domingo, 29 de junio de 2014

La BIBLIOTECA del BOSQUE - de Miguel Ángel Blanco
























¿No es el arte, en cualquiera de sus acepciones, sino un intento de alcanzar la verdad? Aunque sólo sea un atisbo. Me resulta muy difícil distinguir entre la búsqueda de aquel hombre prehistórico encerrado en las cuevas de Altamira hace más de 15.000 años y la de un febril Goya plasmando sus pinturas negras en la Quinta del Sordo o la exploración de Miquel Barceló por las tierras de Mali. La manifestación artística se encuentra en el punto exacto donde confluyen mente y materia.  Una iluminación o un diálogo muchas veces doloroso, siempre fructífero.

No sólo los románticos tuvieron la urgencia de acudir a la naturaleza para experimentar una tempestad o un árbol donde prender su espíritu. Los impresionistas franceses necesitaron recorrer los campos para atrapar la luz. Siempre es un lugar en el mundo donde el espíritu se expresa.

Así que cuando encuentro a Miguel Angel Blanco (MAB), Premio Nacional de Grabado, componiendo su Biblioteca del Bosque, noto ese escalofrío del que se va a asomar a un lugar sagrado.
"Hace ahora treinta años que me retiré a los bosques del Valle de la Fuenfría, en la Sierra del Guadarrama, movido por la constatación de que la intensidad y la verdad de mi trabajo artístico dependían de la concentración y, especialmente, de la soledad y el silencio que sólo allí encontraría. La vida vegetal nos enseña que la muerte y el enterramiento son imprescindibles para el renacimiento. Yo quise germinar en los bosques."
En los libros de esta peculiar biblioteca vuelve a haber, como siempre, un diálogo: entre el hombre y la naturaleza, entre la materia y el espíritu, entre una voz telúrica y la modulación de un pensamiento. Este objeto físico y artístico es sin duda un libro, puesto que ha de abrirse; y al hacerlo perfila un relato que opera con herramientas procedentes de la pintura, la fotografía, el grabado y la escultura. Es una invocación. El "microcosmos del macrocosmos" que dijera el poeta Antonio Colinas.
"El bosque es uno de esos lugares privilegiados en los que se puede sentir la palpitación de la madre tierra. Es el punto en el que el cielo se enraíza en la tierra, un espacio sagrado cargado de misterios. Es, por tanto, un ámbito propicio para la creación artística. El hombre, como el árbol, busca allí el alimento necesario para el desarrollo del alma."

Libro nº 502      ACÍCULAS CELTAS          1.11.1992. 176 x 264 x 44 mm
6 páginas de papel de Nepal con estampación de sellos de hojas de pino


Caja con raíz de alcornoque, piedra, acículas del castro de Citania de Briteiros (Portugal) y círculo de madera quemada sobre cera
















Al principio de estos verdaderos artefactos, encontraremos siempre varias hojas de papel cuyas resonancias nos anticipan el fruto que guardan: un receptáculo protegido por un cristal donde hay una composición, de efecto hipnótico y calidad abstracta, realizada con objetos de un lugar en cuestión sean  los bosques del Guadarrama, la arenas de El Cairo o las piedras de Chiapas.
"El libro, instrumento por excelencia de transmisión de conocimientos, no está compuesto, en mi caso, de palabras. Es otro el lenguaje el que habla. Es el fragmento de naturaleza capaz de comunicar todo un mundo al que las palabras sólo pueden aproximarse. Invocaciones silenciosas. Todos los componentes de mis libros proceden de los reinos de la naturaleza, incluso la madera de las cajas y los distintos papeles -transformación sutil del corazón leñoso- de las páginas sobre las que dibujo. Los libros tienen, de hecho, una gran relación con el árbol, incluso terminológicamente, pues liber es también la parte viva de la corteza de éste. Las palabras, libro, liber, byblos, biblia, son sinónimos, y designan en botánica la piel del árbol, la corteza de la madera, el habitus, el revestimiento."
"El acontecimiento que se recoge o se recuerda en la caja es introducido por las páginas que la preceden. El sucederse de las páginas es asimilable al movimiento del alma al caminar, relación que otorga al libro un carácter dinámico. La elección del papel es muy importante, pues su textura y su color están ya hablando antes de convertirse en dibujos. Que el papel se adapte al material. He utilizado una gran cantidad de variedades de papel: desde el humilde de estraza al suntuoso de pergamino, pasando por el vegetal, los japoneses de kozo, los nepalíes de corteza de lokhte, los de caña de azúcar de la India, los tailandeses de fibra de morera y otros muchos. Las técnicas puestas en juego para la realización de los dibujos son también muy variadas: las aspersiones de tinta, las huellas positivas o negativas de materiales utilizados en la caja, las líneas de fuego, las marcas hídricas o distintas técnicas de grabado."


Libro nº 773      REGENERACIÓN EN EL MONTE ABANTOS       23.2.2000. 400 x 600 x 35
4 páginas con cenizas y óleo sobre papel reciclado

caja con cenizas del incendio de Abantos, piñas roídas por ardillas, raíces de pino, mineral, cuarzo, fósil de helecho, hierro fundido, escamas de piña y semilla de muérdago

















Para MAB la Biblioteca es un proyecto vital y está en continuo crecimiento. Constituye en sí misma un bosque vivo. El autor ve en los distintos formatos de los libros la escala variable de los árboles.

"La Biblioteca es un proyecto escultórico y vital, obra abierta a la amplitud de la naturaleza realizada con la lentitud y constancia con la que crece el árbol. Cada libro es una simbiosis entre el ángulo recto y la forma biológica. Comparto con el arte oriental el deseo de alcanzar una composición orgánica, en la cual lo lleno encarna la sustancia y el vacío garantiza la circulación de los soplos vitales. Uniendo así lo finito a lo infinito, como la propia creación. Tal vez, el fin de la obra sea entender el lenguaje secreto del cosmos, crear un gran misterio partiendo de una hebra de helecho o una gota de resina. Ser eco de lo efímero. Lograr la correspondencia con el universo y que el universo responda."


Estudio y Biblioteca del Bosque en Pinar del Rey, Madrid
















"Aún es posible sumergirse en la vida secreta de la naturaleza. La tierra exhala en no pocos lugares un aliento denso que, al ser respirado por el hombre, le insufla de forma inmediata conocimientos y sensaciones que ya poseyó antes, cuando vivía en su seno. La sensibilidad telúrica del hombre antiguo puede recuperarse todavía. Nuestra capacidad de profundizar en lo antiguo para descubrir lo nuevo. La naturaleza se presenta así como una experiencia trascendente, un medio para que el hombre rescate su grandeza oculta, para que crezca espiritualmente y penetre en lo oscuro."


Libro nº 669         CERES            21.5.1997. 134 x 309 x 30 mm
4 páginas de papel de grabado con gofrados de avena y cebada           
Caja con espigas de avena y cebada de Aguilar de Campoo y pintura blanca














"El bosque comunica un estado interior de serenidad, de pureza y de optimismo. Lo que allí ocurre, esos acontecimientos que pasan desapercibidos para los extraños, es siempre razonable, justo y definitivo. Ningún copo de nieve cae en el lugar equivocado."



