitados toda piedra y toda hierba se confunde a mis ojos con toda piedra y hierba.
Muchos años pasaron desde entonces; he conocido muchas ciudades más y he recorrido continentes. Un día caminaba entre ángulos de casas todos iguales: me había perdido. Pregunté a un transeúnte:
—Que los inmortales te protejan, ¿sabes decirme dónde nos encontramos?
—¡En Cecilia, y así no fuera! —me respondió—. Hace tanto que caminamos por sus calles, yo y las cabras, y no conseguimos salir…
Lo reconocí, a pesar de la larga barba blanca: era el pastor de aquella vez. Lo seguían unas pocas cabras peladas, que ya ni siquiera hedían, tan reducidas estaban a la piel y los huesos. Mascaban papeles sucios en los cubos de desperdicios.
—¡No puede ser! —grité—. También yo, no sé cuándo, entré en una ciudad y desde entonces sigo metido en sus calles. ¿Pero cómo he hecho para llegar donde tú dices, si me encontraba en otra ciudad, alejadísima de Cecilia, y todavía no he salido de ella?
—Los lugares se han mezclado —dijo el cabrero—, Cecilia está en todas partes; aquí en un tiempo ha de haberse encontrado el Prado de la Salvia Baja. Mis cabras reconocen las hierbas de la plazoleta.





Las ciudades escondidas. 4




Invasiones recurrentes afligieron la ciudad de Teodora en los siglos de su historia; por cada enemigo derrotado otro cobraba fuerzas y amenazaba la supervivencia de los habitantes. Liberado el cielo de cóndores hubo que enfrentar el crecimiento de las serpientes; el exterminio de las arañas permitió multiplicarse y negrear las moscas; la victoria sobre las termitas entregó la ciudad al poder de la carcoma. Una por una las especies inconciliables con la ciudad tuvieron que sucumbir y se extinguieron. A fuerza de destrozar escamas y caparazones, de arrancar élitros y plumas, los hombres dieron a Teodora la exclusiva imagen de ciudad humana que todavía la distingue.
Pero antes, durante largos años, no se supo si la victoria final no sería de la última especie que quedara para disputar a los hombres la posesión de la ciudad: los ratones. De cada generación de roedores que los hombres conseguían exterminar, los pocos sobrevivientes daban a luz una progenie más aguerrida, invulnerable a las trampas y refractaria a todo veneno. Al cabo de pocas semanas, los subterráneos de Teodora volvían a poblarse de hordas de ratas prolíficas. Finalmente, en una postrer hecatombe, el ingenio mortífero y versátil de los hombres logró la victoria sobre las desbordantes actitudes vitales de los enemigos.

La ciudad, gran cementerio del reino animal, volvió a cerrarse aséptica sobre las últimas carroñas enterradas con las últimas pulgas y los últimos microbios. El hombre había restablecido finalmente el orden del mundo perturbado por él mismo: no existía ninguna otra especie viviente que volviera a ponerlo en peligro. En recuerdo de lo que había sido la fauna, la biblioteca de Teodora custodiaría en sus anaqueles los tomos de Buffon y de Linneo.
Así creían por lo menos los habitantes de Teodora, lejos de suponer que una fauna olvidada se estaba despertando del letargo. Relegada durante largas eras a escondrijos apartados, desde que fuera desposeída del sistema por especies ahora extintas, la otra fauna volvía a la luz desde los sótanos de la biblioteca donde se conservan los incunables, daba saltos desde los capiteles y las canaletas, se instalaba a la cabecera de los durmientes. Las esfinges, los grifos, las quimeras, los dragones, los hircocervos, las arpías, las hidras, los unicornios, los basiliscos volvían a tomar posesión de su ciudad.

domingo, 26 de abril de 2015

Los Justos - de Jorge Luis Borges

Homeless - de Lee Jeffries
2015 va a ser un año de elecciones municipales y generales mientras centenares de políticos de todo color están imputados por corrupción. Con desvergüenza vociferan su legalidad para amortajar la ética. España es un cenagal de trileros, rufianes y bellacos. Una chusma de cargos públicos medran como sabandijas al calor de lo público. Ellos no cultivan jardines, ni leen, ni prefieren que otros tengan razón. Prefieren desahuciar a los ceramistas y expulsar a los tipógrafos. El país más maravilloso para vivir es un áspero país. Cautivo de una horda de filibusteros que enarbolan la bandera de un nuevo absolutismo contra el ciudadano. Desearía un vendaval de viento frío que los recluyese en la sordidez de sus propios corazones. No ocurrirá. Como en los versos de Voltaire, "Un día todo estará bien, ésa es nuestra esperanza; todo está bien ahora, ésa es la ilusión", con la que pretenden engañarnos. 
En la melancolía de un atardecer busco el consuelo de unos versos.




                                            Los  Justos

    Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
    El que agradece que en la tierra haya música.
    El que descubre con placer una etimología.
    Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
    El ceramista que premedita un color y una forma.
    Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
    Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
    El que acaricia a un animal dormido.
    El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
    El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
    El que prefiere que los otros tengan razón.
    Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.
                                                                           
                                                                                           Jorge Luis Borges, en La Cifra







*   *   *


La poesía de Borges siempre tiene aspiraciones conceptuales y morales. La simple musicalidad o el mero hallazgo estético le son insuficientes: "Mi suerte es lo que suele denominarse poesía intelectual...; el intelecto (la vigilia) piensa por medio de abstracciones, la poesía (el sueño)por medio de imágenes, de mitos o de fábulas. La poesía intelectual debe entretejer gratamente estos dos procesos".

Al inicio del poema sitúa al hombre y al final el mundo. Entre ambos extremos Borges escarda la nobleza del alma humana. Como topónimos del mapa coloca a Voltaire y a Stevenson. Sobre Voltaire observó Borges que "no le fue difícil acumular ejemplos de catástrofes y desdichas, pero lo hizo con tal prodigalidad y con un estilo tan ingenioso que el efecto logrado no es una desoladora tristeza sino todo lo contrario. ¿Cómo puede ser malo el universo si ha producido un hombre bueno como Voltaire? Él se creía pesimista, pero su temperamento le vedó esa posibilidad melancólica." No olvidemos que su Cándido, que sufre todo tipo de infortunios, tiene como subtítulo, el optimismo.

