sábado, 31 de mayo de 2014

El LABERINTO de SIMONE - de Iván Sáinz-Pardo
















Simone es una niña de 11 años, introvertida y misteriosa. Sus padres están separados y ella vive con su madre, una mujer depresiva y alcohólica. Una mañana más Simone ha de ir al colegio pero su madre yace en la cama sumida en un sueño de barbitúricos. El laberinto del título es un juego de percepciones entre la realidad y el sueño.


El director teje con suma habilidad unas imágenes que quedan suspendidas en un extraño vacío. Las zapatillas al lado de la cama o la nota que escribe el padre serán los vestigios que nos guiarán por entre los velos del trágico letargo. "Todo esto es un sueño. Mi sueño", nos refiere Simone en el mismo comienzo. 

Para ver el corto con la mejor calidad es imprescindible acudir a la página de Iván en Vimeo.





Iván Sáinz-Pardo (Madrid, 1972) es un madrileño criado en Cantabria y licenciado en dirección de cine y televisión por la prestigiosa Escuela de Cine de Múnich (HFF MÜNCHEN).
Con tan solo un puñado de cortometrajes ha conseguido más de 2 millones de visitas en YOUTUBE y más de 150 premios en festivales de cine de todo el mundo.

El Laberinto de Simone recibió el premio al mejor corto europeo de 2004 en el Festival Internacional de Cine Fantástico de Bruselas. En el mismo año fue galardonado como mejor cortometraje en Alemania recibiéndo el "Shocking Shorts Awards 2003" por el que Sainz-Pardo fue invitado durante dos semanas a realizar un master de cine en los Estudios Universal de Los Ángeles.

Actualmente ha publicado su primer libro de relatos cortos "La ira dormida" que distribuye internacionalmente la plataforma Amazon, trabaja como guionista y prepara su debut en el largometraje.

Como muchos cineastas mantiene abierto un blog donde vuelca los preparativos de sus trabajos, nos permite visionar sus cortos y contiene además críticas de películas, viñetas, fotos y un puñado de relatos: El Escondite de Iván.

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FILMOGRAFIA (Cortometrajes destacados):
-"Schneckentraum" (El Sueño del Caracol) 2001. España/Alemania 15 min. Blanco y negro.
-"Simones Labyrinth" (El Laberinto de Simone) 2003. España/ Alemania. 15min. Color.
-"El Último viaje del Almirante" 2006. España. 20 min. Color. Cinemascope.
-"La Marea" (Iván Sáinz-Pardo/Jim-Box/ Dirk Soldner) 2006. España. 8 min. Blanco y negro.
-“La mirada circular” (Iván Sáinz-Pardo/Jim-Box/ Dirk Soldner) 2010. España. 12 min. Color. 

viernes, 30 de mayo de 2014

Hunter S. THOMPSON















Embarcado en la lectura del cómic Transmetropolitan, de Warren Ellis, se me hace tan presente Hunter S. Thompson que quisiera recuperar aquí un pedazo de artículo en el que Marcos Rebollo traza su perfil gonzo. El título es muy modesto, "Los seis mayores colocones de Hunter S. Thompson", porque más allá del viaje a la inconsciencia que detalla; nos invita a navegar por el abismo de encanto, crueldad y depravación que fue el alma de este autor/personaje. Las descripciones de Rebollo son tan vívidas como muchas veces hilarantes. Está publicado -por supuesto- en la revista Rolling Stone.



"Si había que convivir con sujetos indeseables para conseguir una buena historia, no había problema: Hunter se drogaba, dormía entre ratas, viajaba con los Ángeles del Infierno...

Nómada y ermitaño, encantador y cruel, incisivo y drogota, Hunter S. Thompson (1937-2005) fue un hombre de contrastes.
(…)
La primera vez que Hunter S. Thompson probó las drogas estaba en Río de Janeiro, trabajando para el periódico americano National Observer. Antes sólo bebía. Las borracheras eternas recorren su primer libro, El diario del ron, que documenta el año largo que vivió en una pensión con cucarachas en Puerto Rico, soñando con ser escritor, organizando peleas de gallos y escribiendo artículos y anuncios para boleras. En Brasil, un ataque de disentería le obligó a dejar el alcohol y probó la cocaína mascada y las anfetaminas. De tantas pastillas que consumió se le cayó el pelo. Tenía 25 años y callo de delincuente que pasó media juventud en la cárcel (su padre murió cuando Hunter contaba 14 años y su madre era alcohólica; él era un pillo que entraba con frecuencia en prisión por robar en licorerías y gasolineras). Viajaba con su primera mujer, Sandy, una profesora de yoga que conoció en Nueva York, mientras trabajaba como becario en Time y, letra a letra, copiaba en su máquina de escribir El gran Gastby, de Scott Fitzgerald, y Adiós a las armas, de Hemingway, héroes literarios a los que emuló en todo (fue un dandi depravado como el primero y se pegó un tiro como el segundo). 
(...)

Fue en la mansión de su amigo Ken Kesey donde Hunter alucinó, por vez primera, con el ácido. Kesey era lo más desde que triunfó, en 1962, con la novela Alguien voló sobre el nido del cuco, basada en sus experiencias como cobaya humano probando drogas psicodélicas. Así descubrió el LSD y la marihuana (entonces legales). Hunter fue asiduo a las irreverentes fiestas de Kesey. Era 1965 y estaba escribiendo para The Nation un largo reportaje (se editó como libro con gran éxito) sobre la banda de moteros que aterrorizaba la costa Oeste: los Ángeles del Infierno. Vivió varios meses con esos barbudos forajidos que imitaban la mística de Marlon Brando en la película Salvaje, documentando sus orgías, robos, borracheras y torpedeantes huídas sobre Harley-Davidson. Una tarde fue con ellos a la mansión de Kesey. La fiesta duró dos días con sus noches. Al principio los violentos moteros se mostraron tímidos ante un ambiente de hippies pacifistas colocados hasta las cejas que aullaban en pelotas y bailaban rock. El LSD ruló de boca en boca y la cosa se puso fea. La policía llegó y Hunter recuerda que el mítico Jack Kerouac (escritor beatnik de En el camino) salió al límite de la finca y, desnudo, agitó el puño vociferando: “¡Cabrones, hijos de puta, venid aquí, maldita sea vuestra alma llena de mierda!”. Dentro, el ambiente era dantesco. Uno de los Ángeles aseguraba que era un gallo al que asarían si dejaba de sonar la música. “¡No dejéis que pare, por favor!”, gritaba abrazado al tocadiscos.

Hunter se separó de los moteros un mes después. No le gustó que sus héroes reventaran una protesta contra la guerra. Además, le pegaron una paliza por defender a una chica. En 1968, otra paliza rompió su sueño libertario y su fe en la Nueva América: cubrió la convención demócrata en Chicago tras el asesinato de Bob Kennedy y se vio envuelto en los palos que la policía atizó a los manifestantes. “Es la única vez que le he visto llorar”, admitió Sandy.

- SEGUNDO COLOCÓN: Las Vegas, EE.UU. Primavera de 1971. [Miedo y asco en Las Vegas con ácidos y éter].

Un Chevrolet con la capota bajada atraviesa el desierto a 150 km/h. Hunter y su amigo Óscar Zeta Acosta (un abogado activista al que conoció durante un reportaje en los 60) pasan zumbando junto a un cartel: “Bienvenidos a Nevada”. Bajo una hoja de marihuana se puede leer: “Posesión: 20 años. Venta: ¡Perpetua!”. Ellos, claro, no lo ven. Se han zampado varias pastillas de mescalina y no les sube. El viento (“o Dios”, según Óscar) ha derramado la cocaína que guardaban en un salero. Así que mastican un cartón de ácido y rezan para que no les suba en la carretera. Pero les sube. “¡Estamos en territorio de murciélagos!”, alucina Hunter, ahora de copiloto, espantando fieras invisibles con un matamoscas. Van de Los Ángeles a Las Vegas. ¿La misión? Cubrir para la revista Sport Illustrated la carrera de motos más famosa del país, la Mint 400, con un premio de 50.000 dólares. Como siempre, Hunter lleva el equipaje preciso: máquina de escribir, grabadora y un maletín con drogas. Cuando llegan a la recepción, el suelo es un charco de sangre y Hunter ve lagartos por todas partes. Están experimentando alucinaciones. Ya seguros en la habitación, se enchufan al telediario. El napalm de Vietnam encandila sus ojos drogados. Hunter ama las explosiones, pero odia la absurda guerra de Vietnam.
(...)
El estilo gonzo lo inauguró él mismo un año antes, en su artículo El derby de Kentucky es decadente y depravado: un montón de notas inconexas que triunfaron cuando él pensaba que le llevarían al final de su carrera. Gonzo, una palabreja que designa varias cosas: el título de un tema de 1960 del pianista James Booker; “tocar sin reglas ni rumbo” en el argot jazzístico; “el que nunca se mama” (y por lo tanto puede contar lo que pasó) en la jerga de los bares; o “sendero brillante” en francés callejero. Y en el mundo del reportaje, gonzo es un subgénero del Nuevo Periodismo, liderado por novelistas (Tom Wolf, Norman Mailer, Truman Capote) que reinventaron el oficio dotando a sus textos de recursos literarios. La versión delirante la ejemplificó Hunter: informar deformando, la noticia es tan importante como el sujeto que la vive/sufre haciendo el cabra ahogado en droga.