Libro nº 740     FICUS RELIGIOSA            10.3.1999. 218 x 313 x 35 mm
Cuatro páginas de papel verjurado y papel pergamino con estampación digital del baño sagrado de Polonnaruwa, Sri Lanka

Caja con seis hojas del Ficus religiosa de Bodhgaya, árbol de la iluminación de Buda

"No es posible describir la experiencia de la participación en el misterio de lo natural. Mi obra, que surge toda ella de esa participación, no es explicativa: es una recopilación, en crecimiento continuo, de descubrimientos, de revelaciones, de invocaciones, de conjuros, de ceremonias rituales… conservados, VIVOS, en los libros-caja que componen mi Biblioteca del Bosque. Aunque he hecho diversos tipos de dibujos, esculturas y grabados, considero que mi creación más importante es la Biblioteca, comenzada en el invierno 1985 y compuesta en la actualidad por 1.130 libros-caja, en la que continuaré trabajando seguramente aún muchos años."


Libro nº 969    ZUGARRAMURDI AKELARRE     19.8.2005. 205 x 285 x 40 mm
Cuatro páginas de papel verjurado y papel de algodón con estampaciones vegetales y tinta china roja

Caja con tierra de la entrada a la cueva de Zugarramurdi y del interior de un roble seco, raíz de roble y corteza de castaño, roca calcárea erosionada por el Río del Infierno y frutos venenosos del Campo del Diablo, sobre parafina negra


"La caja es un pequeño santuario recóndito, un sancta sanctorum. Sellada con vidrio, hermética, para mantener sus contenidos, es arca, esenciario, relicario y crisol todo a un tiempo. Musgos, líquenes, cortezas, acículas, piñas, pólenes, zarzas, hongos, cera, raíces, tierras, minerales o resinas son algunos de los materiales que he recolectado. Materiales que liberan imágenes ocultas o latentes. Dentro de una pequeña caja pueden abrirse abismos insondables, vislumbrarse lagos profundos, espacios infinitos, tormentas, arroyos, fuegos… y hasta, a través de una gota de resina, la formación del Universo. Micropaisajes. El libro caja es la memoria de lo inmemorial. Pero nunca podremos abarcar la infinitud de la dimensión íntima."



Desde 1986 ha expuesto en la Biblioteca Nacional,  Fundación Lázaro Galdiano, Monasterio de Santo Domingo de Silos (en un Programa del Reina Sofía) y también en Huesca, París, Ostende y Tijuana. 
Historias Naturales en el Museo del Prado










Su último trabajo ha sido una intervención en el Museo del Prado titulada Historias Naturales. Un homenaje al origen del edificio neoclásico diseñado por Juan de Villanueva, que consistió en la instalación de 150 piezas de historia natural, procedentes del Museo Nacional de Ciencias Naturales del CSIC, junto a obras de la colección del Museo. La próxima muestra que podremos ver será en el Thysesen, en 2015, y versará sobre el paisaje típico del Lejano Oeste, Monument ValleySus exposiciones tienen nombres tan evocadores como Auguraculum, Musgo negro, Dendrologías, Sete lúas o La cabaña mística

Todas las citas y más información en La cabaña del Bosque.

viernes, 27 de junio de 2014

Las dos CARAS de ENERO - de Hossein Amini

Chester (Viggo Mortensen) y Colette (Kirsten Dunst) son una feliz pareja norteamericana de viaje por Europa. En la Acrópolis de Atenas conocen a Rydal (Oscar Isaac), un estudiante norteamericano que se busca la vida haciéndose pasar por guía y timando a los turistas. El pasado de una gran estafa persigue a Chester por lo que en mitad de la noche deben huir. Rydal se presta a ayudarles. Entre los tres se establece una relación que en el libro es malsana y ambigua pero que en la película es de simple interés. Quién estafará a quién. 

Enero proviene de Jano, el dios de las dos caras. En él confluyen el año que finaliza y el que comienza. Por ese motivo era el dios de los dos rostros, el que mira a la vez al pasado y al futuro; el dios de los umbrales y los cambios. Es una lástima que la película desperdicie semejante carga simbólica. La atracción morbosa que en el libro atenaza a Chester y Rydal, en la cinta se convierte en una espuria relación partenofilial.


La película es entretenida y correcta. Su trío protagonista luce al igual que una gran ambientación de 1962 en Atenas, Creta y Estambul. Pero la corrección mata lo escabroso, santo y seña de la autora norteamericana. La película se sigue con interés y tiene un puñado de escenas con la suficiente intriga; pero la cuerda no nos atenaza. 

Basada en la novela homónima de la gran Patricia Highsmith, en la película no aparece su misantropía ni esas tortuosas psicologías que se encenagan.

En la recelosa huida los dos hombres se buscan y repudian. El dinero que esconde Chester y su hermosa mujer son la sustancia que los une. Cuando por fin recalan en las ruinas de Cnossos y la cámara se detiene ante un mosaico de Teseo y el Minotauro, encontramos el símbolo de la película. Pero entre Chester y Rydal ¿quien es Teseo y quién el Minotauro?. Ambos deambulan por un laberinto de trampas y engaños. Los dos son estafadores. Cada uno busca implicar al otro y salir indemne y triunfador. El juego de Asterión ha comenzado.

Lástima que la elegancia venza al sudor y al torvo aliento. La paradoja es que lo mejor de la película es lo exterior, la ambientación y los intérpretes. Mientras que lo mejor de los personajes escritos por Highsmith está en su interior. Así que lo malsano y ambiguo queda desenfocado. La trama se sigue con interés, pero lo que nos cuentan no nos perturba.

Esta es la primera película que dirige Hossein Amini, reputado guionista de la fatalista Drive, que ya obtuviera una nominación al Oscar por el guión adaptado de Las alas de la paloma, en 1997, sobre otra gran novela, en este caso, de Henry James.

martes, 24 de junio de 2014

El RITUAL - de Margaret Mahy












En una época de verdadero hartazgo en cuanto a sagas juveniles que repiten las más manidas fórmulas de éxito, se hace verdaderamente difícil encontrar algo nuevo y fresco. Paradójicamente fui a encontrarlo en una librería de viejo, El Libro Errante de Málaga, y por sólo 5 euros.
El ritual está descatalogada desde antes de que se pusiesen de moda las redundantes trilogías de amores vampíricos y distopías varias. Pero a cambio, el que la encuentre, disfrutará de una historia con ecos clásicos que se desarrolla con mucha naturalidad y gran ritmo.

Laura es una adolescente que tiene premoniciones aunque nadie le hace caso. Su sentido especial le avisa cuando a su alrededor se va a producir algo extraordinario. Cuida de su hermano pequeño, Jako, de tres años, y tiene una madre bastante disfuncional. Un día, al volver del colegio, se paran a mirar el escaparate de una tienda de juguetes y antigüedades. La regenta Carmody Braque y mediante una añagaza logra imprimir su marca en la mano de Jacko. Este inocente gesto pondrá al pequeño al borde de la muerte. El Sr. Braque es un súcubo que aprovechará este vínculo para absorber su esencia vital.

Jacko se consume sin que nadie acierte a remediarlo. Está siendo vampirizado, pero la única que sabe lo que pasa en realidad es Laura y para defender a su hermano necesitará ayuda. Su sentido especial le guía hasta un extraño compañero de instituto, Sorry, un brujo rebelde que no se acepta como tal.