También escribió, "como el de Montaigne, o el de Sir Thomas Browne, el descubrimiento de Stevenson es una de las perdurables felicidades que puede deparar la literatura." En estos autores impera la vitalidad, la racionalidad, la tolerancia y un alto sentido ético. Todos ellos atributos del hombre noble y justo, como los Lamed Wufniks de los que los propio Borges recogió noticia en El Libro de los seres imaginarios
"Hay en la tierra, y hubo siempre, treinta y seis hombres rectos cuya misión es justificar el mundo ante Dios. Son los Lamed Wufniks. No se conocen entre sí y son muy pobres. Si un hombre llega al conocimiento de que es un Lamed Wufnik muere inmediatamente y hay otro, acaso en otra región del planeta, que toma su lugar. Constituyen, sin sospecharlo, los secretos pilares del universo. Si no fuera por ellos, Dios aniquilaría al género humano. Son nuestros salvadores y no lo saben.

Este mística creencia de los judíos ha sido expuesta por Max Brod.
La remota raíz puede buscarse en el capítulo dieciocho del Génesis, donde el Señor declara que no destruirá la ciudad de Sodoma, si en ella hubiere diez hombres justos.
Los árabes tienen un personaje análogo, los Kutb."
Lee Jeffries

domingo, 19 de abril de 2015

QUÉ DIFÍCIL es SER DIOS - de Arkadi y Boris Strugatski









Leo sobre la película Qué dificil es ser un Dios de Aleksei German, estreno póstumo de una obra que tardó catorce años en levantarse y, antes de ver la adaptación, quiero conocer la novela original de los hermanos Strugatski.

La trama es sencilla pero sus implicaciones políticas y filosóficas suculentas. Los miembros del Instituto de Historia Experimental de la Tierra están diseminados por varios planetas habitados estudiando sus patrones de evolución.  Uno de ellos es Don Rumata, inmerso en un planeta que vive una edad oscura, muy semejante a la Edad Media. Otros colegas le acompañan y todos se encuentran perfectamente mimetizados como caballeros de esta sociedad.

La novela es muy dinámica y mezcla sabiamente aventuras y crítica sociopolítica.

Este viaje a un planeta atrasado tiene el mismo efecto que un viaje en el tiempo y, además, un curioso efecto reflejo. Analizando el pasado obtenemos información del presente. Como siempre hay dos países enfrentados, el reino de Arkanar y el ducado de Irukan. El rey de Arkanar es un dictador tan débil como paranoico que delega su poder en Don Reba, una especie de Richelieu grosero, mediocre y sin sutileza. Después de hundir la economía y poner en barbecho la cultura, su obsesión es la Seguridad. Tiene claro que el poder absoluto se sustenta en la ignorancia y la represión.
Fotograma de la película "Qué difícil es ser un Dios"
La novela constituye toda una crítica al estado totalitario basado en el abuso de poder y la ignorancia. En Arkanar campa la delación, el analfabetismo, la propaganda más burda, la tortura y la persecución de cualquier atisbo de intelectualidad (poseer un libro o saber leer te puede conducir al calabozo). La filosofía de este poder paranoico e inicuo está clara, "no necesitamos personas inteligentes, sino fieles".
"La esencia del nuevo Estado serán sus propias instituciones, en las cuales se fundamentará. Éstas brillan por su simplicidad, y sólo son tres: la fe ciega en la infalibilidad de las leyes, el sometimiento total a ellas y la vigilancia infatigable de cada ciudadano por parte de los demás." pág 52
La transliteración de términos con la situación de la Unión Soviética de la época es tan evidente, que parece increíble que el propio Kruschev leyera y autorizara personalmente este obra publicada en 1964.

Boris Strugatski nos revela que, inicialmente, habían concebido su novela como un divertimento medieval, titulado primeramente El séptimo cielo y posteriormente El Observador. Un folletín de capa y espada al estilo de Alejandro Dumas. Efectivamente los antropólogos del Instituto de Historia se ven envueltos en un torbellino de aventuras donde romance, intriga, duelos y conspiraciones te llevan en volandas. Pero la situación de opresión que les rodeaba se coló de rondón y la obra terminó convirtiéndose en un firme alegato contra el totalitarismo y la barbarie.


"Yo vine aquí por amor a los hombres, para ayudarles a erguirse y a ver el cielo. Pero está visto que soy un mal explorador. No sirvo para sociólogo. ¿Cuándo habré caído en el pantano del que hablaba Don Kondor? ¿Es que un dios puede tener algún otro sentimiento que no sea la piedad?"
Esta denuncia incluye además una amarga reflexión sobre las utopías y la tendencias que aspiran a "salvar" o "civilizar" por imposición culturas ajenas. Leída hoy, no solo apreciamos el chirrido del telón de acero, sino que también parece asomarse la foto del trío de las Azores.
"A Rumata se le nublaba el sentido, e imaginaba ver las espaldas de las hordas Grises iluminadas por los fogonazos de los disparos, y a Don Reba crisparse de terror bestial, y a la Torre de la Alegría derrumbarse lentamente sobre sí misma. Esto sería estupendo. Sería una verdadera acción. Una auténtica macrointervención. Pero, ¿y después? En el Instituto tenían razon. Después sobrevendría lo invevitable. Un sangriento caos se adueñaría del país. El ejército nocturno de Vaga, con sus diez mil bandidos excomulgados por todas las iglesias, violadores, criminales, estupradores, emergería a la superficie; las hordas de los bronceados bárbaros bajarían de las montañas y pasarían a cuchillo a todos, desde los niños de pecho hasta los ancianos."
Aunque hay páginas enteras de reflexiones sociológicas y políticas, la acción es trepidante y la intriga tersa. Un triángulo de personajes impulsan el movimiento. Don Reba, Ministro de Seguridad que saca las confesiones con torturas en la Torre de la Alegría. Tiene como contrincante al noble Don Rumata, intocable gracias a su enorme prestigio. Mientras en las sombras reina Vaga Kolesó, cabecilla del hampa, jefe de un ejército nocturno de más de diez mil hombres.