Y la noticia, esta vez, ¿cuál era? Ah, sí, la carrera de motos. ¿Quién habrá ganado? Ni idea. Vuelve al hotel y allí se prepara con Óscar para salir esa noche. Entran por la cara en el Tropicana, un inmenso hotel lleno de luces y palmeras de plástico. A los diez minutos les echan del local, muertos de la risa. “¡Hemos caído en el túnel del tiempo!”, exclama Hunter. (...)  Apenas pueden andar mientras entran en una especie de circo. Aunque la gente les mira espantada, ellos no tienen miedo. “En Las Vegas adoran a los borrachos. Son carne fresca”, señala Hunter. En el interior de la carpa, Hunter cree haber llegado al epicentro del Sueño Americano, un carrusel de caballitos con gente solitaria que bebe y se deja la pasta. Pero no hay tiempo para más: la mescalina, por fin, hace efecto. Se largan, rápido. “Esta ciudad tiene la moral del tiburón, devora a los heridos. Aquí, a los débiles y tarados los matan”, reflexiona Hunter.

En el hotel les cuesta encontrar la habitación. Meten la llave en todas las puertas. Óscar, pasadísimo, saca un cuchillo y amenaza a su amigo. Hunter se va a dar una vuelta y cuando vuelve ve a Óscar en la bañera con un casete rozando el agua y la psicodélica White rabbit, de Jefferson Airplane, tronando. “Cuando al conejo le corten la cabeza, ¡tira el aparato al agua!”, le pide con los ojos idos. Se ha comido todo el ácido sobrante. Hunter aleja el aparato y le encierra en el baño. Necesita dormir. Mañana toca curro. Se envuelve en una bandera americana y cae en un sueño ciego. Cuando despierta, el abogado se ha ido y él no tiene historia. Adiós reportaje. Se fuga del hotel sin pagar y cruza el desierto hacia Los Ángeles. A mitad de camino ve que en su bolsillo guarda un telegrama del abogado. ROLLING STONE le encarga otro reportaje en Las Vegas: cubrir la conferencia nacional sobre drogas, con más de 1.000 policías disertando sobre el peligro psicotrópico. Vuelve a Las Vegas, sube al nuevo hotel y se ventila medio frasco de adrenocromo de su amigo, peligrosa síntesis que causa esquizofrenia. Empieza a ver monstruos y cae inconsciente. En la conferencia apenas está unas horas. Luego se pone con el reportaje, machacando teclas: ama las ráfagas de metralleta que emite su querida IBM Selectric. 
(...)
En casa, durante seis meses, sigue escribiendo hasta componer su mejor libro, Miedo y asco en Las Vegas, que ROLLING STONE publicó en dos tandas en noviembre de 1971. Frases llenas de furia, pesimismo, ira, confusión: “Sólo queda una generación de lisiados permanentes y buscadores fallidos que nunca comprendió la vieja falacia mística de la cultura del ácido: el desesperado supuesto de que alguien, una FUERZA, se ocupa de sostener esa LUZ al final del túnel”. Se fundió la luz. Pero Hunter, periodista estrella, seguía en la cresta de una ola imaginaria. A punto de ser devorado por su propio mito.

- TERCER COLOCÓN: Kinshasa, Zaire. Otoño de 1974. [Marihuana y whisky mientras Ali tumbaba a Foreman y James Brown aullaba].
Hunter S. Thompson por A. Leibovitz
Si hay un año maldito en su carrera, ése fue 1974. Falló estrepitosamente en tres encargos para ROLLING STONE. En verano, fue incapaz de escribir un artículo sobre la caída de Nixon tras el Watergate. La revista, al final, cubrió el asunto con un collage de fotos que impulsó la carrera de Annie Leibovitz (la mítica fotógrafa de, por ejemplo, Lennon y Yoko Ono el mismo día de la muerte de John). Aún así, el fundador de la revista, Jann Wenner, le mandó a Zaire (actual Congo) a cubrir la pelea del siglo, que enfrentó a Muhammad Ali y George Foreman por el título mundial de los pesos pesados. (...)

El escritor lo idolatraba. Sobre todo después de pasar por la cárcel tras negarse a combatir en Vietnam con un “no tengo nada contra ellos [los vietnamitas], allí no me han llamado negro”. Así, el periodista voló feliz a Kinshasa y se alojó en el hotel Hilton, por todo lo alto. Asistió a un macrofestival de tres noches con B.B. King, Celia Cruz o James Brown aullando “¡Soy negro y estoy orgulloso!”. La pelea, sin embargo, se retrasó seis semanas porque Foreman se lesionó. Casi todos los periodistas volvieron a casa. Sólo quedaron los que no tenían dinero para regresar y los grandes: Norman Mailer (que sobre el asunto publicó un libro, La lucha) y él, Hunter, que se pasó todo el mes colocado, buscando nazis en la selva y fumando toda la yerba del Zaire. “Solía invitarnos a las juergas”, cuenta un periodista. “Al alba firmaba la cuenta con un garabato y se iba a dormir al cuarto”.

La noche de la pelea, 30 de octubre de 1974, Hunter cogió el coche y se confundió de camino. Perdido y confuso, no pudo llegar a tiempo y volvió al hotel con una sensación de angustia que la droga no hizo sino acrecentar. Su asiento de 200 $ vacío, junto a 60.000 espectadores que vociferaban: “¡Ali, mátalo!”. ¿Qué hacer? Drogarse más y no encender la televisión. Así amaneció, flotando en la piscina, más noqueado que Foreman, que perdió el combate por KO en el 8º asalto y se tiró dos años alejado del ring por depresión. (...)

- CUARTO COLOCÓN. Aspen, Colorado, EE.UU. Primavera de 1987. [Whisky, speed y un corazón de alce chorreando sangre en casa de Jack Nicholson].

Prisionero de su fama, Hunter se encerró en su rancho de Woody Creek, cerca de Aspen, ciudad a la que se presentó (y perdió por pocos votos) como sheriff libertario en 1970 (el artículo sobre su campaña fue el primero que escribió para ROLLING STONE). Escribió varios libros (la mitad no los publicó) y seguía colaborando en prensa (artículos eróticos en Playboy, columnas en Examiner), pero ya nada volvió a ser igual. Tras el divorcio de Sandy se volvió a casar, con Anita, con la que vivió sus últimos 20 años. Son famosas sus fiestas con amigos de Hollywood, como Jack Nicholson, Johnny Depp, Bill Murray o John Cusack. Con su vecino Nicholson, tan bromista como él, solía intercambiarse regalos bizarros. A su hija Lorraine le dio una caja con una rata muerta de plástico y una nota: “Querida Raine, esto te hará recordar que no todos los hombres son lo que parecen. Saberlo te ahorrará tiempo. Te quiere, tío Hunter”.

Pero el regalo más salvaje del escritor gonzo llegó la noche anterior al 50 cumpleaños de Jack Nicholson. La extraña historia la corroboró, en una entrevista, Angelica Huston, novia por aquel entonces de Nicholson: “Grabó en el bosque unos alaridos de animales horribles. En el tejado colocó dos grandes amplificadores y dejó un chorreante corazón de alce frente a la puerta. Mientas la sangre se colaba en casa y los animales gritaban, él daba vueltas en coche, disparando sus armas. Jack pensó que nos estaban atacando. Nos encerramos en el sótano y llamamos a la policía. De pronto, Hunter llamó a la puerta y entró tambaleante. Se le veía contentísimo”.

- QUINTO COLOCÓN. Woody Creek, Colorado, EE.UU. Verano de 1998. [Nitroglicerina en compañía de Johnny Depp].

Otro amigo que se llevó un susto de muerte fue Johnny Depp. Le conoció en la taberna de Aspen el verano de 1995 y esa noche etílica acabaron en su rancho disparando (a cierta distancia) a un tanque de propano y a unas cajas de nitroglicerina. Meses después, el teléfono de Depp sonó de madrugada. Era Hunter con una propuesta: que el actor le interpretase en una versión cinematográfica de Miedo y asco en Las Vegas. Depp, encantado, accedió, y vivió casi un mes en el sótano de la casa de Hunter, lleno de arañas peludas, preparando el papel y estudiando sus manuscritos, sus miles de cartas, notas y cachivaches de la época dorada del gonzo. Solían quedarse hasta las mil hablando de literatura, música, política y deportes. Apostaron mil dólares en la final del Mundial de Fútbol. Hunter iba con Brasil y Johnny con Francia, que ganó (y recibió su cheque).
(...) 
Tras el estreno de la película, Johnny llamó a su amigo y, nervioso, le preguntó: “¿Me odias?”. Hunter carraspeó. “No”, dijo: “Verla ha sido como oír la llamada de una extraña trompeta en un campo de batalla perdido”.