El relato hace referencia a Alicia a través del espejo puesto que Laura, para acercarse a Carmody y vencerlo, habrá de cruzar el umbral de sus percepciones y transformarse.
La madre y la tía de Sorry le servirán de guías en el ritual para acceder al mundo de las brujas, enfrentarse a Carmody y recuperar a su hermano.

Narrado con encanto y naturalidad, sin efectismos baratos, ni historias de amor ridículas; el relato versa sobre la amistad y la aceptación de uno mismo.

Margaret Mahy introduce lo fantástico de una forma muy natural, como en sordina, y capta muy sutilmente las relaciones entre los jóvenes, sus sentimientos y frustraciones. Los diálogos son espontáneos, las discusiones familiares están cargadas de ironías y puyas.
Portada de El secuestro de la bibliotecaria
El libro despliega una excelente caracterización de los personajes, desde los adolescentes que comienzan a descubrir al sexo opuesto, hasta los adultos que, en el fondo, están tan perdidos como ellos.

Margaret Mahy, 1936-2012, es una autora neozelandesa cuya obra más conocida en España es El secuestro de la bibliotecaria, publicado en 1978 con la famosas ilustraciones abocetadas de Quentin Blake. Se trata de un ingenioso relato que se acerca con humor a la introducción de los lectores en el mundo de los libros. 

Reeditado permanentemente, quizás su éxito se deba a la sencillez y simpatía con que está contado. No olvidemos que la bibliotecaria secuestrada, al abrir el cofre de las historias logra cambiar a los malvados.

Otra de sus obras es El catálogo del universo, perspicaz historia sobre cómo enamorarte de tu mejor amigo.


También en Espacios peligrosos hay niños y familias. Anthea ha sufrido la pérdida de sus padres, muertos en un misterioso accidente. Este dolor le hace evadirse de lo cotidiano, que le resulta extraño, e ingresar en otra dimensión: Viridian. La familia Wakefield y el mundo de Viridian se conectan a través de dos niños fantasmas, Grifo y Leo, y dos niñas reales, Anthea y Flora. Poco a poco, Anthea descubrirá los peligros que entraña Viridian y necesitará la ayuda de sus amigos para escapar.

En El aparecido (medalla Carnegie 1982) Barney Palmer, un niño de ocho años, recibe las visitas del “fantasma” de su tío abuelo Cole, que la familia creía muerto. Estas apariciones acercan a Barney a la realidad de su familia, algunos de cuyos miembros poseen dones mágicos. Entre el tío abuelo Cole y la bisabuela de Barney, decidida a combatir la magia, se establecerá una pugna que acabará afectando a toda la familia.

Los relatos fantásticos de Margaret Mahy abundan más en el humor y la amistad que en atmósfera opresivas. La autora recibió en 2006 el Premio Hans Christian Andersen, el más importante de la literatura infantil y juvenil.

domingo, 22 de junio de 2014

TRANSCENDENCE - de Wally Pfister















"-¿Usted quiere crear su propio dios?
-Pues claro, ¿no es lo que hacemos constantemente?"
Así responde en una conferencia el científico Will Caster (J. Depp), experto mundial en Inteligencia Artificial (IA). Su idea es crear una inteligencia que pueda acumular todo el conocimiento humano y dotarlo de consciencia y emociones.

El asunto es muy ambicioso: trascender al ser humano, dar un paso cualitativo que nos ponga a otro nivel. Una inteligencia artificial que basándose en las pautas de la mente humana multiplique exponencialmente sus posibilidades: de decisión, computación o análisis. El doctor Caster resulta herido de muerte y su mujer Evelyn (Rebecca Hall), con tal de no perderlo, no duda en volcar su cerebro en un superordenador.  La premisa es de lo más interesante, pero el desarrollo demuestra la dificultad del empeño.

En la tesitura de hacer vivir al científico su propia hipótesis, el guión se aplica a quemar etapas demasiado rápidamente. Todos los avances en ordenadores cuánticos y nanotecnología se precipitan y de un modo inverosímil se convierten de la noche al día en funcionales y operativos. 

Un profesor va a morir y debe volcar su mente en un ordenador. Resuelto y a otra cosa. Convertido en Inteligencia Artificial se expande por la Red clonándose en cada ordenador hasta convertirse en un dios omnipotente e indestructible. Resuelto y a otra cosa. Necesitado de expansión y energía permanente, su mujer se instala en un poblacho y en sólo dos años monta un emporio de paneles solares y ¡cinco niveles subterráneos! de laboratorios y ordenadores cuánticos. Pues eso, resuelto  y a otra cosa. 

Lo que pasa es que a estas alturas, la película discurre lejos de tí, la física cuántica aspira a la metafísica y según vemos convertirse al científico en un mesías capaz de recomponer los cuerpos y dominar la materia, la trama pierde interés y la historia languidece. Apenas queda un resquicio para la historia de amor entre la mujer y la máquina; que además, también fracasa. Más si la comparamos con la maravillosa y reciente Her de Spike Jonze.
Incluso la intervención de unos terroristas tecnófobos resulta desangelada.


Proponer una ficción sobre la evolución biológica, la inteligencia y el cosmos puede ser algo tan abstracto y complejo que fagocite cualquier proyecto. En este sentido obras como Hacedor de estrellas (Olaf Stapledon) en literatura, o 2001: una odisea espacial (Stanley Kubrick) en cine, son cimas tan legendarias como infrecuentes. Incluso Matrix (Wachowsky Bros.) sería otro tipo de propuesta tan entretenida como interesante respecto a la realidad virtual. Pero esta Transcendence acumula ideas (debate ético del papel de la tecnología, relación hombre-máquina, posibilidad de expandir la consciencia) sin saber articularlas. 

El intento es loable en cuanto tiene de búsqueda de verosimilitud (buscaron el asesoramiento de la UCLA) y un ritmo narrativo que huye del thriller para centrarse en la reflexión. Pero las ideas (la búsqueda de los límites del conocimiento), ocupan demasiado en la carga narrativa, dejando poco hueco a lo emocional. Olvida que las cuestiones sobre la naturaleza humana deben entrañar humanidad. 

Es interesante la reflexión sobre el papel de la tecnología en el desarrollo humano. Llegado el caso, el doctor Caster puede reparar cualquier tejido humano e incluso regenerar órganos para evitar la muerte; pero quién controlaría esta tecnología, para quien estaría al alcance. Al curar a los enfermos mediante la nanotecnología, el nuevo mesías se asegura de que permanezcan interconectados, como en una mente colmena. Felices y sanos pero controlados. Momentos como este nos remiten al clásico La invasión de los ladrones de cuerpos. Del mismo modo que cuando Evelyn se esconde en un edificio abandonado para recomponer virtualmente a su marido, no podemos dejar de recordar el mito de Frankenstein. 

Esta es la primera película que dirige Wally Pfister, hasta ahora habitual director de fotografía con Christopher Nolan en cintas como Memento, Origen o El Caballero Oscuro

jueves, 19 de junio de 2014

F. SCOTT FITZGERALD - por Emile Cioran





Cioran nos conduce hacia la "verdadera noche del alma" del autor de El Gran Gatsby.