Las intrigas y traiciones están a la orden del día. Don Rumata y sus colegas velan hasta donde pueden por las cabezas más preclaras. Don Reba es un artero Richelieu que pone al vulgo contra los intelectuales. Todo médico, astrónomo o letrado, simplemente por saber leer, puede ser impunemente asesinado. Una funesta Orden Sacra está acaparando poder.

A pesar de su trasfondo filosófico, el libro resulta muy entretenido de leer. La escritura es directa, prima la narración de los hechos y los diálogos. Las reflexiones de Don Rumata y sobretodo el diálogo que mantiene con el humilde y sabio Budaj no son densas, pero sí clarividentes.
Los sociológos y antropólogos han generado leyendas al aparecer en máquinas voladoras, tienen poderes medicinales que parecen mágicos, semejan la gracia de los dioses; pero deben abstenerse de intervenir. Don Rumata se exaspera por su estéril poder.
"-¿Qué le aconsejaríais vos a Dios? ¿Qué cosa pensáis que debería hacer el Todopoderoso para que pudiéramos decir: sí, el mundo ya es ahora completamente bueno?
-Haz que desaparezca el hambre, la necesidad, y todo aquello que divide a las personas.
-Eso que me pides no beneficiaría a los hombres, porque los fuertes de vuestro mundo les quitarían a los débiles lo que yo les diera a todos, y a fin de cuentas estos últimos seguirían siendo pobres.
-Haz que los gobernantes crueles entren en razón.
-La crueldad es la fuerza. Si los gobernantes perdieran su fuerza, vendrían otros más crueles a sustituirles."
Resulta muy llamativa la reflexión sobre las resistencias que el propio ser humano ofrece a su progreso. ¿Se puede imponer la democracia o la felicidad?. No son muy esperanzadores los auspicios de Don Rumata para con la humanidad.
"Casi todos ellos eran esclavos: esclavos de su fe, esclavos de sus semejantes, esclavos de sus pequeñas pasiones, esclavos de su codicia. Y si por un capricho de la suerte cualquiera de ellos naciera o se hiciera señor de sí mismo, no sabría qué hacer con su libertad. Se apresuraría a hacerse esclavo: esclavo de su riqueza, de sus antinaturales apetitos, de sus amigos depravados y de sus propios esclavos. La mayoría de ellos no tenían culpa de nada. Eran demasiado pasivos y demasiado ignorantes. Su esclavitud se basaba en la pasividad y en la ignorancia y esta pasividad y esta ignorancia hacían a su vez que se perpetuase la esclavitud. Si todos fueran iguales sería algo desesperante. Y sin embargo serían personas, es decir, seres portadores de una chispa de inteligencia. Y esta chispa haría que constatemente, unas veces aquí, otras allá, se encendieran y prendieran en su mente las luces de un futuro increiblemente lejano pero inevitable.
Los hermanos Strugatski hacen encarnar a Don Rumata la concepción de Marx respecto a la historia; algo ineludiblemente progresivo que conduce inevitablemente al superhombre nietzscheano o soviético. "Aquella carretera era anisótropa, como la historia. Por ella no se podía ir hacia atrás."

Don Rumata, como dios, acaba quemado y lanzando un grito humanista a la vez que un ruego contra la inercia y el conformismo.
“Y, por todos los santos, valorad vuestra época, amadla, rendid tributo a la memoria de los que tuvieron que pasar por esto [la tortura y la persecución]. Contemplad con atención estas caras jóvenes, obtusas, indiferentes, habituadas a todo tipo de ferocidades; pero no os tapéis las narices: vuestros propios antepasados no fueron  mejores.” 
Carcerii de Piranesi





Los hermanos Strugatski son unos autores ruso-judíos considerados como verdaderos clásicos de la ciencia ficción. Comenzaron a publicar en plena época del deshielo de Kruschev. Sus mejores obras plantean siempre temas morales y satirizan tanto la sociedad como la burocracia soviética. Qué difícil es ser dios (1964), abre un período creativo más centrado en los ideales humanistas. En Cosas depredadoras del siglo (1965) describen una imaginaria sociedad de consumidores carentes de caridad y compasión. El lunes comienza en sábado (1965), tiene un tono ligero y humorístico, mientras que Cuentos sobre la Troika (1968) es una novela más dura que coloca en su punto de mira el peligro del dominio de la burocracia.
En torno a 1970 publicaron tres novelas oscuras y profundas. La isla habitada, Picnic junto al camino y Ciudad Maldita. Los problemas morales individuales y la crítica social son parte sustancial de su asunto.  
Su obra más famosa es seguramente Picnic junto al camino, novela que, con guión de los autores, fue adaptada al cine por Andréi Tarkovski con el título de Stalker. En este caso son los extraterrestres quienes "contaminan" una zona terrestre alterando el statu quo con singularidades y tecnología desconocida.