- SEXTO COLOCÓN. Woody Creek, Colorado, EE.UU. Invierno de 2005. [Tequila, salchichas y un revólver en la boca]

El nuevo siglo, con George W. Bush de presidente, le sentó fatal. “Votaría feliz a Nixon por librarme de este estúpido”, escribió. Un año después, tras el 11-S, proclamó que no se creía la versión oficial: estaba seguro de que las dos torres habían sido dinamitadas. “Haremos la yihad cristiana contra varios países”, se lamentaba. Su humor era de perros. Sólo era feliz a la hora de su opíparo y solitario desayuno (nunca antes de las dos de la tarde): bacon, salchichas, huevos, una cafetera humeante, varios bloodymarys y margaritas y, de vez en cuando, unas rayas de coca para entonarse. Ralph Steadman, el dibujante que ilustró sus reportajes durante 35 años, le recuerda esos años cansado, atrincherado en su cocina, pedaleando despacio en su bici estática con un vaso de Johnny Walker en una mano y su perenne cigarrillo con boquilla en la otra. “¿Quieres un estimulante?”, solía preguntarle a Ralph.

Lo de quitarse la vida, en el fondo, no sorprendió a nadie. Llevaba fantaseando con esa idea desde que en 1978 le dijo a Wenner que se tiraría del piso 28 de la Quinta Avenida, donde estaban las oficinas de ROLLING STONE. Y ahora, con una cadera operada y una infección en los pulmones, había perdido el brillo. A finales de 2004 visitó a Sean Penn en Nueva Orleans y, en una fiesta, no pudo subir una escalera. Estalló. “Mis días han terminado”, sollozaba. 
(...)

- ÚLTIMO COLOCÓN. Woody Creek, Colorado, EE.UU. Verano de 2005. [Peyote y fuegos artificiales].

Medio año más tarde, Hunter cumplió su último sueño. Salir de este mundo a lo grande. En los 70 dibujó con Steadman cómo sería el cañón que lanzaría sus cenizas al cielo: un brazo de hierro de 50 metros de alto que acababa en un puño con dos pulgares agarrando un botón de peyote. El logo de su campaña a sheriff en 1970, el símbolo de lo gonzo. Johnny Depp pagó el funeral. Se levantó la torre junto a su rancho y, mientas sonaba su himno favorito, Mr. Tambourine man, de Dylan, fuegos artificiales multicolores silbaron desde lo alto de la torre y explotaron con sus cenizas en el cielo estrellado.

jueves, 29 de mayo de 2014

TRANSMETROPOLITAN - de Warren Ellis










Spider Jerusalem es un periodista visceral, aguerrido, carismático, mordaz e iconoclasta que está comprometido con la verdad y peleado con todo el mundo. Él será nuestro guía y santón en la ciudad de Los Angeles de un futuro enloquecido y abigarrado, saturado de tecnología y drogas de diseño.

Su presentación es genial. Después de haber triunfado y arrasado con artículos y libros, se hartó de todo y huyó a las montañas. Allí le conoceremos, greñudo y misántropo, clamando a los cielos como un eremita lunático. Pero una amenaza de demanda por parte de su editor lo arranca del lugar. Tiene que volver a trabajar. Ha de volver a la ciudad.

La ciudad es un caos inhumano, un compendio de todos los pecados y corrupciones que se puedan imaginar. Hay granjas para criar cuerpos humanos con que practicar la antropofagia. Se venden cremas hechas con fetos del tercer mundo. El distrito 8 está ocupado por la secta de los transientes que están mezclando su genoma con el de alienígenas para experimentar como otra especie. En la ciudad se crea una religión nueva cada seis horas y existen drogas para todo (potenciadoras de la libido, anticancerígenas, etc). Los apartamentos de los pudientes están dotados con bloques de materia con expendedor, capaces de proporcionarte cualquier cosa (un desayuno o unos zapatos) a partir de la simple basura ¡que los ricos han de hurtar a los pobres!. En la ciudad existen más de mil canales de tv agresivos y omnipresentes cuyas pantallas inundan habitaciones y fachadas hasta la saturación.

"Esta ciudad no se permite decaer o degradarse. Crece salvajemente. Es un caos brillante y apestoso. Cobra fuerza de sus miles de culturas y de los miles que nacen cada día. No es perfecta. Miente y engaña. No es una utopía, ni es la montaña...pero está viva. Eso no puedo discutirlo." Reflexiona Spider.
Y también, "Ciudad bajo mis pies. Estoy en casa". Su mascota es una gata con dos caras, tres ojos y fumadora de tabaco negro ruso sin filtro. El bloque de materia de su apartamento es adicto a una droga que sintetiza él mismo. La exmujer de Jerusalem sometió su cabeza a criogénesis con la orden expresa de que la activen únicamente cuando se aseguren  de que su marido esté bien muerto.

"Sabe cómo sacar a relucir el lado oscuro de cada persona, animal o cosa. Es un bastardo, pero lo hace por nuestro bien. Spider Jerusalem tiene que estar en la ciudad para poder escribir, pero además necesita que le odien"  llega a comentar su editor.

Spider escribe una columna para el periódico "The Word" que se titula "Odio todo esto" (I hate it here). No sólo es un bastardo, también es un salvaje violento, ácido y herético. Un especimen políticamente nada correcto que igual le pega un tiro a un camarero borde que una patada en los huevos al jefe de prensa del candidato a presidente. Un tipo acostumbrado a salirse con la suya, saco de todo los vicios y consumidor de todas las drogas en una ciudad que es como una gigantesca alcantarilla. Pero también y al mismo tiempo es un tío legal, enfrascado en una cruzada por la verdad y dispuesto a desenmascarar todo tipo de corruptelas. Por qué te fuiste, le pregunta su editor. "Los fans, Royce. Me pescaron una vez en Bank Street y quisieron robarme el bazo. Los fans y el ruido y la tele y la mierda y....Ya no podía llegar hasta la verdad" le llega a reconocer Spider.

A la ayudante que le han asignado le chuta un clinic reconcentrado en lo que se comen una hamburguesa.
"-Las únicas herramientas son nuestros ojos y nuestras cabezas. No es sólo el acto de ver con los ojos. Es entender correctamente lo que vemos.
-Ah, la vida como autopsia.
-Eso es. Destripar al mundo y olerle las entrañas, eso hacemos." 

En su primera aventura entrevista a Fred Cristo, un antiguo colega que ha pasado de manager musical a líder de los transientes (¡al cambiar de especie se cambia de perspectiva y de necesidades! clama Fred Cristo) que amenaza con la secesión del distrito Los Angeles 8.  Barricadas en los barrios, gente nuevamente engañada por el mesías de turno y el mesías utilizado por oscuros intereses. Pero ahí está Spider.

El guionista Warren Ellis es un transgresor. En sus guiones no le hace ascos ni a la violencia ni al sexo, ni a la política ni a la religión, ni al poder de los medios, ni a las drogas. Seguro que observa a su (nuestro) alrededor y añadiendo un poco de colorido y mucho más vitriolo nos lo retrata al límite. Las columnas de Spider servirán de pie de foto, como por ejemplo describiendo la carga policial contra los manifestantes. (¡Dios mío qué actual! Cuando el gobierno de España quiere considerar delincuentes a todos los manifestantes):
"Es una demostración de fuerza. ¿cómo se atreven a ignorar
la autoridad de Centro Cívico? ¿Como se atreven esos monstruos
a pensar por sí mismos?
Veo a un transiente claramente desarmado, con media cara colgando
y tres polis pegádole patadas.
Uno de ellos se está acariciando el miembro erecto.
Lo siento. ¿Es una observación demasiado dura para vosotros?
¿Se parece demasiado a la verdad?
Que os jodan.
Si a alguien en esta ciudad de mierda le importara
una polla de perro muerto la verdad, esto no ocurriría.
No vería a una mujer transiente con sangre en la cara
acurrucada en el portal de un sex-shop, agarrándose la barriga.
Nadie tendría los ojos ensangrentados por los sprays de incapcidad
o las nervo-bombas que la poli lanza por Cranberry.
                                             ...
¿Os gusta esto? ¿Os gusta cómo describo la mierda
que les pasa a gente con la que os cruzásteis
por la calle la semana pasada? Bien.
Os lo merecéis. Por vuestro silencio.
Veréis, las cosas son así: Centro Cívico y los polis
hacen lo que les sale de los huevos, y vosotros os quedáis sentaditos.
Vuestro jefe hace lo que quiere,
el capullo del peaje, el gorila del bar,
los seguratas que os cachean al entrar en la clínica,
los periódicos y teleprensas que os mienten porque sí,
hacen lo que quieren. ¿Y vosotros qué hacéis?
Pagarles.
Este "disturbio", esta tormenta de mierda que cae
sobre un puñado de fetichistas ingenuos y orgullosos;
pagásteis por ello. Tragáoslo.
Debe gustaros que os mienta gente con una autoridad
que jamás se ha ganado."
Spider echando a los mercaderes del templo

Uff. Y luego dicen que la ciencia ficción es evasión. Como el propio Ellis o H.G. Wells, como Orwell o Vonnegut, o más recientemente Neill Blomkamp, yo creo que el futuro puede ser una gran metáfora para explorar el presente. 

El primer arco argumental es la presentación de nuestro héroe y los disturbios del distrito 8. El segundo abarca su cruzada contra las religiones. El tercero es "el volcado" de una persona en un disco duro y el trauma de los revivos (postcriogénesis) que, al asomarse a este mundo acelerado y disoluto, entran en shock.

