martes, 30 de abril de 2013

Iron Man 3

de Shane Black







En esta época de sagas y trilogías, he aquí un buen ejemplo de continuación para las aventuras de un superhéroe. Después de la ruidosa pero inane segunda parte, esta tercera regresa a los valores de la primera y original, la que sentó las bases de una franquicia realmente atractiva.

La presentación que hizo Jon Favreau de Iron Man tuvo muchos aciertos. Un punto de vista contemporáneo y bastante realista (no olvidemos que Iron Man nace en una cueva del desierto, prisionero de un grupo terrorista), unos poderes no sobrehumanos, sino basados en una tecnología avanzadísima y sobretodo un actor que parecía nacido para encarnar este personaje. La amalgama de chulería, descaro, inteligencia e ironía con que Robert Downey Jr. encarna a Tony Starks desborda carisma por todos los lados. Jon Favreau confirma que "el golpe más brillante de Iron Man fue Robert Downey Jr. No es que fuera él, fue que era él en ese momento, habiendo pagado sus deudas (refiriéndose a su reciente desintoxicación) y teniendo una redención espiritual. Salió de otro final de túnel y hubo un resplandor para el. Sabía que si podíamos conseguirle, cualquier decisión respecto a la película sería obvia. Mi mayor contribución fue la lucha a muerte para conseguirle como protagonista."

A estos valores se añade, en esta tercera parte, la vulnerabilidad. La acción se sitúa justo después de Los Vengadores. De hecho las referencias a "lo ocurrido en Nueva York...", le provoca unos ataques de ansiedad cuya explicación podría ser irónica o una constatación de que el megaproyecto Vengadores no va mucho con el autosuficiente y soberbio Tony Starks. 













Un prólogo nos presenta los tiempos en que Tony Starks conoció a Aldrich Killian (Guy Pearce) y Maya Hansen (Rebecca Hall),  cada uno con proyectos que el engreído Starks desprecia. Años después en la escena internacional aparece "El Mandarín" (Ben Kingsley), un terrorista que está llevando sus ataques hasta el mismo corazón de EEUU. Los vídeos en los que anuncia sus fechorías  semejan los de Bin Laden.  Iron Man -el único superhéroe que publicita su identidad más allá de toda máscara- lo retará.

La destrucción total de su mansión en Malibú y el rapto de Pepper constituyen la respuesta, y esto dará pie a una esforzada venganza en la que el famoso traje metálico no será tan esencial.

Paradójicamente la película donde aparecen más modelos de armadura es donde el Hombre de Acero es menos de acero, actúa más a pecho descubierto y resulta vulnerable, porque además se reconoce enamorado. Al igual que Skyfall supuso el desmontaje y actualización del mito de James Bond, del mismo modo ocurre aquí con nuestro héroe. Sin duda la evolución de Tony Stark centra toda la película más allá de supervillanos y salvación del mundo. Este playboy está enamorado, sufre cuadros de ansiedad e insomnio y a la destrucción de su vivienda, añade encantado la explosión pirotécnica de todos sus metálicos prototipos como fondo de pantalla para su amor.














La cinta es un estupendo cierre de la trilogía (sí, Míster Starks logra arreglar su corazón -en todos los sentidos- y se hace extraer el característico reactor del pecho), recoge el tono de la primera y crea una historia con entidad propia no deudora de las dos precedentes, con un villano bien definido y altas dosis de humor.

Alberga además multitud de ideas: la ansiedad por lo de N. York, los escarceos con la actualidad (videos tipo Bin Laden), la crítica política (como justificación para matar al presidente de EEUU le acusan de favorecer a las petroleras, indemnes ante un desastre medioambiental), una ligera trama detectivesca y sobretodo su capacidad para reírse de sí mismo (cada vez que la armadura acude para acloparse a su cuerpo es una aventura). Hasta creo entrever un pequeño homenaje en el plano de Miguel Ferrer posando con War Machine. Es prácticamente idéntico a otro con el mismo actor y Robocop.
















La historia se inspira en uno de los mejores cómics de la serie Iron Man, "Extremis", que trata de un virus regenerativo. El arco argumental consta de seis números escritos por Warren Ellis e ilustrados por Adi Granov. En él se redefinen los orígenes del hombre de metal y su desarrollo carece prácticamente de referencia al universo Marvel. La película sin embargo ofrece giros argumentales totalmente nuevos, y aunque incluye a "El Mandarín"  deja de lado su trascendencia en las aventuras impresas (sus diez anillos con superpoderes ni aparecen). Seguro que para los puristas  constituirá una traición, pero yo creo que cada historia ha de buscar sus referentes.

La cinta acumula dos espectaculares escenas de acción y efectos digitales: la destrucción de la mansión Starks y una batalla final ensordecedora y quizás exagerada; con demasiadas armaduras, demasiadas regeneraciones y hasta demasiadas explosiones. De todos modos el espectáculo de una gigantesca plataforma de niveles deshaciéndose en el fragor de una batalla con Tony saltando de armadura en armadura te deja con la boca abierta.