Respecto a la película, ya en 1968 German escribió el guión junto a Boris Strugatski; pero en esa época los tanques soviéticos invadieron Checoslovaquia, aplastando la Primavera de Praga y haciendo que el proyecto se aparcara. Ni la llegada de la perestroika en los 80 logró lanzar el rodaje. Por fin en 1999, German pudo empezar a rodar; pero la producción fue alargándose durante más de 13 años. La muerte del director obligó a que fuese su hijo, también llamado Aleksei y también cineasta, quien concluyera la obra. 
¡Qué difícil es ser un dios! de Aleksei German

En el blog Cine Invisible leemos: "Personalmente es la primera película biológica a la que he asistido hasta el momento. Barro y lluvia mezclados con todos los fluidos que el cuerpo humano puede producir. La mirada de los protagonistas directamente a la cámara, que sigue a una distancia mínima las aberraciones, infamias y atrocidades que sufren en su propia carne, es una de las experiencias más inolvidables que puede ofrecer el cine de hoy. Una inmersión total en el caos y una poderosa metáfora de toda dictadura basada en suprimir cualquier opinión diferente, condenar a sus súbditos en convertirse en lacayos o, directamente, en esclavos por un mendrugo de pan… Un film alucinante, visual e ideológicamente, que se convertirá, sin lugar a dudas, en película de culto.

jueves, 9 de abril de 2015

TUSK - de Kevin Smith









Extraña, terrorífica y en algún momento poética; pero poética en el sentido que lo es La Condesa sangrienta.

Digámoslo cuanto antes. Un viejo loco y refinado logra atraer a un joven hasta su mansión. Después de drogarlo comienza el martirio: le somete a pequeñas intervenciones para transformarlo en ¡una morsa!
¡¿Y la película se sostiene?!
Absolutamente.

Es una película de terror en el mismo sentido que lo es House of Cards. Un terrible drama de supervivencia como lo es el de cualquier desahuciado. Una extraña y arriesgada mirada a nuestras entrañas, en el estilo de esa maravilla denominada Black Mirror.

La película se sostiene firmemente, colgada del precipicio de la incredulidad, gracias a unos diálogos brillantísimos y a unos personajes descarados, interpretados con enorme verosimilitud.










Wallace Bryton (Justin Long) es un podcaster de radio engreído y deslenguado, "al público le gusta auténtico y vulgar y yo lo hago auténtico y vulgar"; siempre en busca de lo más insólito y extravagante. No le importa viajar hasta Canadá después de leer una curiosa carta que encuentra colgada en los urinarios de un bar. El firmante, Mr. Howe, invita al portador a una estancia pagada en su mansión, con el único compromiso de escuchar sus historias.


Efectivamente los relatos de Mr. Howe son el sustrato por el que fluye la película. Guarda una botella de whisky que compartió con Hemingway en pleno desembarco de Normandía.

"Es sólo una botella vieja, pero al combinarla con la anécdota es un talismán poderoso, una puerta a otro tiempo y lugar, tal vez un puente levadizo a la historia.
-Sí...jodidamente genial."

También nos ofrece un terrible relato de supervivencia tras un naufragio y sobre todo, uno sobre las vejaciones que sufrió en un psiquiátrico por parte de curas pederastas. De modo que aunque la película es un circo de los horrores encerrado en esa mansión de Manitoba, allí el monstruo también es víctima.
"El hombre es un animal salvaje", concluye este misántropo con conocimiento de causa.



La historia está construida con un rigor vesánico, ese tipo de lógica que sólo los más morbosos son capaces de llevar hasta sus últimas consecuencias. Por eso resulta sobrecogedora. Pero también lírica. Sobretodo en los relatos de Mr. Howe. Ahí encontramos un corazón palpitante que ha sido quebrantado por la vida hasta hacerle gritar: "Los monstruos verdaderos son los humanos".

Tiendo a pensar que esta insólita propuesta no sería la misma si no contase con el gran Michael Parks ejerciendo hipnóticamente las artes de Mr. Howe. Los relatos de este macabro anfitrión son, en verdad, fascinantes y capaces, como los cantos de sirena, de atraerte hacia la destrucción. No es la primera vez que lo hace. También dirigido por Kevin Smith nos regaló un tremendo predicador maniático en la feroz Red State. Parks domina el timing y consigue que sus frases y su presencia sean siempre densas.

A lo largo de la cinta encontramos tanto lo mejor como lo más discutible de Kevin Smith. Largos monólogos, humor escatológico y referencias por un tubo. Pero también está Guy Lapointe, un estrafalario detective que persigue a Mr. Howe desde hace décadas. La composición que hace Johnny Depp resulta excesivamente caricaturesca, rompiendo del todo el ritmo conseguido en la relación cazador y presa.
Justin Long y su colega Haley Joel Osment




Kevin Smith es un tío con ideas a borbotones como ya demostrara en su debut en Clerks (1994) y en su película más redonda hasta la fecha, Persiguiendo a Amy (1997). También es un reputado autor de cómics. Escribió para Marvel guiones de Daredevil y Spiderman. Pero ya en los dos mil, sus películas han sido un fiasco.

De pronto, en 2011, dio un giro a su carrera presentando Red State (ganadora del festival de Sitges). Un giro hacia el terror que confirma ahora con Tusk y tendrá continuidad con dos películas más que el director ha presentado como una especie de trilogía de terror en el Norte. Parece ser que a finales de año estrenará Yoga-Hosers a la que seguirá Moose Jaws.

Por increíble que parezca, Tusk se basa en la historia real de un hombre que pasó seis meses perdido en el mar y acompañado de una morsa. Al regresar a casa puso un anuncio para buscar un compañero de piso. La única condición que exigía era ponerse un disfraz de morsa dos horas al día.

domingo, 5 de abril de 2015

El ARCHIVISTA - de Benoît Peeters y François Schuiten

-Cómic-
Norma Editorial.