Estas son algunas historias y columnas de Spider Jerusalem que se complementan con las posteriores de El año del Bastardo y La nueva Escoria, centradas en las elecciones presidenciales. Periodismo y realidad, ese es el vértice de la obra... Una realidad que aunque trasladada al futuro, delirante y deformada, se muestra terca con vicios que son presente: corrupción política, transgénicos, drogas, manipulación, exclusión social, tv embrutecedora... La codicia y el crimen campan a sus anchas en la ciudad. Los políticos nos esconden para qué son elegidos.


Todo eso convierte a Spider en un indignado (otra invasión del presente): "A las cuatro he decidido no suicidarme. En vez de eso, mataré al mundo entero." El arma que utiliza es su columna periodística (aunque también usa de vez en cuando un transfornador intestinal que provoca vómitos y diarrea).

La serie nació en el sello Helix y a partir del número 13 pasó a Vértigo. Esos 12 primeros números definen al detalle el mundo, el personaje y el tono de la historia. A partir del ahí se abre una nueva época con la saga titulada El año del Bastardo (The year of the Bastard) dividida en seis partes. Esta saga está centrada en la campaña electoral para presidente y en ella, Ellis vuelca sus calderas hirvientes de crítica social y descarnada visión. En estos números nos presenta a La Nueva Escoria: los desheredados, los expulsados del sistema. Spider se convertirá en su voz, porque debajo de la carcasa de odio y violencia, él ama a la Humanidad.
Aunque no resulta una voz complaciente.

"Quieres saber qué es votar. 
Te voy a decir qué es votar.
Imagina que estás encerrado en un enorme
club subterráneo lleno de pecadores, putas, gente rara
y cosas innombrables que violan rottweilers para divertirse.
Y no podéis salir hasta que todos votéis qué haréis esta noche.
Tú quieres sentarte y ver "Reserva del partido republicano" (un reality) en la tele. 
Ellos quieren practicar el sexo con personas normales 
usando cuchillos, pistolas y órganos sexuales que tú ignorabas que existían. 
Así que tú votas por la tele y todos los demás 
hasta donde te alcanza la vista vota por joderte a navajazos.
Eso es votar.
De nada."

El perro policía Stomponato que odia a muerte a Spider Jerusalem
Las portadas y contraportadas son geniales y contundentes. Texto y viñetas van a la par, la acción inunda las páginas, pero también las sentencias y la reflexión crítica. Hay páginas espectaculares ocupadas por una sola viñeta que incluso puede estar apaisada y que transmite un mensaje rotundo y concluyente: la de Spider orinando sobre la ciudad, la que nos presenta al presidente ("La bestia") en pantuflas, o  la de un miembro de los pro-vida entrando en su sede armado y temiendo un atentado proabortista.

Los detalles y profundidad de este mundo imaginado por Ellis y dibujado por Darick Robertson son incontables tanto en la definición de los personajes (las dos ayudantes de Spider, los dos candidatos a presidente o el machacadísimo perro policía Stomponato) como en los objetos (productos de belleza, comida, los cigarrillos de Spider que se llaman Carcinoma Angels o la tecnología) y en los entornos, véanse esas calles sobrecargadas y purulentas.


Todo se entrelaza para sumergirnos en un mundo febril. En los pinceles de Robertson quizás haya un exceso de colorido para ser ciencia ficción y caústica, pero su trazo es poderoso y contundente.

Pulula por las páginas un disco amarillo y sonriente como el de Watchmen, sólo que este tiene tres ojitos. Según Fred Cristo simboliza el recordatorio de que toda la gente es escoria. 

En 1997, Warren Ellis dejó de lado las medias y los superpoderes que servía a Marvel para escribir algo muy diferente y más salvaje. Este Transmetropolitan trenzado con elementos ciberpunks que nos remite a obras eminentes como Snow Crash, La naranja mecánica y Blade Runner. Pero sobre todo invoca y homenajea al periodismo gonzo de Hunter S. Thompson, un periodista que no creía en la objetividad y sí en experimentar cada historia en sus propias carnes. Se puede apreciar el mimetismo de Spider con el autor tanto en lo físico (calvicie, gafas, cigarrillo) como, sobretodo, en su actitud y pasión.

El periodista gonzo  -Hunter S. Thompson-
Thompson cabalgó con Los Angeles del Infierno durante meses, documentando sus orgías, robos y borracheras a lomos de sus Harley-Davidson mientras escribía el libro que lo lanzaría al estrellato. Este periodismo extremo se pudo leer durante décadas en las páginas de la revista ‘Rolling Stone’. El outsider que juzgaba a la sociedad de forma tan descarnada decidió suicidarse a principios de 2005.

En total, la serie de Transmetropolitan consta de 60 números con un par de bonus que editó el sello Vértigo una vez la serie concluyó. En los 10 primeros está la historia principal y en ellos se encuentra la raíz, el tono y la acidez que permeará el resto. Existe un volumen 0 -extremadamente raro de encontrar- dedicado a los dos números especiales de la serie. Lleva por nombre Tales of Human Waste

Un completísimo artículo con la historia editorial de la serie, la inspiración de los personajes y un análisis estilístico y técnico muy detallado lo encontraréis en zona negativa.

lunes, 26 de mayo de 2014

La CULPA - de David Victori

-The Guilt-   España, 2012


En este poderoso corto un hombre allana un piso. Allí vive el que mató a su mujer simplemente por robarle. Pistola en mano y con paso furtivo accede al salón. Sorprende a su enemigo. Ejecuta su venganza. Huye del piso, un Quinto 1ª. Corre escaleras abajo ausente. Cuando vuelve a la consciencia observa que por mucho que descienda siempre desemboca en el mismo rellano, frente al Quinto primera.

El corto fue el ganador del  Your Film Festival organizado por Youtube. Los cortos finalistas fueron proyectados en el Festival de Venecia de 2012. El premio consistió en un cheque de 500.000 $ para rodar su primera película con la ayuda de Ridley Scott y Michael Fassbender.



Observo que en muchos comentarios se habla de venganza, mientras que en el título reza La Culpa. Es verdad que el marido acude a vengar a su mujer; pero la venganza concluye con la muerte del asesino. Esta historia va más allá. La venganza es un relámpago que te deja insatisfecho y hueco. Cualquier descerebrado puede ejecutarla. En cambio la culpa es algo más persistente y denso. La culpa se gestiona desde el dolor.

El círculo fue siempre una figura geométrica y narrativa tan simple como enigmática. En este cortometraje abunda su curvada línea y no sólo porque el film sea redondo y la historia circular, que también. Sino porque físicamente el vengador es incapaz de romper el círculo al que le condenan las escaleras y porque moralmente la venganza es un círculo vicioso. Finalmente está la imagen poderosa de la caja de escaleras: un círculo roto que se convierte en espiral. 

Con una gran fotografía y un montaje milimétrico el corto va atajando nuestro plan de huida: Primero la aparición del niño, luego la vorágine cerrada de escaleras que indefectiblemente conducen al Quinto primera. Y finalmente la fuga hacia el piso de enfrente, el Quinto segunda (apellido que no parece muy inocente dado que abre una nueva dimensión, un laberinto espacio-temporal donde se ofrece redimir la culpa).
A la postre el vengador romperá el círculo mientras el asesino inicia el suyo. En el cierre a negro aún siguen resonando sus pisadas.
Un cortometraje concebido y realizado con indudable talento.

domingo, 25 de mayo de 2014

REDENCIÓN - de Steven Knight

-Hummingbird-
Reino Unido, 2013








Casi de rebote me encuentro en la sala viendo esta Redención, sin expectativas ni prejuicios. Hace años que dejé a Stathan en su círculo repetitivo de películas de acción, ¡Qué tiempos los de Lock and Stock o Snatch, Cerdos y Diamantes!. Aunque el trailer pretende darte lo que se espera de un tipo como él, buenas dosis de mamporros y acción; para alivio mío, la película es otra cosa. 

Un ex-soldado de las Fuerzas Especiales (Joey Jones), torturado por su pasado, vagabundea por las calles de Londres. Tiene una compañera con la que se cobija en los callejones y conoce a una monja de origen polaco (Agata Buzek) que reparte sopa caliente entre los indigentes. Unos matones les golpean y roban una noche y se llevan a su compañera. Hay demasiadas mafias en las calles, la china y la rusa, pero Joey se remendará las heridas para intentar rescatar a la chica y buscar así su redención. Le ayudará la monja que también busca la redención de un crimen pasado.

La propuesta es original. Una monja (Christina) y un soldado (Joey) en el submundo de Londres. El problema es que los dos personajes están dibujados superficialmente. Ella cometió un crimen para huir de las violaciones que sufría en el equipo de gimnasia. Él se vengó en inocentes tras una reyerta en Afganistán. Pero ahora volverá a ser de nuevo implacable. Para moverse con libertad ingresa en la nómina de la mafia china. Con él asistimos con estupor al mecanismo del tráfico de personas en pleno siglo XXI y en el corazón de Europa.


Steven Knight debuta como director después de una interesante carrera como guionista. Ya nos había guiado por el tráfico de personas y las calles menos glamurosas de Londres tanto en la atractiva  Negocios ocultos  (de Stephen Frears) como en la magistral Promesas del este (de David Cronenberg).