EXPERIENCIA PASCALIANA DE UN NOVELISTA NORTEAMERICANO: 
F. SCOTT FITZGERALD

"La lucidez es en algunas personas un don primordial, un privilegio e incluso una gracia. No tienen necesidad alguna de adquirirla: están predestinados a ella. Todas sus experiencias concurren para hacerles transparentes a sí mismos. Aquejados de clarividencia, ésta les define tanto que la padecen sin sufrir. Si viven en una crisis perpetua, la aceptan naturalmente pues es inmanente a su existencia. En otras personas, por el contrario, la lucidez es un resultado tardío, el fruto de un accidente, de una fractura interior sobrevenida en un momento dado. Hasta entonces, encerrados en una agradable opacidad, se adherían a sus evidencias sin sopesarlas ni descubrir su vacío. Y de repente un día se encuentran desengañados y como lanzados, a pesar de ellos mismos, en la carrera del conocimiento, tropezando entre verdades irrespirables, para las cuales nada les había preparado. De ahí que sientan su nueva condición no como un favor, sino como un “golpe”. A Scott Fitzgerald nada le había preparado a afrontar o soportar estas verdades irrespirables. El esfuerzo que hizo para acomodarse a ellas no carece de patetismo.

“A todas luces, vivir es hundirse progresivamente. Los golpes que más espectacularmente nos destruyen, los grandes golpes repentinos proceden –o parecen proceder– del exterior, aquellos que se recuerdan, aquellos a los que se hace responsables de todo y de los que se habla a los amigos en los momentos de debilidad, esos golpes no dejan huellas. Pero existe otra clase de golpes, que proceden del interior, de los que nos damos cuenta demasiado tarde para poder evitarlos. Irrevocablemente se apodera entonces de nosotros la revelación de que nunca más seremos quienes hemos sido”.

El Crack-Up en Capitán Swing
No son estas consideraciones de un novelista brillante, de un novelista de moda… A este lado del paraíso, El gran Gatsby, Suave es la noche,The Last Tycoon: si Fitzgerald sólo hubiese escrito esas novelas, no sería interesante más que desde un punto de vista literario. Por fortuna, es asimismo el autor del Crack-Up, obra de la que acabamos de dar una muestra y en la que describe su fracaso, su único gran éxito.

En su juventud, una única obsesión le domina: convertirse en unsuccessful literary man. Y lo consigue. Conoce la celebridad e incluso una gloria de calidad. (Cosa incomprensible para nosotros: ¡T. S. Elliot le escribe que ha leído tres veces El Gran Gatsby!). El dinero le obsesiona: desea ganar el máximo posible y habla de él sin pudor. En sus cartas y en sus notas alude constantemente a él, hasta el punto de que a veces nos preguntamos si nos hallamos en presencia de un escritor o de un hombre de negocios. Y no es que yo deteste las correspondencias en la que se confiesan los problemas materiales; por el contrario, las prefiero mil veces a esas otras falsamente etéreas- que los escamotean o disfrazan de poesía. Pero hay maneras y maneras de hacerlo. Las cartas de Rilke, que tanto aprecié hace tiempo, me parecen hoy exangües e insulsas, no se hace en ellas la menor alusión al lado mezquino de la pobreza. Escritas para la posteridad, su “nobleza” me exaspera. Ángeles y pobres son en ellas vecinos. ¿No hay acaso cierto descaro o una ingenuidad calculada en hablar largamente de ello en misivas dirigidas a duquesas? Jugar al espíritu puro raya en la indecencia. Yo, que no creo en los ángeles de Rilke, creo menos aún en sus pobres. Son demasiado “distinguidos” y carecen de cinismo, la sal de la miseria. Por el contrario, las cartas de un Baudelaire o un Dostoievsky –cartas de pedigüeños– me conmueven por su tono suplicante, desesperado, anhelante. Uno siente que si hablan de dinero es porque no pueden ganarlo, porque han nacido pobres y lo serán siempre, suceda lo que suceda. La pobreza les es consustancial. Apenas aspiran al éxito, pues saben que no podrían obtenerlo. Lo que nos molesta en Fitzgerald, en el Fitzgerald de los comienzos, es que aspire a él y lo alcance. Pero afortunadamente, su éxito no será mas que un rodeo, un eclipse de su conciencia antes del despertar a sí mismo, a la revelación de que nunca más será quien fue.

Fitzgerald muere en 1941, a los cuarenta y cuatro años; su crisis se sitúa hacia 1935-1936, época en la que escribe los textos que compondrán el Crack-up. Antes de esa fecha, el acontecimiento capital de su vida es su matrimonio con Zelda. Juntos llevarán la existencia artificial de los norteamericanos en la Costa Azul. Más tarde calificará su estancia en Europa como de “siete años de despilfarro y tragedia”, siete años en los que hicieron todas las extravagancias posibles, como obsesionados por un deseo secreto de agotarse, de vaciarse interiormente. Y lo inevitable sucede: Zelda se hunde en la esquizofrenia y no sobrevive a su marido más que para acabar muriendo en el incendio de un manicomio. El había escrito a propósito de ella: “Zelda es un caso y no una persona”. Sin duda quería dar a entender con ello que no era interesante mas que para la psiquiatría. Él, por el contrario, sería una persona: un caso que compete a la psicología o a la historia.
Madame Boucard - Tamara de Lempicka

“Con frecuencia, en otra época, la felicidad que sentía se aproximaba a un éxtasis tal que no hubiera podido compartirla ni siquiera con el ser mas querido. Debía llevármela conmigo a lo largo de las calles tranquilas y destilar ínfimos fragmentos en pequeñas frases que escribí. Mi facultad de ser feliz era, creo, excepcional. No había en ella nada natural, era tan anormal como el período de prosperidad de Norteamérica. De la misma manera, lo que acaba de sucederme corresponde a este ascenso de desesperación que ha sepultado a la Nación al final de los años de opulencia”.

Dejemos a un lado la complacencia con que Fitzgerald considera la expresión de una “generación perdida” o interpreta su propia crisis a partir de elementos exteriores. Pues, si ella procediese únicamente de una coyuntura, perdería todo su alcance. En lo que tienen de específicamente norteamericano, las revelaciones del Crack-up no conciernen mas que a la historia literaria, a la historia sin más. Sin embargo, como experiencias íntimas participan de una esencia, de una intensidad que trascienden las contingencias y los continentes.

“Lo que acaba de sucederme…”. ¿Qué le sucedió a Fitzgerald? Había vivido en la embriaguez del éxito, había deseado la felicidad a cualquier precio, había aspirado a convertirse en un escritor de primer orden. En sentido propio y en sentido figurado, había vivido en el sueño. Pero el sueño de repente le abandona, comienza a velar y lo que descubre en sus vigilias le horroriza. Una esterilidad clarividente le sumerge y paraliza.