El Archivista se enmarca dentro del ciclo Las Ciudades Oscuras, una serie de cómics en torno a ciudades imaginarias que conforman un mundo paralelo al nuestro.
El ciclo comienza en junio de 1982, con la publicación del primer volumen titulado Les Murailles de Samaris y continúa hasta nuestros días. En total se han publicado una decena de cómics a los que habría que añadir todo un corpus de guías, libros de ilustraciones, mapas y falsos documentales que acercan este mundo a una realidad concluyente y palpable. 
"¿Qué demiurgo podría ofrecernos este mundo? Los documentos que he recogido son de origen y de aspecto tan diverso, están fechados en épocas tan alejadas entre sí, que me parece inconcebible que un sólo mortal haya tenido la posibilidad de crearlos. 
Un hombre, quizas, pudo tener las cualidades necesarias para imaginar el conjunto de las Ciudades oscuras: Eugen Robick. "Urbatecto", es decir, inventor de ciudades, es descrito como hábil dibujante, escritor de talento, trabajador infatigable.
Su nombre reapareció en el curso de mi investigación más a menudo que cualquier otro. Su Cuaderno de viaje hace de él un incomparable testigo. Sus Reflexiones de un constructor dejan entrever un diseñador de primer orden. Pero también se trata de él en El misterio de Urbicanda, ese curioso opúsculo en el que tan a menudo, bajo la censura, se adivina el panegírico. El R. de Brok que la firma, ¿no podría ser ese Robick con el que comparte tantas cartas?"
Francois Schuiten y Benoît Peeters han creado en Las Ciudades Oscuras un mundo fantástico que explora una realidad alternativa a la nuestra, con la que confluye en determinados momentos. La característica más acusada de estas ciudades es una extraña excelencia arquitectónica. Además los distintos tomos, personajes y aventuras mantienen un alto grado de consistencia interna que nos remite al relato de Borges "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius" (de hecho el Archivista encuentra entre las referencias a la ciudad de Mylos, la Puerta de Uqbar).
Recordemos que el maravilloso cuento de Borges es una filigrana de líneas cruzadas entre realidad y ficción. Una conversación entre el narrador y Bioy Casares, donde éste cita a un sabio de Tlön, deriva en el intento de verificar la fuente en la Anglo-American Cyclopedia.  En principio no encuentran nada; pero el examen de una edición distinta les revela cuatro páginas adicionales con una entrada dedicada a Uqbar, región de un planeta imaginario llamado Tlön. Todo parece ser obra de una sociedad secreta de sabios y científicos que, durante siglos, se han confabulado en la tarea de describir minuciosamente la historia, geografía, lenguaje y cultura de un mundo imaginario donde impera la filosofía idealista. Poco a poco este contacto con el planeta imaginario de Tlön comenzará a erosionar la realidad e incluso a invadirla. Esta reflexión de El Archivista parece extraída del propio relato.
 "Este universo es de una complejidad tal que ningún cerebro, por notable que sea, hubiera podido concebirlo ni, sobre todo, realizarlo.
Solamente un amplio grupo de artistas y sabios de todas las disciplinas hubiera podido, quizás, llevar a cabo una tarea semejante. Reunidos en una sociedad más secreta que cualquier otra, podrían haber prolongado siglo tas siglo este loco engaño.
Esta última solución, sin embargo, no me satisface más que las anteriores. Ningún creador, estoy seguro,habría podido privarse de someter su obra a la tiranía de un sistema de coherencia. Con mayor motivo, el amplio grupo de hombres necesario para la puesta a punto de las Ciudades oscuras no hubiera dejado de apoyarse sobre un plan tan riguroso como preciso, al que se tendría que haber sometido cada uno de sus miembros."
En este mundo las ciudades -su urbanismo y arquitectura- son siempre protagonistas, hasta tal punto, que condicionan la vida y muerte de sus habitantes. Sus hombres y mujeres viven allí como suspendidos en un remoto espacio-tiempo que esconde algunas "pasarelas" con el nuestro.

Este grupo de historias tienen una textura steampunk, esa mezcla de un pasado donde la investigación científica y el desarrollo industrial causaban maravilla y un futuro tecnológico no muy lejano al nuestro. 

Aunque El Archivista fue publicado en tercer lugar, creo que es la mejor puerta de entrada al mundo de Las Ciudades Oscuras. La investigación de Isidore Louis, encargado de la sección de Mitos y Leyendas en el Instituto Central de los Archivos, se erige como piedra angular del ciclo, al propiciar un acercamiento de conjunto a las ciudades y personajes que encontraremos en el resto de volúmenes.


Isidore, arrinconado en un desván, enterrado entre volúmenes e informes, recibe el encargo de recopilar y ordenar todo lo referido a un misterioso universo: "Las Ciudades Oscuras: Informe sobre un curioso caso de superstición", lo titula. Aunque lo afronta con reticencia, poco a poco quedará fascinado y hasta se verá involucrado al intuir su existencia. El relato de este archivista nos revela un difuso mapa de ciudades maravillosas.
"Quizá sea una leyenda, pero tal amplitud, de tal calidad de presencia, que se distingue de cualquier invención similar. No hay aquí nada maravilloso, no hay delirio, ni genios ni unicornios, ninguna de esas grotescas naves que revolotean de una estrella a otra, sino un mundo completo con sus arquitectos y sus leyes, sus técnicas y sus escándalos, sus religiones y sus locuras. Un mundo que, si bien tiene más de un punto en común con el nuestro, parece haberse desarrollado de forma más sistemática y, si me atrevo a decirlo, más armoniosa."
Realmente este volumen no puede considerarse un cómic en sentido estricto, ya que tiene una estructura narrativa muy peculiar. Sus páginas impares constan de una sola y espectacular viñeta en color, mientras que las pares consisten en una escueta columna con una viñeta en blanco y negro, referida al archivista; y un texto a sus pies, donde se desgrana el relato como una especie de voz en off.

Las viñetas a página completa son láminas encontradas por el Archivista e ilustran su investigación. Como única referencia de un mundo imaginario son sumamente evocadoras. Las distingue una hermosa elegancia, tan esbelta como solitaria. Nos sugieren retazos de ciudades como Xhystos (con majestuosos edificios donde abundan las curvas y volutas), Iblis, Brüsel (ciudad anegada por el agua), Calvani (cuyos edificios de acero y cristal remedan elegantes invernaderos) o Mylos (ciudad/máquina, abarrotada de matrices, turbinas y gigantescos tornos). Muchos de sus diseños rememoran el art nouveau.
"La elección del art nouveau no fue por azar ni el simple resultado de una afinidad personal. De entrada, este estilo nos había parecido propicio para la concepción de una ciudad entera, tan grande como el campo que abarcaba. Lejos de interesarse únicamente por las fachadas y los vitrales como muchos continúan creyendo, los arquitectos de la época se apasionaban por todos los objetos a su alcance. Crearon muebles, diseñaron vestidos, inventaron vajillas y papel pintado como si nada debiese escapar a su empeño.