Shane Black se estrenó como guionista de Arma Letal en 1986: éxito, franquicia y una fórmula repetida hasta la saciedad.   Siguió escribiendo acción pero sin tanto éxito en El último boy scout y Memoria letal. Posteriormente dio el salto a la dirección con la estupenda Kiss Kiss Bang Bang (2005), en la que ya coincidió con Robert Downey Jr.

domingo, 28 de abril de 2013

La tejedora de coronas

de Germán Espinosa






Sebastián Pineda Buitrago escribe esta reseña en la página dedicada al autor colombiano Germán Espinosa (aquí):


 
"Entre los cinco novelistas claves de Colombia, el nombre de GERMÁN ESPINOSA (Cartagena, 1938 -Bogotá, 2007) es imprescindible. Entre los prosistas, disputa con los mejores de la lengua. Autor de más de 40 libros, transitó por todos los géneros literarios: poesía, cuento, novela, dramaturgia, crónica y ensayo. Lo sedujo la literatura fantástica y en muchos de sus cuentos, como en sus mejores novelas, vemos renovado el tema de los vampiros, de la brujería y de los fantasmas perdidos en busca del amor.

El lector medio de nuestro tiempo se conforma con ignorar a GERMÁN ESPINOSA, teniéndolo por un erudito o un hiperléxico genial. Un ropaje o una áurea verbal lo acompañó toda la vida y cobijó su espíritu; en algún cajón de su cerebro guardaba el diccionario de nuestra lengua, no estática sino dinámicamente. Puesto a expresar un concepto, tenía nueve palabras para decirlo en formas distintas, a cambio de limitarse a la vaguedad y a los equívocos que depara el uso de una sola fórmula, como quieren ciertos “robots”. Su primera regla era la claridad, sin la cual no se establece el contacto. “No avances al siguiente punto si no te has convencido de lo que has dicho anteriormente goza de toda claridad”. Añadía elegancia porque la sabiduría es inaccesible si es abstracta y seca. Construyó otro mundo colombiano de enciclopedia, aunque algo más rico por cuanto se guiaba por el verdadero humanismo: se nutría de pensamiento y encaraba teorías y nuevas formas de pensar y jamás se dejó deglutir por un tirano ni por un sistema. Su novela “La tejedora de coronas” explora con feliz intuición la naturaleza, la historia, el alma, cielo y tierra y hasta el fondo del mar. Sus últimas novelas, declaraba sonriendo, le costaron poco trabajo: “Yo no pongo más que las palabras; y ésas no me faltan" . Ya en sus palabras, quería decirnos, iba añadida su imaginación. Ahora que lo sospecho había en él cierta lógica matemática tomada, quién sabe, de su bravo instinto musical. Ha sido, sin duda, una de los escritores más completos de toda nuestra historia literaria.

Publicada en 1982, La tejedora de coronas es una de las novelas colombianas mejor logradas. Brillante. No hay que asustarse por la técnica narrativa: se trata de un reto estilístico que plantea leer un capítulo (más o menos de veinte páginas) sin puntos seguidos ni dos puntos, sin paréntesis ni guiones, respirando únicamente con las pausas de las comas; y esa técnica resulta la más apropiada para narrar el fluir de la conciencia de la protagonista-narradora, Genoveva Alcocer, cuyos recuerdos se van relatando en círculos o espirales concéntricas, zarandeándonos de París hasta Nueva York, pasando por Roma y Quito, y teniendo como punto de partida Cartagena de Indias, el puerto colombiano que en la colonia española vivía asediado por piratas de todo el mundo. Genoveva Alcocer es una cartagenera criolla de origen español que con diecisiete años se nos presenta desnuda, contándonos cómo se espejea en los cristales biselados de su caserón colonial, solitaria porque los piratas acabaron de arrasar su ciudad, sollozante porque ha sido violada y mar adentro truena la tempestad nocturna.

 Antes de contarnos por qué y cómo se originó el pillaje a la ciudad, Genoveva prefiere recordar los meses inmediatamente anteriores cuando todo parecía idílico y Federico Goltar, su joven amante, la invitaba a subir a la terraza de su casa y observar, a través de su pequeño telescopio, la pequeña luz de un nuevo planeta, verde en el cielo estrellado, mientras abajo sus dos familias de origen español, los Goltar y los Alcocer, cenaban y hablaban de negocios. Los encuentros entre ambos arrancan con caricias vagas y pasan a otras instancias cuando sus dos familias van de paseo a cierta playa, y Federico, al nadar sin darse cuenta hasta el sitio donde se bañaban las mujeres, se topa a bocajarro con Genoveva completamente desnuda. Aquí hay un momento de clímax antecedido por la descripción del fondo coralino. Genoveva se asusta de ser vista desnuda por prejuicios católicos, pero en el fondo se aviva su deseo sexual y, en adelante, ambos pretenderán consumar su amor sin contar con todos los inconvenientes.