El insomnio nos dispensa una luz que no deseamos, pero a la cual, inconscientemente, tendemos, una luz que reclamamos a pesar nuestro, contra nosotros mismos. A través de ella –y a expensas de nuestra salud- hallamos otra cosa, verdades peligrosas, nocivas, todo aquello que el sueño nos impedía entrever. Pero nuestros insomnios nos liberan de nuestras facilidades y de nuestras ficciones únicamente para colocarnos ante un horizonte cerrado: ellos iluminan nuestros impases. Nos condenan a la vez que nos liberan: equívoco inseparable de la experiencia de la noche. Fitzgerald intenta en vano escapar a esa experiencia. Le asalta, le aplasta, es demasiado profunda para su espíritu. ¿Recurrirá a Dios? Detesta la mentira, es decir, no tiene acceso alguno a la religión. El universo nocturno se eleva ante él como un absoluto. No tiene tampoco acceso a la reflexión metafísica, a la que no obstante será forzado. Visiblemente no se hallaba maduro para las noches.

“De repente surge el horror como una tormenta. Y si esta noche prefigurara la que sigue a la muerte; si el más allá no fuese más que un estremecimiento sin fin al borde de un abismo al que nos empuja todo lo que en nosotros es cobarde y corrupto, y en el que nos preceden la cobardía y la corrupción del mundo. Ninguna escapatoria, ninguna salida, ninguna esperanza, sino únicamente la meditación perpetua sobre lo sórdido y lo semitrágico… O quizás esperar indefinidamente en los confines de la vida sin poder jamás superar el umbral que nos separa de ella. Cuando el reloj da las cuatro de la madrugada no soy mas que un espectro.”

A decir verdad, excepto el místico o el hombre que es víctima de una gran pasión, ¿quién se halla verdaderamente maduro para sus noches? Uno puede desear perder el sueño si es creyente; pero ¿cómo permanecer, sin ninguna certeza, horas y horas a solas consigo mismo? Se le puede reprochar a Fitzgerald que no haya comprendido la importancia de la noche como ocasión o método de conocimiento, como desastre enriquecedor; pero no podemos permanecer insensibles al patetismo de sus vigilias, en las que la “meditación sobre lo sórdido y lo semitrágico” era en él la consecuencia de su rechazo hacia Dios, de su incapacidad de ser cómplice del mayor fraude metafísico, de la falacia suprema de nuestras noches.

“La manera ordinaria de permanecer a flote cuando uno se hunde es pensar en quienes luchan contra la miseria verdadera o contra la enfermedad: es ése un género cómodo de euforia al alcance de cualquiera en los momentos de depresión y un remedio saludable durante el día. Pero a las tres de la madrugada, cuando el olvido de un objeto toma proporciones tan trágicas como una condenación a muerte, el remedio se vuelve inoperante. Pues bien, en la verdadera noche del alma, son eternamente las tres de la madrugada, día tras día”.

Las verdades diurnas dejan de existir en la “verdadera noche del alma”. Y a esa noche, en lugar de bendecirla como una fuente de revelaciones, Fitzgerald la maldice, la asimila a su decadencia y le retira todo valor de conocimiento. Realiza una experiencia pascaliana sin espíritu pascaliano. Como todos los frívolos, tiembla ante la idea de ir más lejos dentro de sí mismo. Una fatalidad sin embargo lo obliga a ello. A pesar de que se resiste a extender su ser hasta sus límites, debe hacerlo. El extremo al que accede, lejos de ser el resultado de una plenitud, es la expresión de un espíritu roto: es lo ilimitado de la fisura, la experiencia negativa de lo infinito. Sobre ello se explicará en un texto que nos da la clave de sus trastornos:

“Lo único que yo buscaba era la tranquilidad más perfecta para descubrir por qué había llegado a comportarme tristemente ante la tristeza, melancólicamente ante la melancolía, trágicamente ante la tragedia, porque me identificaba con los objetos de mi horror y de mi compasión”. Texto capital, texto de enfermo. Para comprender su importancia, intentemos definir, por contraste, el comportamiento del hombre sano, del hombre que actúa. Concedámonos para ello un suplemento de salud…

Por muy contradictorios e intensos que sean nuestros estados, normalmente los dominamos, logramos neutralizarlos: la “salud” es la facultad que poseemos de mantenernos a cierta distancia de ellos. Un ser equilibrado logra siempre escamotear sus profundidades o escapar a sus propios abismos. La salud (condición de la acción) supone una huida hacia delante en uno mismo, una deserción de sí mismo. Ningún acto verdadero es posible sin la fascinación por el objeto.

Cuando actuamos, nuestros estados interiores no cuentan más que por su relación con el mundo exterior, no tienen ningún valor intrínseco; de ahí que podamos dominarlos fácilmente. Si por casualidad estamos tristes, lo estamos a causa de una situación determinada, de un incidente o de una realidad precisa.

El enfermo, por el contrario, procede de una manera totalmente distinta. Vive sus estados en sí mismos, su tristeza tristemente, su melancolía melancólicamente y experimenta cada tragedia, si la acepta, la experimenta trágicamente. Solo es sujeto. Si se identifica con los objetos que le inspiran horror o compasión, esos objetos no constituyen para él más que modalidades diversas de él mismo. Estar enfermo es coincidir totalmente con uno mismo.

“El menor gesto (lavarme los dientes, cenar con un amigo) me costaba un esfuerzo… El amor que tenía por mi familia y mis amigos no lo sentía, me esforzaba en sentirlo, y en mis relaciones con el exterior… no hacía más que emplear el recuerdo de gestos antiguos.”

Si Zelda hubo de conocer el divorcio con lo real en su aspecto irreparable, Fitzgerald tuvo la suerte de experimentarlo de manera atenuada: una esquizofrenia para literatos… Añadamos que –nueva suerte para él– fue un experto en self pity. El abuso que de ella hizo le preservó de una ruina total. En efecto, el exceso de conmiseración con nosotros mismos conserva nuestra razón, pues ese despliegue sobre nuestras miserias procede de una alarma de nuestra vitalidad, de una reacción de energía, al tiempo que expresa un disfraz elegíaco de nuestro instinto de conservación. No debe tenerse ninguna compasión por quienes se la tienen a sí mismos. Nunca se hundirán completamente…

Fitzgerald sobrevive a su crisis sin superarla totalmente. Espera sin embargo encontrar un equilibrio entre el “sentido de la inutilidad de todo esfuerzo y el de la necesidad, entre la convicción del fracaso inevitable y el imperativo del éxito”. Su ser, piensa, podría continuar así su carrera como “una flecha entre dos puntos de la nada que únicamente la gravedad podría hacer volver a la tierra”.

Esos accesos de orgullo son accidentales. En el fondo de sí mismo quisiera volver, en sus relaciones con los demás, a los subterfugios de la existencia convencional; quisiera retroceder. Para lograrlo se impondrá una máscara.

“Una sonrisa –sí, había decidido fabricarme una sonrisa. Continúo trabajando en ello. Quisiera emplear para conseguirlo todo el arte del hotelero, de la vieja canalla mundana, del director de escuela el día de los premios, del ascensorista negro…, de la enfermera que llega a la nueva casa, de la modelo que posa desnuda por primera vez, del figurante de cine optimista a quien se ha empujado delante de la cámara...”