Un estilo como ése, donde es fácil imaginar hasta que punto sería inhabitable en la realidad (el mismo Horta dejó su sublime casa pocos años después de haberla construido), debía constituir, para una historia, un marco especialmente excitante. en seguida pudimos imaginar el sistema político de la villa, su clima, el modo de vida de sus habitantes...                                                                                      Benoît Peeters
Las Puertas del Tiempo
Una de las láminas más misteriosas no tiene que ver con ciudades. Se trata de las Puertas del Tiempo, una "de las representaciones más antiguas del continente oscuro". Las referencias más enigmáticas se multiplican por sus páginas, como la del "urbatecto" Eugen Robick, cuya presencia planeará sobre toda la serie, o las que aluden a la Red, "monstruosa evolución cristalina de un cubo de materia desconocida que parecía haberse desarrollado primero en Urbicanda, ciudad que debió de ser borrada seguidamente del mapa por un cataclismo."

Las Ciudades Oscuras aúnan la arrebatadora belleza de las arquitecturas diseñadas por Schuiten con los imaginativos argumentos elaborados por Peeters. Verne por la aventura incógnita, Kafka por la psicosis existencial, Borges por el juego de espejos entre realidad y ficción, Calvino por sus Ciudades Invisibles, Piranesi por sus alegóricas arquitecturas, Antonio Sant´Elia por sus diseños futuristas y sobretodo Victor Horta por sus innovadoras construcciones art nouveau; se pueden rastrear en estas Ciudades con admiración.

En el plano narrativo la serie también multiplica sus registros: podemos encontrar desde fotomontajes hasta álbumes que alternan el color y el B/N, historias lineales que siguen a un protagonista o historias corales con varias líneas argumentales que terminan confluyendo. Y siempre, una fuerte tensión entre el hombre y su entorno urbano, entre lo personal y lo colectivo.

El propio Archivista escribe
"Quedan tantos lugares, tantas historias que evocar; las extrañas experiencias de los sabios del Monte Michelson, los fastuosos carnavales de Alaxis, la curiosa aparición de una nube en el templo de Samarobriva. Pero no quiero dar a este primer informe aires de catálogo.".
La serie de Las Ciudades Oscuras comienza en 1982 con Las murallas de Samaris, a la que siguieron La Fiebre de Urbicanda, El Archivista, la Torre, la Ruta de Armilia, Brusel, La Chica Inclinada, La Sombra de un Hombre, La Frontera Invisible y, el último aparecido, La Teoría del Grano de Arena.








Estudios sobre las ciudades oscuras:
-En Tebeosfera.
-Universidad Politécnica de Madrid: Las Ciudades Oscuras, la Arquitectura Protagonista
-David Conte Imbert: Una topografía de la desubicación.




François Schuiten:
Es conocido principalmente por la serie Las Ciudades oscuras. Nacido en una familia de arquitectos, este dibujante y escenógrafo belga ha realizado innumerables anuncios, ilustraciones, serigrafías y litografías, y también una serie de sellos para la compañía de correos belga.
Con guiones de su hermano Luc Schuiten también ha publicado otras serie titulada  Las Tierras Huecas. También, y a cuatro manos con Claude Renard, la serie Métamorphose -Metamorfosis-, que incluye los álbumes Aux médianes de Cymbiola y Le Rail.

Autorretrato de Schuiten
Ha participado en la concepción gráfica de varias películas como Taxandria de Raoul Servais (1994), The Golden Compass de Chris Weitz (2007) y Mr. Nobody de Jaco Van Dormael (2009).

François Schuiten ha realizado también numerosas escenografías, y pabellones como los del Gran Ducado de Luxemburgo para la Exposición Universal de Sevilla de 1992 o el pabellón belga en la Exposicion Universal de Aichi, Japón en 2005, entre otros.

La colaboración con Benoît Peeters se ha alargado hasta guionizar entre ambos dos documentales ficticios: Le Dossier B (1995) yL'Affaire Desombres (2002).

Benoît Peeters nació en París, en 1956. Después de licenciarse en Filosofía en la Sorbona, escribe su primera novela Omnibus (1976), y poco después decide dedicarse a la escritura, multiplicando también sus trabajos como guionista, editor, crítico o comisario de exposiciones.

También ha realizado trabajos con otros dibujantes, como Frédéric Boilet,  Anne Baltus y Alain Goffin, Entre sus trabajos teóricos destacan los dedicados al mundo de Tintín del que es un experto.
Ha realizado también varios cortos y documentales  y ha dirigido multitud de exposiciones, varias de ellas dedicadas a Hergé.

viernes, 3 de abril de 2015

Las CIUDADES INVISIBLES - de Italo Calvino










La primera edición de Las ciudades invisibles fue publicada en noviembre de 1972 por la editorial Einaudi, de Turín.
En la edición de Siruela (que ha estas alturas llega por la 24ª) se incluye como nota preliminar una conferencia pronunciada por Calvino en inglés, el 29 de marzo de 1983, para los estudiantes de la Graduate Writing Division de la Columbia University de Nueva York. En ella, el autor no tiene empacho en describir su proceso creativo, así como ofrecer un puñado de ideas que, ante su propia obra, le asaltan como lector.


"En Las ciudades invisibles no se encuentran ciudades reconocibles. Son todas inventadas; he dado a cada una un nombre de mujer; el libro consta de capítulos breves, cada uno de los cuales debería servir de punto de partida de una reflexión válida para cualquier ciudad o para la ciudad en general.