La película es un thriller con las hechuras de un drama.  En el plazo de un verano tanto Joey como Christina deberán reorganizar sus vidas. Fatalmente el 1 de octubre todo se desencadenará. Pese a esta arquitectura fatídica, se hecha en falta una mayor ambición tanto a la hora de trazar el halo trágico del personaje, como en el mezcla de los ingredientes que maneja. Traumas de guerra, violaciones de niños, trata de personas y mafias: todos ellos ilustran la  intriga pero sin mayor trascendencia.  Aún así la trama se sigue con interés y además, las imágenes de Londres que nos presenta el excelente director de fotografía Chris Menges son de lo más sugerente (con el regalo añadido de una exposición de fotografías de Robert Mapplethorpe). A través de ellas nos vemos inmersos en eso que le dice Joey al depravado de turno en una terraza de la city: "yo vengo de ahí abajo".

El título original, Hummingbird (colibrí), tiene que ver con las pesadillas que sufre Joey. Cuando le asaltan sus tormentos la habitación tiende a llenarse de colibríes azules. No es la única imagen expresiva de la película. En otra vemos a Joey dentro de un trailer-contenedor, entre dos torres de cajas de embalaje. De cada caja asoma un brazo. También es muy significativo que la textura de las imágenes de los drones en Afganistán coincidan con las de vigilancia que persiguen a Joey por las calles de Londres. 

jueves, 22 de mayo de 2014

CARTAS de GUERRA - de Jacques Vaché













Jaques Vaché (1895-1919) fue un escritor sin obra y sin embargo pieza fundamental en el surgimiento del surrealismo. Joven, culto y rebelde se dejó morir por una sobredosis de opio con tan solo 23 años. Un puñado de cartas iconoclastas escritas desde el frente lo redimieron definitivamente del olvido.

Supongo que cada lector llegará a Vaché por un camino secreto. Roberto Bolaño solía acusar al establishment de ignorancia gritando “¡No han leído a Jacques Vaché…!”.  Algunos lo habrán encontrado en el epígrafe de Rayuela: “Nada mata a un hombre tanto como estar obligado a representar a un país”, que apuntaba tratarse de una carta de Vaché a André Breton. Para otros, más recientemente, su primer contacto será a través de Vila-Matas, confeso epígono, que lo suele traer a colación en artículos, prólogos y obras como Bartleby y Compañía o El Mal de Montano.


Será precisamente André Breton quien preservará su memoria reuniendo y publicando sus Cartas de Guerra. Lo había conocido en 1916 en el Centro de Neurología de Nantes. Breton trabajaba allí como internista cuando Vaché fue ingresado por una herida en la pierna durante la guerra. El convaleciente se dedicaba a elaborar extrañas tarjetas postales para las que inventaba unas leyendas insólitas. A Breton le sorprendió la original personalidad de Vaché, excéntrica y turbadora. Paseaba por Nantes disfrazado de teniente, aviador o médico inventando historias y fingiendo personajes. Su más formidable performance se produjo al irrumpir, con uniforme y pistola en mano, en plena representación de una obra de Guillaume Apollinaire (Les Mamelles de Tiresias). Amenazaba con disparar al público en protesta por lo "excesivamente literario" de la pieza. Para Breton, aquel acto rebelde de Vaché, representaría la acción surrealista por excelencia.

En mayo de 1916, el ejército francés lo había movilizado como intérprete para las tropas británicas. Así lo comunica a su amigo: "Cher ami, J’ai disparu de la circulation nantaise brusquement et m’en excuse —Mais M. le Ministère de la Guerre (comme ils disent)— a trouvé indispensable ma présence au front dans un délai très bref… et j’ai dû m’executer."

Desde el frente Vaché escribirá a sus amigos. Diez cartas a Breton, cuatro a Théodore Frankel y una a Louis Aragon. En cada misiva Vaché desmonta la guerra y el dolor. Afronta su vida como algo grotesco y carente de lógica. Su respuesta es el sarcasmo, el humor negro. No en balde en el primer manifiesto surrealista Breton dice: “Quiero que la gente calle tan pronto deje de sentir“. Vaché declara su deseo de acabar con la visión idealizada de todo concepto establecido, incluidos el arte y la literatura.

Augusto Munaro en la Revista Corazón Literario se pregunta:
"¿Qué atesoran dichas cartas? Para muchos, el pulso descarnado de la libertad en su estado puro: los borradores de lo que serían, históricamente, los primeros textos surrealistas jamás escritos.
(...)
Fue él quien acuñó antes que ningún otro, el “espíritu nuevo”. Vaché, quien esbozó una suerte de método hasta entonces insólito: la escritura automática. Un proceso escriturario asociado al juego rebelde de las imágenes en relación al pulso intimista del inconsciente. Cartas de Guerra, lo demuestra cabalmente. Su pensamiento descentrado, caótico –casi siempre “fuera de foco”, como él mimo recrimina-, pero altamente inventivo, se irradia en el hilo narrativo delirante de estas cartas. Textos escritos desde las trincheras francesas, mientras prestaba servicio -en calidad de intérprete- a las tropas británicas. Veamos: “Vivo en un hueco perdido entre restos de árboles calcinados y, periódicamente, una especie de obús se arrastra, parabólico, y tose”. Y aún algo más: “Me hubiera gustado responder a su lejana misiva con una visita -le confiesa a su querido amigo Breton-; pero, naturalmente, usted aprovecha para irse – Estoy casi siempre en la cárcel por ahora, hace, durante el verano, más fresco – Tengo a pesar de esto muchos asesinatos divertidos que contarle – Pero bueno… (…) Espero que este documento le llegue mientras siga usted con vida, y mientras esté seguramente harto ocupado cortando miembros con una sierra, según la tradición, y armado con un pálido delantal en el cual se imprime una mano aceitada con sangre fresca”. Y por fin: “Saldré de la guerra dulcemente atontado, es muy posible, al estilo de esos espléndidos idiotas de pueblo (y así lo deseo)… o sino… o sino… ¡vaya película en la que actuaré! – ¡Con automóviles locos, usted los conoce bien, puentes que ceden, y manos mayúsculas que gatean en la pantalla acercándose a algún documento!”. Hay agudeza fantasiosa, ternura –inclusive- un ingenio expansivo, tan melancólico, como alegre. ¿Cómo no habrían de sentirse en su salsa Breton, Tzara, Péret, Soupault o Aragon? ¡Aquella insólita y sublime sintaxis! Nada tan misterioso como ese manejo maestro de la elipsis, que articula y potencia cada frase desacralizadora, posibilitando un lenguaje tan hermético como hipnótico. Pulsión rupturista que quiebra una idea para fundar otra, completamente inesperada, deseando por sobre todas las cosas restablecer la curiosidad y el asombro. Pues bien, esa respiración ácrata que destila su estilo, difícilmente explicable con el lenguaje convencional, asentó las bases de toda la escritura surrealista posterior, desde la fulgurante Una ola de sueños (Louis Aragon, 1924) y Pez soluble (Breton, 1924), hasta la no menos poética ¡La libertad o el amor! (Robert Desnos, 1930), entre tantas otras. No en balde Cartas de guerra, auténtica joya augural, aún continúa deslumbrando."

Vaché defiende la supremacía del ego sobre lo social, de la simulación sobre la realidad, un estado de insumisión que Breton denomina "la deserción al interior de uno mismo". "¡Cómo te envidio por poder estar en París y poder engañar a gentes que valen la pena!", le escribió a Breton.

El 6 de enero de 1919, con veintitrés años de edad, Jacques Vaché y su amigo Paul Bonnet fueron encontrados muertos en una habitación de la segunda planta del Hôtel de France. Un tercer amigo llamado A. K. Woynow, soldado del servicio de Intendencia americano, se despertó y pidió ayuda. Los jóvenes aún agonizaban cuando llegó el médico. La investigación posterior confirmó las muertes por una fuerte dosis de opio. Más tarde, en 1927, el poeta Marc Adolphe Guégan, confesó haber recibido una declaración llegada de alguien de confianza. Sólo unas horas antes de la sobredosis Jacques había dicho: "Moriré cuando quiera morir... Pero entonces moriré con alguien. Morir solo, es demasiado aburrido... Y preferentemente con alguno de mis mejores amigos".


Reproduzco a continuación los últimos párrafos de la Introducción que André Bretón escribió a las Cartas de Guerra de J. Vaché y un par de ellas.

Jacques Vaché
"El célebre bautismo de fuego encaja en la noche de las supersticiones adorables en las que figuran para mí esos dos peces atados con una cuerda. En ella te abandono. Frutos maduran en el árbol dentro del follaje negro. No sé si están trillando o si hay que buscar una colmena ahí al lado. Pienso en una boda judía. Un interior holandés es lo más lejano. Te veo, Jacques, como un pastor de las Landas: llevas gruesos zuecos de creta. El celemín de sentimientos no está caro este año. Desde luego, algo hay que hacer para vivir y el bonito relevo al capote manchado es una vaca lechera en la niebla. Merecías algo mejor, el presidio, por ejemplo. Pensaba encontrarte en él y no estaría viendo el primer episodio de La Nouvelle Aurore, -mi querido Palas. Perdón. ¡Ah! Los dos hemos muerto.
Es verdad que el mundo consigue bloquear todas las máquinas infernales. ¿No hay tiempo perdido? Tiempo, queremos decir las botas de siete leguas. Las cajas de acuarelas se deterioran. Las dieciséis primaveras de William R. G. Eddie... guardemos eso para nosotros.