Su crisis no iba a conducirle ni a la mística ni a la desesperación final o al suicidio, sino al desengaño. “Un cartel, Cave canes, se halla colgado permanentemente en mi puerta. Pero intentaré al menos comportarme como un animal bien amaestrado; si me echáis un hueso con un poco de carne alrededor llegaría incluso a lameros la mano”. Fitzgerald es lo bastante esteta para templar su misantropía mediante la ironía, para introducir una nota de elegancia en la economía de sus desastres. Su estilo ligero e impertinente nos deja entrever lo que podríamos llamar el encanto –spleen– de la vida arruinada. Añadiría incluso que se es “moderno” en la medida en que se es sensible a ese encanto. Reacción de desengañados, sin duda, de individuos que, incapaces de recurrir a un segundo plano metafísico o a una forma trascendente de salvación, se apegan a sus males con complacencia, como a derrotas aceptadas. El desengaño es el equilibrio del vencido. Y, como el vencido, Fitzgerald, tras haber concebido las verdades despiadadas del Crack-up, se va a Hollywood a buscar el éxito –siempre el éxito, en el cual por otra parte, ya no podía creer–.

¡Tras una experiencia pascaliana, escribir guiones de cine! En los últimos años de su vida parece como si no aspirara mas que a comprometer sus abismos, a desvirtuar sus neurosis, como si en lo más profundo de sí mismo se sintiese indigno del hundimiento que acaba de padecer. “Hablo con la autoridad del fracaso”, había dicho un día. Pero él mismo con el tiempo, rebaja su fracaso, le hace perder todo su valor espiritual. No debemos extrañarnos de ello: en la “verdadera noche del alma” Fitzgerald lucha más como una víctima que como un héroe. Lo mismo les sucede a todos aquellos que viven un drama únicamente en términos de psicología; incapaces de percibir un absoluto exterior contra el cual combatir o al cual plegarse, recaen eternamente en ellos mismos para vegetar, a fin de cuentas, por debajo de las verdades que han entrevisto. Son, repitámoslo, desengañados, pues el desengaño –retroceso tras un desastre– es propio del individuo que no puede destruirse a causa de una desgracia, ni soportaría hasta el final para triunfar sobre ella. El desengaño es lo puro “semitrágico”. Y dado que Fitzgerald no logró mantenerse a la altura del drama, no podríamos considerarlo como un angustiado de calidad. El interés que tiene para nosotros consiste precisamente en esa desproporción entre la insuficiencia de sus medios y la amplitud de la inquietud que vivió.

Un Kierkegaard, un Dostoyevski, un Nietzsche dominan sus propias experiencias y sus vértigos, pues son superiores a lo que les “sucede”. Su destino precede a su vida. En el caso de Fitzgerald, por el contrario, la existencia es inferior a lo que ella descubre. Ve el momento culminante de su vida como un desastre del que no se consuela, a pesar del las revelaciones que extrae del él.
The Crack-up es la temporada en el infierno de un novelista. No queremos con ello minimizar en absoluto el alcance de su testimonio en sí mismo conmovedor. Un novelista que desea ser únicamente novelista sufre una crisis que durante cierto tiempo le proyecta fuera de las mentiras de la literatura. Despierta a algunas verdades que hacen vacilar sus evidencias, el reposo de su espíritu. Acontecimiento poco frecuente en el mundo de las letras, en el que el sueño es de rigor, y que en el caso de Fitzgerald no ha sido siempre comprendido en su verdadero significado. Así, sus admiradores lamentan que haya insistido sobre su fracaso y que haya arruinado, a fuerza de examinarlo y de rumiarlo, su carrera literaria. Nosotros lamentamos, por el contrario, que no se haya dedicado suficientemente a él, que no lo haya profundizado y explotado más. Es propio de los espíritus de segundo orden no poder escoger entre la literatura y la “verdadera noche del alma"."


Emile Cioran, Ejercicios de admiración
Editorial Tusquets, Barcelona.

martes, 17 de junio de 2014

X-MEN: Días del FUTURO PASADO - de Bryan Singer

                          - X-Men: Days of Future Past - EEUU, 2014 -

Promete y entrega mucho esta segunda trilogía de los X-Men. El reboot que firmó Matthew Vaughn (X-men: Primera Generación) sentó una potente base que Bryan Singer, director y productor de las dos primeras de la saga, no hace sino acrecentar. 

La propuesta nos gana por inmersión desde la primera secuencia. En sólo diez minutos nos situamos en un futuro oscuro y apocalíptico, con los X-Men acosados y diezmados por los Centinelas. En este fulgurante comienzo vemos pelear y morir a un grupo de mutantes (Bishop, Sendero de Guerra, Coloso, el Hombre de hielo, etc). La acción trepidante y el poder teletransportador de Blink nos hacen recordar la escena inicial de X-Men 2, con el Rondador Nocturno haciendo estragos en la Casa Blanca.

Synger y su guionista habitual, Simon Kinberg,  realizan un atrevido tour de force llevando a cabo una adaptación fiel de los cómics creados por Chris Claremont y John Byrne (los números 141 y 142 en USA), fusionando la trilogía original con la nueva hornada de la Primera Generación y lanzando a la saga hacia nuevas y prometedoras líneas argumentales. Podemos decir que se trata tanto de la secuela de Primera Generación como de toda la saga, ya que nos devuelve al punto inicial en la Escuela de Talentos, aunque en una nueva y sugerente línea temporal.

En estos Días del Futuro Pasado nos encontramos con una posteridad sombría y desesperada. Los mutantes están siendo diezmados por los Centinelas, unos robots  basados en el ADN de Mística, capaces de absorber y reproducir cualquier poder que les ataque. Son prácticamente indestructibles y su adaptación constante les permite afrontar cualquier mutación. El Profesor Xavier y Magneto acabarán uniendo sus exiguas fuerzas para intentar cambiar el signo de los tiempos. La única alternativa es viajar al pasado e impedir la creación de los Centinelas. Kitty (Ellen Page) transportará la conciencia de Lobezno a 1972, en plena Conferencia de París para la conclusión de la guerra de Vietnam. Allí comenzará la pugna con Industrias Trask y su proyecto Centinela. 

Uno de los aspectos más atractivos de esta saga es su imbricación con la historia reciente de los EEUU: en Primera Generación era la crisis de los misiles en Cuba; mientras que en estos Días del Futuro Pasado es el fin de la guerra de Vietnam y el asesinato del presidente Kennedy (resuelto, este último, de forma bastante divertida). Aunque hay una diferencia sustancial entre las dos películas. En la primera los hechos históricos se encontraban en el corazón de la trama (el supervillano interpretado por Kevin Bacon atizaba desde la sombra la conflagración nuclear entre Rusia y EEUU). Mientras que en esta segunda, los hechos históricos aparecen sólo como contexto, de una forma tangencial.
La página web oficial de la saga ha montado una curiosa hemeroteca con 25 momentos de la historia reciente que han aparecido o ¿aparecerán? en la misma. Para próximas citas yo me inclino por los mutantes procedentes del desastre de Chernóbil o por la aparición de Guantánamo o los muros de Berlin y la frontera entre México y EUU.

La acción está perfectamente llevada. Conviviendo futuro y pasado el guión consigue reunir a los héroes jóvenes y adultos, lo que no deja de ser un deleite. La historia se articula alrededor de un puñado de secuencias de acción verdaderamente espectaculares. La que más, sin duda, la fuga de Magneto de una prisión de máxima seguridad. La hipervelocidad de Mercurio/Peter Maximoff propicia una fantástica escena que aglutina lo mejor que puede ofrecer una película de este tipo: acción, espectáculo y humor. 