El libro nació lentamente, con intervalos a veces largos, como poemas que fui escribiendo, según las más diversas inspiraciones. Cuando escribo procedo por series: tengo muchas carpetas donde meto las páginas escritas, según las ideas que se me pasan por la cabeza, o apuntes de cosas que quisiera escribir. Tengo una carpeta para los objetos, una carpeta para los animales, una para las personas, una carpeta para los personajes históricos y otra para los héroes de la mitología; tengo una carpeta sobre las cuatro estaciones y una sobre los cinco sentidos; en una recojo páginas sobre las ciudades y los paisajes de mi vida y en otra ciudades imaginarias, fuera del espacio y del tiempo. Cuando una carpeta empieza a llenarse de folios, me pongo a pensar en el libro que puedo sacar de ellos.

Así en los últimos años llevé conmigo este libro de las ciudades, escribiendo de vez en cuando, fragmentariamente, pasando por fases diferentes. Durante un periodo se me ocurrían sólo ciudades tristes, y en otro sólo ciudades alegres; hubo un tiempo en que comparaba la ciudad con el cielo estrellado, en cambio en otro momento hablaba siempre de las basuras que se van extendiendo día a día fuera de las ciudades. Se había convertido en una suerte de diario que seguía mis humores y mis reflexiones; todo terminaba por transformarse en imágenes de ciudades: los libros que leía, las exposiciones de arte que visitaba, las discusiones con mis amigos.
Ilustración de Las Ciudades oscuras -El Archivista-, de Schuiten/Peeters

Pero todas esas páginas no constituían todavía un libro: un libro (creo yo) es algo con un principio y un fin (aunque no sea una novela en sentido estricto), es un espacio donde el lector ha de entrar, dar vueltas, quizás perderse, pero encontrando en cierto momento una salida, o tal vez varias salidas, la posibilidad de dar con un camino para salir. Alguno de vosotros me dirá que esta definición puede servir para una novela con una trama, pero no para un libro como éste, que debe leerse como se leen los libros de poemas o de ensayos o, como mucho, de cuentos. Pues bien, quiero decir justamente que también un libro así, para ser un libro, debe tener una construcción, es decir, es preciso que se pueda descubrir en él una trama, un itinerario, un desenlace.

Nunca he escrito libros de poesía, pero sí muchos libros de cuentos, y me he encontrado frente al problema de dar un orden a cada uno de los textos, problema que puede llegar a ser angustioso. Esta vez, desde el principio, había encabezado cada página con el título de una serie: Las ciudades y la memoria, Las ciudades y el deseo, Las ciudades y los signos; llamé Las ciudades y la forma a una cuarta serie, título que resultó ser demasiado genérico y la serie terminó por distribuirse entre otras categorías. Durante un tiempo, mientras seguía escribiendo ciudades, no sabía si multiplicar las series, o si limitarlas a unas pocas (las dos primeras eran fundamentales) o si hacerlas desaparecer todas. Había muchos textos que no sabía cómo clasificar y entonces buscaba definiciones nuevas. Podía hacer un grupo con las ciudades un poco abstractas, aéreas, que terminé por llamar Las ciudades sutiles. Algunas podía definirlas como Las ciudades dobles, pero después me resultó mejor distribuirlas en otros grupos. Hubo otras series que no preví de entrada; aparecieron al final, redistribuyendo textos que había clasificado de otra manera, sobre todo como «memoria» y «deseo», por ejemplo Las ciudades y los ojos (caracterizadas por propiedades visuales) y Las ciudades y los trueques, caracterizadas por intercambios: intercambios de recuerdos, de deseos, de recorridos, de destinos. Las continuas y las escondidas, en cambio, son dos series que escribí adrede, es decir con una intención precisa, cuando ya había empezado a entender la forma y el sentido que debía dar al libro. A partir del material que había acumulado fue como estudié la estructura más adecuada, porque quería que estas series se alternaran, se entretejieran, y al mismo tiempo no quería que el recorrido del libro se apartase demasiado del orden cronológico en que se habían escrito los textos. Al final decidí que habría 11 series de 5 textos cada una, reagrupados en capítulos formados por fragmentos de series diferentes que tuvieran cierto clima común. El sistema con arreglo al cual se alternan las series es de lo más simple, aunque hay quien lo ha estudiado mucho para explicarlo.
Ilustración de Las Ciudades Oscuras -Las rutas de Armilla-  Schuiten/Peeters
Todavía no he dicho lo primero que debería haber aclarado: Las ciudades invisibles se presentan como una serie de relatos de viaje que Marco Polo hace a Kublai Jan, emperador de los tártaros. (En la realidad histórica, Kublai, descendiente de Gengis Jan, era emperador de los mongoles, pero en su libro Marco Polo lo llama Gran Jan de los Tártaros y así quedó en la tradición literaria). No es que me haya propuesto seguir los itinerarios del afortunado mercader veneciano que en el siglo XIII había llegado a China, desde donde partió para visitar, como embajador del Gran Jan, buena parte del Lejano Oriente. Hoy el Oriente es un tema reservado a los especialistas, y yo no lo soy. Pero en todos los tiempos ha habido poetas y escritores que se inspiraron en El Millón como en una escenografía fantástica y exótica: Coleridge en un famoso poema, Kafka en El mensaje del emperador, Buzzati en El desierto de los tártaros. Sólo Las mil y una noches puede jactarse de una suerte parecida: libros que se convierten en continentes imaginarios en los que encontrarán su espacio otras obras literarias; continentes del «allende», hoy cuando podría decirse que el «allende» ya no existe y que todo el mundo tiende a uniformarse.

A este emperador melancólico que ha comprendido que su ilimitado poder poco cuenta en un mundo que marcha hacia la ruina, un viajero imaginario le habla de ciudades imposibles, por ejemplo una ciudad microscópica que va ensanchándose y termina formada por muchas ciudades concéntricas en expansión, una ciudad telaraña suspendida sobre un abismo, o una ciudad bidimensional como Moriana.