Conocí a un hombre más bello que una flauta. Escribía cartas tan serias como los galos. Estamos en el siglo XX (de la era cristiana) y los pistones salen bajo los tacones de niño. Hay flores que se abren especialmente para los artículos necrológicos en los tinteros. Aquel hombre fue mi amigo."





*   *   *   * 

Al señor André Breton.

X. 5 de julio de 1916.

Querido amigo.

He desaparecido de la circulación nantesa bruscamente y por ello me excuso -- Pero al Señor Ministerio de la Guerra (como dicen) -- le ha parecido indispensable mi presencia en el frente en un plazo muy breve... Y he debido obedecer.
Estoy destinado en calidad de Intérprete para las tropas británicas. -- Situación bastante aceptable en esta época de guerra, dado que me tratan como a un oficial -- caballo, equipajes variados y ordenanza -- Empiezo a oler a británico (la laca, el té y el tabaco rubio).
Pero de todos modos, de todos modos, ¡qué vida! No tengo (naturalmente) nadie con quien hablar, ni libros que leer, ni tiempo para pintar -- En suma temiblemente aislado -- I say, Mr. The Interpreter -- Will you... Perdón, ¿el camino para? Have a cigar, sir? -- Tren de avituallamiento, habitantes, alcalde y boleto de alojamiento -- Un obús que afirma y lluvia, la lluvia, la lluvia, lluvia -- lluvia -- lluvia -- doscientos camiones en fila, en fila -- en fila...

En resumen, vuelvo a ser presa del temible aburrimiento (véase más arriba) de las cosas sin interés alguno -- Para divertirme -- Imagino -- Los ingleses son en realidad alemanes, y estoy en el frente con ellos, y por ellos -- Fumo con toda seguridad un poco de «hierba», este oficial «al servicio de Su Majestad» va a transformarse en un andrógino alado y a bailar la danza del vampiro -- escupiendo té con leche -- Y después me voy a despertar en una cama conocida y voy a ir a descargar barcos -- tú a mi lado -- blandiendo la varita eléctrica.

¡Oh! ya basta -- ¡ya basta!, es demasiado incluso -- un traje negro, un pantalón con raya, charoles correctos - París -- telas a rayas -- pijamas y libros sin cortar -- ¿dónde vamos a sentarnos?... nostálgicas cosas muertas con la anteguerra -- Y después -- después ¿qué? Nos reiremos, ¿verdad?

«... Iremos hacia la ciudad...»
«Tu alma es un paisaje escogido»
«Su abrigo de color pardo solía deformarse en los bolsillos...»
«Con el corazón contento, subí...»

El atardecer de un fauno y Cesarea... Elvira con los ojos bajos y la hermana de Narciso desnuda.
¡Oh! ¡ya basta! ¡ya basta!, es demasiado incluso.
Sidney, Melbourne -- Viena -- New York y regreso -- Hall de Hotel -- trasatlántico barnizado, resguardo del equipaje, Gerente de Hotel -- Vividores - y Regreso.

Me aburro, querido amigo -- ¿sabes? -- pero te aburro a ti también y después de pensarlo acabo aquí.
Recuerda que tengo (y te lo ruego que lo aceptes) una buena amistad contigo - que por lo demás mataré -- (sin escrúpulos quizás) -- después de haberte desvalijado indebidamente de probabilidades inciertas...

Te pido ahora seriamente que me escribas...

M. Vaché -- intérprete --

H. Q. 517th Div. Tren A.S.C. B.E.F.

Saludo al pueblo polaco de acuerdo con los ritos y te envío el mejor recuerdo de

J. T. H.

P.S.: Releo mi carta, y la encuentro -- en definitiva -- incoherente -- y muy mal escrita .. Me excuso educadamente.
Y para que conste.

J. T. H.


domingo, 18 de mayo de 2014

EL GRAN HOTEL BUDAPEST - de Wes Anderson













El gran hotel Budapest es una comedia del tipo slapstick (bufonada con porrazos) que se desarrolla en un lujoso hotel de la ficticia y europea república de Zubrowka, en la década de los años 30.

En aquella época el legendario hotel vivía al ritmo que marcaba su no menos legendario jefe de conserjes Monsieur Gustave H. (Ralph Fiennes). El trato exquisito y personalísimo a sus adineradas huéspedes incluía hasta los más íntimos servicios. El punto de inflexión surge cuando una de ellas muere dejándole en herencia un valioso cuadro, Joven con manzana, de Johannes Van Hoytl (una no menos legendaria obra de un no menos ficticio pintor holandés del siglo XVII). Esto desatará toda una serie de intrigas y persecuciones por parte de los descendientes que, dispuestos a todo con tal de recuperar el cuadro, llegarán a acusar a Monsieur Gustave de asesinar a la anciana ricachona.

La película es una explosión de imaginación, humor negro, excentricidad y desenfreno. El relato se despliega como una sucesión de cajas chinas con persecuciones, tiroteos y fugas a cual más extravagante y divertida; lo que unido a una contundente propuesta visual de exuberante colorido y a un ritmo incontenible, nos rinde una gran película. Quizás las más reconocible de Anderson para el gran público.


La historia se beneficia además de una nutridísima galería de personajes a cual más estrafalario que le dan un toque tan estrambótico como delicioso: El malo malísimo, los nazis de opereta, la niña inocente, el joven aprendiz de brujo...El tono resulta a la vez cándido y pícaro, absurdo y vitalista. Las trazas de thriller se endulzan con las de gran comedia y todo el film se convierte en la evocación de unos tiempos gloriosos que nunca volverán.

La historia comienza en 1985, cuando un escritor (Tom Wilkinson) nos cuenta que en su juventud se alojó en este Hotel. Aquel joven autor (Jude Law) comparece en un establecimiento en decadencia donde conoce al propietario, Zero Moustafa (F. Murray Abraham). Será éste quien nos relate aquella época de esplendor, cuando era un simple muchacho que se iniciaba como botones a las órdenes del ínclito Monsieur Gustave. Con su picardía y circunspección se ganará la amistad de su mentor, del que se convertirá en fiel escudero. Ambos compartirán aquellos días de gloria.

La cinta intenta capturar el espacio y el tiempo de las novelas de Stefan Zweig, el escritor austríaco que narró como nadie, y de forma bien lúcida, esa atmósfera de belleza y estilo que iluminó el  ocaso de la vieja Europa.

Wes Anderson rinde un pequeño homenaje a este novelista y ensayista que huyó de Europa ante el auge del nazismo y que, después de vivir en París, Londres y EEUU, acabó suicidándose en Petrópolis creyendo que el nazismo se extendería por todo el planeta. El director ha declarado que primero leyó La impaciencia del corazón y posteriormente su autobiografía, El mundo de ayer, donde descubrió un minucioso retrato de la cultura europea en esa época de entreguerras.

La historia es un gran flashback que abunda en el tono melancólico por un tiempo pasado de riqueza y glamour. Tiene un inconfundible aire de fábula o cuento desenfrenado y juguetón. Sin moraleja. Sus planos son estilizados y pictóricos. Fascinan por su enorme artificialidad. Cada personaje y hasta cada espacio tiene su propio color. La película luce como la preciosa cajita de pasteles Mendel´s con que juega su trama.


Anderson es fiel a sí mismo como pocos cineastas. Sus mundos y su estilo son absolutamente personales. Colorista y juguetón nunca resulta simple o superficial. Ha puesto en pie una película muy compleja con un grado de detalle asombroso: los innumerables personajes, los trajes (los de Mme. D. inspirados en cuadros de Klimt), los pastelitos, el perfume L´air de Panache, el cuadro robado, las maquetas, etc. Todo es característico. Su modo de afrontar el proyecto queda reflejado en la anécdota que contó Willen Dafoe: "Nada más empezar me enseñó un storyboard animado de toda la película en el que él mismo hacía las voces de todos los personajes".

El elenco de actores es brillantísimo e interminable. Ralph Fiennes luce una desconocida vis cómica, Tony Revolori y Saoirse Ronan nos regalan una tierna (y muy dulce) historia de amor, Willen Dafoe es un malvado rotundo, Harvey Keitel participa en la más intrépida fuga y Bill Murray nos inicia en la secreta Sociedad de las Llaves Cruzadas.
Toda una invitación. 

P.D.
El universo creado por Wes Anderson afecta al más mínimo detalle: fachadas, anillos, tarjetas, maletas, trajes o cuadros. El perfume L´air de Panache, sello de identidad de Monsieur Gustave, su toque de distinción y conquista; fue creado por el propio director en colaboración con la casa de colonias francesa, nose. Contiene rosas, jazmín, hierba y, por supuesto, un toque de… manzana verde, que alude precisamente al cuadro que moviliza la trama. (El perfume no se vende, pero estará expuesto en nose mientras la película esté en cartel).