Hay que subrayar el gran acierto del reparto. Los rejuvenecidos Xavier (James McAvoy) y Magneto (Michael Fassbender) están sensacionales e incluso nos ofrecen pliegues mucho más complejos de su personalidad. Por primera vez vemos al líder telépata frustrado y hundido, buscando el consuelo en las drogas, mientras se profundiza más en su relación con Mística. El nexo entre las dos épocas es Lobezno. Hugh Jackman se identifica de tal forma con su personaje que logra, con su sola presencia, llenar cualquier plano. 
Por último, el villano de esta historia es Bolivar Trask, interpretado con su habitual mordacidad por Peter Dinklage, actor que da vida a Tyrion Lannister en Juego de Tronos. Él es el creador del Proyecto Centinela. Su incorporación es afortunada, en cada aparición en pantalla resulta magnético.

Pero sobre todo hay que agradecer el desarrollo dramático de esta aventura. Dan mucho juego el profesor Xavier y su amargura debida tanto a los hechos de Cuba (pérdida de Mística, enfrentamiento con Magneto) como al posterior cierre de su Escuela de Talentos. La trama convierte a Mística en el eje de la función. Ella persigue a Trask para asesinarlo mientras él la persigue para hacerse con su ADN y potenciar el desarrollo de los Centinelas.

Por otro lado, me llama la atención esta especie de revival setentero que nos invade. No sé si es una especie de inconsciente colectivo que aflora o una simple moda. Desde la más pretérita Munich (Steven Spielberg, 2005), podemos rastrear esa época de mudanzas en muchas películas recientes: American Ganster (Ridley Scott), una de las historias de El Atlas de la nubes, de los Wachoswsky Bros., Expediente Warren: The Conjuring (James Wan) o la muy publicitada en los últimos Oscars, La gran estafa americana (American Hustle) de David O. Russel.

Regresar al pasado para matar al enemigo actual es lo que pretendieron las máquinas de la primigenia Terminator. De hecho el guionista ha declarado que tuvo unas charlas con el director de la misma, James Cameron, con el objeto de definir el salto temporal. Otro cómic de los ochenta entreverado de hechos históricos es Watchmen, una distopía donde también aparece Nixon ¡en su tercer mandato!

La saga de mutantes con el gen X fue creada en 1963 por Stan Lee y Jack Kirby y ha logrado revitalizarse constantemente a lo largo de los años. En 1980 Chris Claremont y John Byrne publicaron el relato más tenebroso de la saga, Días del Futuro Pasado. Su calidad queda avalada por el hecho de ser considerado el mejor arco argumental después de la excitante Saga de Fénix Oscura. 

martes, 10 de junio de 2014

ALFRED ATTENDU - de J. Rodolfo Wilcock



En Haut-les-Aigues, en un rincón del Jura próximo a la frontera suiza, el doctor Alfred Attendu dirigía su panorámico Sanatorio de Reeducación, o sea hospicio de cretinos. El período entre 1940 y 1944 fueron sus años de oro; en aquel tiempo llevó a cabo sin el menor estorbo los estudios, experimentos y observaciones que más adelante recogió en su texto, convertido en un clásico del tema, El hastío de la inteligencia (L'embêtement de l'intelligence, Bésancon, 1945).
Aislado, olvidado, autosuficiente, abundamente provisto de reeducandos, misteriosamente incólume de cualquier invasión teutónica, gracias también al desastroso estado de la única carretera de acceso, destrozada por un bombardeo equivocado (los alemanes habían creído que la carretera llevaba a Suiza, por culpa de una flecha con la inscripción «Refugio de Retrasados Mentales»); en suma, rey de su pequeño reino de idiotas, Attendu se permitió a lo largo de todos aquellos años ignorar lo que la prensa denominaba pomposamente el hundimiento de un mundo, pero que en realidad, visto desde lo alto de la Historia, o en todo caso desde lo alto del Jura, no fue más que un doble cambio de policías con algún incidente de ajuste.
   Ya del título del libro de Attendu se desprende su tesis, es decir, que en cada una de sus funciones y actividades no necesarias para la vida vegetativa, el cerebro es una fuente de problemas. Durante siglos, la opinión habitual ha considerado que la idiotez es un síntoma de degeneración del hombre; Attendu le da la vuelta al prejuicio secular y afirma que el idiota no es más que el prototipo humano primitivo, del cual sólo somos la versión corrompida, y por tanto sujeta a trastornos, a pasiones y a vicios contra natura, que no afectan, sin embargo, al auténtico cretino, al puro.
   En su libro, el psiquiatra francés describe o propone un original Edén poblado de imbéciles: perezosos, torpes, con los ojos porcinos, mejillas amarillentas, labios abultados, lengua salida, voz baja y ronca, oído débil, el sexo irrelevante. Con expresión clásica, les llama les enfants du bon Dieu. Sus descendientes, impropiamente llamados hombres, tienden a alejarse cada vez más del modelo platónico o imbécil primigenio, impulsados hacia los dementes abismos del lenguaje, de la moral, del trabajo y del arte. De vez en cuando, se le concede a una madre afortunada parir un idiota, imagen nostálgica de la creación primera, en cuyo rostro aún, por una vez se refleja Dios. Estos seres cristalinos son el mudo testimonio de nuestra depravación; se mueven entre nosotros como espejos de la primitiva estupidez divina. El hombre, sin embargo, se avergüenza de ellos, y los encierra para olvidarlos; tranquilos, los ángeles sin pecado viven vidas breves pero de perpetua e incontrolada alegría, comiendo tierra, masturbándose a continuación, chapoteando en el barro, agazapándose en el cubil amistoso del perro, metiendo distraídamente los dedos en el fuego, inermes, superiores, invulnerables.
   Cualquier movimiento tendente a reinsertar a los subnormales, congénitos o accidentales, en la sociedad civilizada, se basa en el presupuesto —evidentemente falso— de que los evolucionados somos nosotros, y ellos los degenerados. Attendu invierte dicho presupuesto, es decir, decide que los degenerados somos nosotros y ellos los modelos, e inicia de ese modo un movimiento inverso, dejado hasta ahora por motivos muy claros sin otra consecuencia que la antigua pero tácita colaboración de las máximas autoridades, no sólo psiquiátricas, que tiende a incrementar en los imbéciles lo que precisamente les convierte en tales.
No le faltaban razones. Desde lo alto de Haut-les-Aigues había visto —metafóricamente, porque no era un águila ni tenía un telescopio— los ejércitos de uno y otro bando ir y venir, como en un film cómico, empujando amplias verjas de aire intangible, disparando hacia atrás, huyendo hacia la victoria, construyendo para destruir, arrancándose banderas de modesto precio al precio de la vida. Sus enloquecidas confusiones superaban la comprensión humana.
   Y dirigiendo en cambio la mirada al otro lado, dentro de los límites de su claro jardín, había visto entre los abetos a sus mozarrones, también ellos veinteañeros y llenos de vida, jugar a juegos de incesante invención, por ejemplo destrozar el balón con los dientes, hurgarse la nariz con el pulgar de los pies del compañero, atrapar los peces del estanque, abrir todos los grifos para ver qué corría, cavar un agujero para sentarse dentro, recortar las sábanas colgadas y después correr por ahí agitando las tiras, mientras los más sosegados, filosóficamente, se llenaban de estiércol el ombligo o se arrancaban reflexivos uno a uno los pelos de la cabeza. Hasta el olor del Jardín original debía haber sido análogo. Pedían protección, sí, pero en su calidad de mensajeros preciosos, ejemplares, delicados; tocados, como siempre se había dicho, por el buen Dios, elegidos para compañeros de Su Hijo.
   La opción era obligada: cualquiera habría elegido a los idiotas del asilo. El mérito de Attendu reside, sin embargo, en haber sacado las debidas consecuencias de dicha opción: dado que la condición del cretino es para el hombre normal la condición ideal, estudiar por qué caminos los cretinos imperfectos pueden alcanzar la deseable perfección. En aquellos años los deficientes psíquicos eran clasificados según la edad mental, deducible de unos tests adecuados: edad mental tres años o menos, idiotas; de tres a siete años, imbéciles; de ocho a doce años, retrasados. De modo que el objetivo del estudioso era descubrir los medios idóneos para reducir a los retrasados al estado de imbéciles, y a los imbéciles a la idiotez completa. Los diferentes intentos de Attendu en dicha dirección y los métodos más pertinentes están detalladamente descritos en su interesante libro, citado con frecuencia en las bibliografías.
   