Cada capítulo del libro va precedido y seguido por un texto en cursiva en el que Marco Polo y Kublai Jan reflexionan y comentan. El primero de ellos fue el primero que escribí y sólo más adelante, habiendo seguido con las ciudades, pensé en escribir otros. Mejor dicho, el primer texto lo trabajé mucho y me había sobrado mucho material, y en cierto momento seguí con diversas variantes de esos elementos restantes (las lenguas de los embajadores, la gesticulación de Marco) de los que resultaron parlamentos diversos. Pero a medida que escribía ciudades, iba desarrollando reflexiones sobre mi trabajo, como comentarios de Marco Polo y del Jan, y estas reflexiones tomaban cada una por su lado; y yo trataba de que cada una avanzara por cuenta propia. Así es como llegué a tener otro conjunto de textos que procuré que corrieran paralelos al resto, haciendo un poco de montaje en el sentido de que ciertos diálogos se interrumpen y después se reanudan; en una palabra, el libro se discute y se interroga a medida que se va haciendo.
(...)
¿Qué es hoy la ciudad para nosotros? Creo haber escrito algo como un último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades. Tal vez estamos acercándonos a un momento de crisis de la vida urbana y Las ciudades invisibles son un sueño que nace del corazón de las ciudades invivibles. 
(...)
Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos. Mi libro se abre y se cierra con las imágenes de ciudades felices que cobran forma y se desvanecen continuamente, escondidas en las ciudades infelices.

Casi todos los críticos se han detenido en la frase final del libro: «buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio». Como son las últimas líneas, todos han considerado que es la conclusión, la «moraleja de la fábula». Pero este libro es poliédrico y en cierto modo está lleno de conclusiones, escritas siguiendo todas sus aristas, e incluso no menos epigramáticas y epigráficas que esta última. Es cierto que si esta frase se ubica al final del libro no es por casualidad, pero empecemos por decir que el final del último capítulo tiene una conclusión doble, cuyos elementos son necesarios: sobre la ciudad utópica (que aunque no la descubramos no podemos dejar de buscarla) y sobre la ciudad infernal. Y aún más: ésta es sólo la última parte del texto en cursiva sobre los atlas del Gran Jan, por lo demás bastante descuidado por los críticos, y que desde el principio hasta el final no hace sino proponer varias «conclusiones» posibles de todo el libro. Pero está también la otra vertiente, la que sostiene que el sentido de un libro simétrico debe buscarse en el medio: hay críticos psicoanalistas que han encontrado las raíces profundas del libro en las evocaciones venecianas de Marco Polo, como un retorno a los primeros arquetipos de la memoria, mientras estudiosos de semiología estructural dicen que donde hay que buscar es en el punto exactamente central del libro, y han encontrado una imagen de ausencia, la ciudad llamada Baucis. Es aquí evidente que el parecer del autor está de más: el libro, como he explicado, se fue haciendo un poco por sí solo, y únicamente el texto tal como es autorizará o excluirá esta lectura o aquélla. Como un lector más, puedo decir que en el capítulo V, que desarrolla en el corazón del libro un tema de levedad extrañamente asociado al tema de la ciudad, hay algunos de los textos que considero mejores por su evidencia visionaria, y tal vez esas figuras más filiformes («ciudades sutiles» u otras) son la zona más luminosa del libro. Esto es todo lo que puedo decir.


ITALO CALVINO





Por su parte Daniel Múgica escribe en un prólogo:

"Italo Calvino, nacido en Santiago de Cuba en 1923, fallecido en Siena en 11985, hijo de botánicos, militante del partido comunista, viajero impenitente, es el escritor italiano de la imaginación. Cosecha mundos increíbles, signos y sencillez. Declara: "Sólo después de haber conocido la superficie de las coas, se puede uno animar a buscar lo que hay debajo. Pero la superficie de las cosas es inagotable". Así que toda su obra es una persecución de señales que revelen el corazón de la materia, y los subterráneo del espíritu. En su obra, aparte de Las ciudades invisibles, cabe destacar El Barón Rampante, El vizconde demediado y El caballero inexistente, trilogía de seres fabulados en una realidad que los asfixia y los empuja a la diferencia. 

Las ciudades invisibles, publicado en 1972, es una serie de relatos de viajes que Marco Polo narra a Kublai Kan, emperador de los tártaros. Se lee como una novela, pero también como un ensayo y un largo poema sobre la condición humana. Las ciudades que el viajero describe al lacónico emperador, consciente de que su poder no transciende en un planeta decrépito, reciben nombres de mujeres. Las mujeres, como las propias ciudades, enseñan lo externo y permiten al espectador, en la medida que les apetece, hurgar en su interior. Irene o Eusapia o Clarisa o Zenobia son arquitecturas imposibles y acaso, por la misma razón, como las mujeres, veraces. En literatura lo que no puede existir se puede ver. Ahí radica su grandeza. 
Las Ciudades Oscuras  de Schuiten/Peeters
El que contempla no sólo es el Marco Polo resucitado a las letras del s. XX. Le acompaña el emperador, que posee un atlas con las ciudades comunes y con las que todavía no se han edificado o son fruto de la mitología. El emperador, al final del libro, reta a Marco Polo a descubrir las ciudades que él imagina en palacio. Y Marco Polo las conoce, las ha visto, las ha extraído tanto de sus temores como de sus deseos. Italo Calvino convierte al lector en un observador  promiscuo, en un contertulio silencioso, en un invitado ejemplar a la conversación del emperador y el viajero que abre y cierra cada capítulo. Su magia nos introduce en un recorrido cautivo de la mirada, pues el viajero rechaza adornar sus descripciones, cuenta lo que ve, con un lenguaje cargado de sugerencias. Es la magia de la memoria, que se guía, como el libro, por indicios anclados en el tiempo, aquellos indicios que encienden una luz cuando han pasado, siendo recuperados para el presente. "