El entorno aristocrático y de tonos pastel lo encontró el director en Görlitz, una pequeña ciudad ciudad alemana situada muy cerca de la frontera con Polonia y Patrimonio de la Humanidad (en el recuadro) y la hermosa ciudad termal Karlovy Vary (foto grande) en la región de Bohemia de la República Checa.

jueves, 15 de mayo de 2014

El PLANTADOR de TABACO - de John Barth



Ninguna InCitación mejor para esta obra que el Prólogo escrito por su traductor, Eduardo Lago.








El Mar de Todas las Historias.-


     "Cuenta John Barth que cuando tenía 12 años soñaba con que algún día llegaría a ser un gran escritor francés. No está del todo claro qué quería decir con eso, aunque resulta de lo más intrigante. Es posible que tuviera en mente a Rabelais, maestro supremo de la sátira burlesca, una de las vetas más prominentes en El plantador de tabaco, obra cumbre de la producción del autor. O puede que estuviera pensando en llevar a cabo un antiguo proyecto de Flaubert, quien durante años le estuvo dando vueltas a la idea de escribir una gran novela que careciera por completo de tema, es decir, a entronizar a la escritura por la escritura, prescindiendo de todo lo demás. (...)
     La literatura y el mar. El arte de navegar y el de contar historias. Ésas son las coordenadas alrededor de las que gravitaría su trayectoria como escritor. En la universidad de Johns Hopkins, el joven Barth tuvo la inmensa fortuna de estudiar con Pedro Salinas, bajo cuya dirección leyó el Quijote. El poeta español dejaría una honda huella en el futuro novelista, no tanto porque los vericuetos narrativos por los que se ramifica sin cesar el discurso cervantino tendrían su contrapartida en las infinitas digresiones características de la prosa barthiana, sino, sobre todo, porque la presencia de alguien como Salinas supuso para el estudiante norteamericano la prueba viviente de que valía la pena consagrar la vida a la literatura. A partir de entonces, los límites entre los dos dominios, el de la vida y el de la literatura, no estuvieron nunca demasiado claros. 
     De sus años en la universidad de Johns Hopkins, Barth afirmó que más que del magisterio vivo de sus profesores, se benefició de la lectura de ciertos textos ancestrales con los que se tropezó de manera fortuita mientras trabajaba archivando manuscritos en la biblioteca del departamento de estudios orientales de la universidad. Sobre todo, ejercieron una gran influencia sobre él los cuentos y anécdotas de la Gesta Romanorum, texto latino compuesto entre finales del siglo XIII y principios del XIV, los diecisiete volúmenes que integran El mar de historias, recopilación de cuentos sánscritos del siglo X, así como diversas obras de Virgilio, los cuentos de Boccaccio y, por encima de todo ello, la traducción de Las mil y una noches realizada por sir Richard Burton a finales del siglo XIX.

     Primera coordenada: el arte de contar historias. Barth solía hablar del terror de Dunzayade, testigo de la lucha que su hermana mayor, Sherezade, entablaba cada noche con la muerte, a la que no podía enfrentarse más que con las armas de la fantasía. Sherezade pasó a ser la musa protectora del escritor. Presencia constante en todas las fases por las que atravesó su obra, la narradora, arquetipo por excelencia del arte de contar historias, jamás estaría demasiado lejos de lo que siglos después hizo su pupilo a lo largo de su dilatada trayectoria. 
     Segunda coordenada: la presencia benéfica del mar, del que el escritor tampoco se alejaría nunca demasiado, un mar doble: el real, cuyos confines delimitan la orillas de la bahía de Chesapeake (cuyas aguas surcó siempre con sumo júbilo y placer el escritor a bordo de una pequeña embarcación de recreo), pero también y sobre todo, el mar metafórico de la literatura, que alberga en su seno el caudal de todas las ficciones que ha sido, es y será capaz de concebir la imaginación humana. El mar de todas las historias. 
   
En lo que supone un gesto cargado de sentido, Barth no repara en el terror primario que se apodera de Sherezade, sino en el que experimenta de manera vicaria su hermana menor, Dunzayade. ¿Qué quiere decir esto? Que le interesa sobre todo lo que te ocurre a ti, lectora o lector. El papel de Dunzayade no es otro que ser testigo de los avatares del relato, la contrafigura que contempla el destino que aguarda a los protagonistas de la historia, aunque con Barth, en realidad, el verdadero protagonista no es Sherezade, como tampoco lo somos Dunzayade, tú y yo, lectora o lector. Con Barth, el verdadero protagonista, el único que puede haber jamás, no es otro que la historia misma. El terror que compartimos con Dunzayade nos sitúa en un plano que hace iguales al silencio y a la muerte. En la poética de John Barth ocupa un lugar central la idea, repetida por el autor hasta el cansancio a lo largo de los años, de que dejar de narrar equivale a morir. Como tabla de salvación contamos con la literatura, por supuesto; frente al terror, el placer de contar una historia, de escucharla, de sumergirse a ciegas en ella. Así las cosas, la pregunta que procede formularse es: ¿a quién representa el sultán Sharyar, señor y verdugo de la contadora de historias? Conmino a quien leyere a que responda. Por lo que al texto se refiere, su función en él es consumar la ejecución de Sherezade no bien ésta termine de referir su historia. Sólo que esto no llegará a ocurrir. El sultán postergará la condena en mil y una ocasiones, y al final, vencido por la belleza de las fábulas que escucha, asistimos a un desenlace feliz. Cabe resumir todo lo anterior en una frase que encierra una verdad inexorable: la literatura no es más que el intento por derrotar a la muerte. 
     Volvamos por un momento al arte de navegar. Si todos los cuentos y novelas que integran el repertorio esencial de la imaginación universal yacen en el fondo del mar, la única metáfora posible para el escritor es la del marinero. El escritor es un pescador de historias, un navegante que surca el piélago incierto que es la noche, paréntesis durante el cual las narraciones, imitando a los humanos que las refieren o, en su caso, escuchan, flotan suspendidas en una dimensión impermeable a la realidad. Se encierra aquí, de manera vertiginosa, el misterio más hondo de la creación literaria: el temor con que el escritor se adentra en los dominios del sueño, pues nada le garantiza que, al despertar, la historia que dejó a medio terminar siga allí, como el dinosaurio de Monterroso. 
     Un paseo por los títulos de Barth arroja como resultado el vislumbre de una prodigiosa arquitectura marina. En Quimera hay un templo que tiene la forma de un Nautilus gigantesco al que se van agregando cámaras o estancias a medida que avanza la historia. En una de las transfiguraciones esenciales de su mundo narrativo, Barth invoca al arquetipo del héroe del mar (Ulises, conocido también por los nombres de Odiseo o Nemo, vocablos griego y latino, respectivamente, que significan nadie), y le confiere el don de convertirse en su contrafigura, es decir, le devuelve el nombre y, con él, la posibilidad de tener una existencia propia, una identidad anclada en lo real. En una novela escrita por Barth en 1991 el capitán del Nautilus deja de llamarse Nadie para convertirse en Alguien: The Last Voyage of Somebody the Sailor, reza en inglés el título de la novela. Ese alguien no es más que un avatar del viejo Simbad, cuya singladura se perpetúa en un viaje final al fondo del océano donde dormitan todas las historias. En cuanto a éstas, veamos lo que ocurre con ellas en el mar de títulos que es la obra de John Barth. 

     El autor de Maryland se inicia en las lides de la escritura en un momento crucial de la historia de la novela norteamericana. La tradición narrativa de aquel país había tenido un arranque formidable a mediados del siglo XIX, con dos narraciones que tienen como trasfondo el mar: La narración de Arthur Gordon Pym (1838), de Edgar Allan Poe, padre a su vez del cuento norteamericano, y Moby Dick (1851), de Herman Melville. Una centuria después, la novela americana se encuentra en una singular encrucijada. Barth explicó bien lo que estaba sucediendo en un ensayo publicado en la revista Atlantic, en 1967, que lleva el título apocalíptico de La literatura del agotamiento, y que no es otra cosa que un manifiesto del llamado (con no mucha fortuna) postmodernismo, una manera de narrar que, si es preciso resumirla en una idea, consiste en expresar una marcada preocupación por la vida interior de las historias: lo que importa no es tanto, o tan sólo, lo que se cuenta, es sobre todo cómo se cuenta. El artículo tuvo una gran repercusión por razones equivocadas. La gente creyó que Barth hablaba del agotamiento de la literatura, cuando lo único que decía era que la novela, el más joven de los géneros literarios y el que más cargado estaba (y sigue estando) de futuro, había quemado una etapa: la del alto modernismo. Joyce y tras él Beckett, y después de ellos Nabokov, uno de los pioneros del nuevo movimiento, habían llevado las cosas a un punto sin retorno. Se trataba ahora de ver por dónde era posible seguir. En el fondo no se trataba más que de llevar a cabo un relevo estilístico y generacional, anteponiendo al vocablo modernismo el prefijo post. Dos autores que circulaban por distintas carreteras habían llegado de manera totalmente fortuita al mismo motel: Vladimir Nabokov, quizá, el primer escritor propiamente postmoderno, y Jack Kerouac, cuya sensibilidad beat no se había desgajado por completo de los modos del realismo. 
(...)
    Lo importante es hacer hincapié en el hecho de que se trata de un mero paso adelante en la cronología del género novelístico: tras la modernidad, algo a lo que nadie supo poner un nombre mejor que postmodernismo (hay quien habla de metaficción, y el término es adecuado, aunque se trata de una forma de jugar con el relato que encontramos ya en Cervantes). 