Curiosamente, no han sido muchos los que han observado que embétement también quiere decir, etimológicamente, embrutecimiento.
   La primera preocupación del personal tratante consiste en abolir cualquier relación del internado con el lenguaje. Dado que algunos de los internados todavía estaban en posesión, en el momento del internamiento, de algún medio, aunque rudimentario, de comunicación verbal, el recién llegado era segregado en una pequeña celda o caja, hasta que el silencio y la oscuridad le quitaban cualquier residuo o sospecha de locuacidad. En general bastaban pocos meses; los expertos enfermeros del doctor Attendu sabían reconocer, por el tipo de gruñidos del educando, cuándo había llegado el momento de sacarle del cubículo para llevarle a la pocilga.
   La terapia de la pocilga se había demostrado la más eficaz para la obtención del objetivo siguiente, que era el de suprimir en el pupilo cualquier traza de buenos modales, limpieza, orden y similares características subhumanas adquiridas precedentemente. En dicho sentido los educandos más difíciles resultaron ser los procedentes de instituciones religiosas, lugares conocidos, en efecto, por su escrupuloso respeto a los buenos modales y la higiene. En cambio, los que procedían directamente del seno de la familia, del seno de una familia francesa, eran más espontáneamente propensos a la zafiedad y a la suciedad.
   Todos los pupilos estaban provistos de bastones y eran periódicamente invitados por los enfermeros, con el ejemplo, a vapulear a sus compañeros; esta terapia tendía a eliminar de su vacío mental cualquier residuo de agresividad social. Niños y niñas eran invitados además a pasear desnudos, incluso en invierno, e inducidos, también con el ejemplo, a juegos bestiales de tipo vario. Eso sobre todo en el sector de los retrasados, que participaban más bien con placer en tales juegos con los enfermeros; porque en los imbéciles y más aún en los idiotas los instintos se habían ido refinando y regresando a la pureza primitiva: a lo máximo que podían llegar era a comerse mutuamente las heces. Los retrasados, en cambio, se entregaban con gusto a una especie de alegre vida sexual angélica.
   Por las noches había un gran barullo, y no pocas veces un auténtico y divertido alboroto. Buena señal, porque el sueño tranquilo y prolongado es un síntoma, según Attendu, de una indebida actividad mental durante el día. En efecto, si un internado era sorprendido de noche en ese estado anómalo de sueño profundo, los enfermeros lo sacaban de la cama y lo arrojaban a una bañera de agua fría. En ocasiones también intervenía algún imbécil y arrojaba a la bañera a un enfermero; los idiotas más evolucionados, en cambio, se mantenían aparte, ahora del todo apáticos: los enfermeros les llamaban los aristócratas, los favoritos del Director. A los reales y auténticos idiotas lo que más les gustaba era el cine, especialmente si era en color; pero también les alegraba el estrépito, y más que nada los discos llamados de Festival.
   En el transcurso de los diferentes procesos que tuvo que sufrir el doctor Attendu de 1946 en adelante, apareció otro detalle científico interesante: casi todos los retrasados de uno, dos o tres años que se hallaban en el Sanatorio, los llamados «petits anges», eran hijos suyos, producidos in loco a través, según parece, de la inseminación artificial; para las jóvenes mamás, veintitrés, se había construido algo así como un gallinero-maternidad, con un suelo de cemento fácilmente lavable.




Juan Rodolfo Wilcock, 


"La sinagoga de los iconoclastas"


*   *   *





El relato siendo cómico evoluciona desde lo puramente irónico: "gracias también al desastroso estado de la única carretera de acceso, destrozada por un bombardeo equivocado (los alemanes habían creído que la carretera llevaba a Suiza, por culpa de una flecha con la inscripción «Refugio de Retrasados Mentales»." Hasta la perversidad de su final.

Wilcock es un subversivo, su ironía deviene en crueldad, su locura en sadismo. Para él, el hombre es un ser fantástico, misterioso y, al mismo tiempo, un monstruo. Su deformación fantástica no es más que una metáfora terrible y perturbadora. 

Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978), poeta, dramaturgo y escritor argentino logró reinventarse a sí mismo como virtuoso de la literatura italiana. En Argentina fue uno de los más destacados escritores de la llamada “generación del 40”, poetas de línea neorromántica. Lingüista y filólogo, recaló en Roma en 1953 para traducir al español la edición de L’Osservatore Romano. Radicado definitivamente en Italia pasó a escribir en italiano y a cultivar la amistad de intelectuales como Alberto Moravia o Pier Paolo Pasolini.

Wilcock es autor de dos libros de relatos formidables. La sinagoga de los iconoclastas al que pertenece el presente relato y El estereoscopio de los solitarios. Autor singular por múltiples razones, su obra no se ajusta a ninguna corriente literaria.

En La Sinagoga de los Iconoclastas cada capítulo cuenta la vida de un personaje imaginario embarcado en un proyecto vital tan absurdo como verosímil; siempre llevado hasta sus últimas consecuencias con el mayor rigor científico. Wilcock suplanta los términos de modo que usando los mismos razonamientos y lógica que se aplican en la ciencia a estos postulados ilusorios y absurdos, primero logra divertirnos para después  infectarnos de inquietud. 
Alfred Attendu con su paraíso de idiotas, Aaron Rosemblum con su utopía isabelina, Carlo Olgiati con su metabolismo histórico, Absalon Amet, inventor del Filósofo Universal o científicos metafísicos como Symmes, Teed o Gardner, con sus disparatadas teorías sobre la naturaleza del planeta Tierra y del universo; vistos con detenimiento, no resultan menos ridículos y falaces que la economía de mercado, el comunismo o la democracia.
Wilcock logra cuestionar nuestro raciocinio y sociedad mezclando magistralmente cinismo, seriedad y humor.