*    *    * 

Toda la obra de John Barth se puede entender como una gigantesca reflexión, hecha desde el acto narrativo mismo, acerca de los resortes más ocultos capaces de poner en movimiento el mecanismo que provoca el nacimiento de una historia. La relación entre el proceso de la creación y la narración pura fluctúa en sus diferentes realizaciones. El autor inició su andadura como novelista escribiendo una trilogía dedicada a la cuestión del nihilismo, asunto que a la sazón le preocupaba porque estaba en el ambiente. Tanto La ópera flotante (1956), texto un tanto apocalíptico, como El final del camino (1958), título que se puede aplicar tanto a la situación del protagonista como a la de la historia en la que se encuentra (ninguno de los dos sabe cómo seguir), son novelas altamente gratificantes pero menores, que no acaban de romper del todo con la estética de la era anterior. El milagro vendrá con la tercera entrega de la trilogía, El plantador de tabaco (1960), para mí, el título más logrado de toda la carrera de John Barth, y que en modo alguno relaciono ni con el nihilismo ni con ninguna categoría de signo pesimista o negativo. El plantador de tabaco es una de las celebraciones más gloriosas que conozco del arte de novelar y una de sus ejecuciones más brillantes. Más adelante volveré sobre ella. En Giles, el niño cabra (1966), Barth hace coincidir el mundo con los límites de un campus universitario. Sus experimentos sobre las peculiaridades del comportamiento de la unidad narrativa que es una historia considerada de manera aislada, se prolongan en Perdido en la casa encantada, magnífica colección de relatos publicada en 1968. En Quimera (1972) se dan cita tres novelas cortas que reformulan otros tantos mitos: el de Belerofonte, el de Dunyazade y el de Perseo. En Letters (1979), el autor convoca a personajes de sus seis libros anteriores y en Sabático (1982), vuelve sobre los motivos apocalípticos que marcaron sus comienzos como narrador, inoculando en el lector (y en los personajes) la duda acerca de qué acabará antes si el mundo o la novela en cuyo interior nos encontramos. 
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Supongo que están esperando que les diga algo acerca de El plantador de tabaco, y la verdad es que me gustaría reducir mi intervención al mínimo, más que nada porque de lo que se trata es de que se abandonen a la lectura de este texto prodigioso. 
Pertenece a la muy noble estirpe de la novelas que rondan el millar de páginas, lo cual exige un verdadero compromiso por parte del lector, y salvo que éste haya sucumbido a la enfermedad de nuestro tiempo, caracterizada por la incapacidad de pasar unas largas horas a solas con uno mismo a la vez que en conversación con una gran mente, la lectura de esta novela portentosa proporcionará a quien decida sumergirse en ella un prolongado placer: el de contemplar el despliegue fascinante de una serie interminable de historias maravillosamente bien concatenadas.

Una de las personas que mayor influencia ejerció sobre mí durante la adolescencia fue el profesor de literatura que tuve en el bachillerato. Sus alumnos lo adorábamos. Recuerdo que en una ocasión nos anunció que se disponía a leer de cabo a rabo los tres volúmenes de Las mil y una noches, una edición preciosa, encuadernada en piel, de la editorial Aguilar. Tardó un mes, durante el cual, transformado en portavoz de Sherezade, mantuvo encandilados a quienes tuvimos la fortuna de estar en su clase. Jamás olvidaré la emoción con que, más de treinta años después, di con aquella misma edición en una librería vieja del D. F. Ocurre con algunos libros cuyos títulos no voy enumerar, con la excepción tan sólo del ciclo interminable que son los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido. Digo interminable porque desde los 17 años lo primero que hago nada más cerrar el séptimo volumen es iniciar la lectura del primero y parar en algún momento, para volver al cabo de unos meses o unos años al punto en que lo dejé. De manera parecida, Faulkner regresaba al texto de el Quijote cada cierto tiempo con la intención, decía él, de ver cómo había cambiado su alma desde la última lectura. El plantador de tabaco es una novela extraordinaria, aunque no pertenece al reducidísimo número de libros de gran extensión y envergadura que hacen que el lector sienta la imperiosa necesidad de regresar a él. No alcanza la grandeza de los títulos que acabo de citar, ambos, cristalizaciones de lo más excelso que ha logrado plasmar jamás la imaginación humana, aunque tengo que decir que el viaje que efectué por el texto la única vez que transité por él es una de las experiencias más fascinantes que he tenido en mi larga vida de lector. Claro que lo hice como traductor, la forma más rigurosa de lectura que puede existir. Ahora que lo pienso, El plantador de tabaco es el libro al que más esfuerzo he dedicado jamás. Tardé cinco años en traducirlo, y aún conservo el ejemplar original, pese a que se cae a pedazos. Mientras realicé la traducción viajé a cuatro continentes. Cuando me vine a Nueva York para quedarme en esta ciudad para siempre, me lo traje conmigo. Cuando terminé el trabajo, tomé la decisión radical de no volver jamás a traducir un texto literario (en más de veinticinco años tan sólo ha habido una excepción, no diré cuál). A petición mía, mis mejores amigos se embarcaron en la lectura de mi traducción y todos me lo han agradecido, aunque siempre he detectado en ellos un amago de reproche: en el fondo nadie está muy seguro de querer dedicar tanto tiempo a una novela. Recuerdo que poco después de llegar a Nueva York empecé a dar clases en el City College, en Spanish Harlem. Un día le regalé el volumen recién editado al decano de la facultad donde me habían contratado, un hijo del exilio republicano a quien acabé profesando gran afecto. El venerable profesor miró el volumen con asombro, lo sostuvo en alto como tratando de calcular cuánto podía pesar, debió de efectuar un segundo cálculo consistente en determinar cuánto tiempo le llevaría leer aquello y, por fin, sentenció: «Esto es una falta de respeto al lector». De todos modos, era un regalo, así que no le quedó más remedio que aceptarlo y llevárselo a casa. Al cabo de bastantes meses, no recuerdo cuántos, se acercó al minúsculo cubículo sin ventanas que era mi despacho y, con gran solemnidad, me comunicó que había terminado de leer la novela y quería darme las gracias. 
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Estos días en los que he repasado lo que se dice de John Barth con el fin de escribir estas líneas, he descubierto que ahora que el autor ha llegado al final de su trayectoria, el consenso entre críticos y lectores con respecto a El plantador de tabaco es que se trata de la mejor novela de John Barth. No seré yo quien lo niegue. ¿Ah, que esto es un prólogo y no he dicho nada del texto? Tienen toda la razón. ¿Por dónde quieren que empiece? Veamos. El plantador de tabaco es una larga narración escrita en clave burlesca, cuyo protagonista, Ebenezer Cooke, virgen y poeta, se basa en un personaje homónimo del siglo XVII. Puedo seguir diciendo que la narración reconstruye la historia de los primeros años de la colonia de Maryland, que se trata de una parodia de la novela dieciochesca, que el personaje histórico en que se basa el protagonista había escrito un poema épico-burlesco titulado El plantador de tabaco, que entre los numerosos textos que integran esta fascinante suma de narraciones figuran seis páginas de insultos que se intercambian dos prostitutas, una inglesa y otra francesa, en sus respectivos idiomas; que en su revisión de las crónicas del pasado se encuentra una reescritura de la Historia General de las Indias, del capitán Smith; que las páginas dedicadas a la travesía transatlántica realizada por Cooke están a la altura de los mejores textos jamás escritos sobre la vida en alta mar. Colonos, indios, leguleyos, rufianes, prostitutas, bebedores, magníficos contadores de historias, todos, con el personaje fascinante de Henry Burlingame III, tutor de Ebenezer, y su hermana gemela, Anne, a la cabeza. También podría decir que las descripciones de las tierras y las marismas de Maryland… ¿De verdad que quieren que les hable de todo eso? O lo que es peor: ¿no querrán que me ponga a perorar acerca de la estruciii, tutor de Ebenezer, y su hermana gemela, Anne, a la cabeza. También podría decir que las descripciones de las tierras y las marismas de Maryland… ¿De verdad que quieren que les hable de todo eso? O lo que es peor: ¿no querrán que me ponga a perorar acerca de la estructura, los cambios de registro, la manera de revisitar la historia, etc.? Ahórrenme tan tediosa labor. Por más que la tilden de metaficcional, postmoderna o cualesquiera otros epítetos malignos a los que son tan proclives los académicos, la novela va de lo único que van las novelas de verdad: contar, con la pureza con que Sherezade quería que se hiciera, una historia prodigiosa tras otra. La novela empieza en la página siguiente: ¿por qué no se sumergen de una vez en su lectura? Arránquenle a quienes han secuestrado su imaginación, apoderándose de la totalidad de su tiempo, un buen número de horas y dedíquenselo al placer estético e intelectual más exquisito que jamás ha tenido a su alcance el ser humano: el de perderse en la lectura de una buena historia…, de un sinfín de historias que yacen en un mar que carece de fondo."



Eduardo Lago





Una reseña sobre la obra, escrita por Juan Francisco Ferré