Espinosa puso como punto de partida de su novela el ataque de la flota francesa contra Cartagena de Indias, una batalla que ocurrió a finales de 1697. La ciudad quedó arrasada, las familias españolas arruinadas, y sus hijas, como Genoveva, tuvieron que vivir de las joyas que habían logrado esconder o, bien, de actividades "non santas". Años después del pillaje, huérfana y solitaria, Genoveva acoge la visita de dos cosmógrafos franceses. Ellos advierten su inteligencia y se la llevan a Europa, enrolándola en la logia masónica de París. Al comenzar el tercer capítulo la vemos desembarcar en el puerto de Marsella en la primavera de 1712 y a los pocos días enrumbar hacia París, cuyas iglesias y tejados “pruriginosos de las casas agachadas sobre el Sena” ve desde su habitación, después de haber hecho el amor con François-Marie Arouet, es decir, nadie menos que con Voltaire, miembro de su logia masónica. Genoveva nunca se casa ni tiene hijos. Pero pese a ser infértil, Genoveva fertiliza a las almas masculinas de los masones, los dota del sentido femenino de la vida, no importa que en ocasiones se precipite en orgías y excesos sexuales. Se parece a Diótima del Banquete de Platón: suerte de cortesana americana que practica la filosofía, las artes y las ciencias como ayudas genésicas. En ella, ciencia y filosofía son sonrisas de la belleza vital y en su cuerpo desnudo, por parafrasear a Nicolás Gómez Dávila, parecen resolverse todos los problemas del universo.
(...)
Hay dos planos narrativos en "La tejedora de coronas" que vemos a través de Genoveva: 1) el de su adolescencia en Cartagena de Indias asediada tanto por los piratas como por su familia católica y castradora del sexo y del amor, y 2) el de su misión en la logia masónica que consiste en proyectar el conocimiento científico sorteando ignorancias y fanatismos. La toma de los piratas, a lo largo de los capítulos, va uniendo ambos planos narrativos y de ahí la ausencia de puntos seguidos. Así las calles de Cartagena, asoladas por la peste, se unen con las calles parisinas pululantes de prostitutas; la burocracia criolla es un reflejo del eslabón monárquico europeo. También hay dos formas de narrativa: la de una narración enciclopédica y el de una prosa simbolista. Lo uno no altera lo otro y todo funciona como el movimiento del mar: tras alcanzar un gran vuelo lírico-filosófico, punta última de la cresta, desciende la ola para volverse a formar con otros datos y otras situaciones. Pineda Botero señaló que si simbolizáramos el desarrollo de la trama en secuencias de la A a la Z, una vez cubierta la secuencia O-P, la narración continuaría con H-I, luego con D-E, para regresar a P y hacer P-Q (véase Juicios de residencia, 2001, 270).


Ahora bien, Pineda Botero se equivoca al decir que El siglo de las luces (1962) de Carpentier sea la principal influencia de Espinosa. No. Fue Bomarzo (1962) del argentino Manuel Mujica Lainez, de donde Espinosa tomó el impulso de recobrar la historia con la prosa modernista, lírica. Si nos apuran con comparaciones, diremos La Tejedora de Coronas goza de cierto hálito similar a Bomarzo (1962), del argentino Manuel Mujica Lainez, y se parece a Noticias del imperio (1987), de Fernando del Paso, donde también los franceses invaden a América. Tres novelas hispanoamericanas zambullidas en la historia europea, de carácter cósmico, tocadas por elementos fantásticos.

La tejedora de coronas explora con feliz intuición la naturaleza, la historia, el alma, cielo y tierra y hasta el fondo del mar. La teoría de Vargas Llosa de la “novela total” (y Vargas Llosa varias veces elogió a Espinosa) sin duda se puede aplicar a La tejedora de coronas, porque ésta también es una novela total en la línea de esas creaciones demencialmente ambiciosas que compiten con la realidad real de igual a igual, enfrentándole una imagen de una vitalidad despampanante, voluptuosa.

La UNESCO consideró esta novela obra representativa de la humanidad en 1992. Cuando se tradujo al francés como La Carthagenoise, esta novela despertó tal vez mucha más fascinación que en la propia Colombia. En París no cabían de la dicha que la protagonista Genoveva Alcocer fuera amante de Voltaire y reviviera como ninguna el período de la Ilustración, cuando Francia se expandía por todo el orbe occidental. La novela de hecho arranca con el sitio de Cartagena de Indias en 1697, cuando el rey Luis XIV ordenó atacar este puerto en el Caribe para minar al decadente Imperio español."

viernes, 26 de abril de 2013

Oblivion

de Joseph Kosinski


Jack y Vika son la última pareja de humanos sobre la Tierra.  Ha habido una guerra contra los alienígenas scavs y la Tierra ha quedado arrasada. Hicimos lo que teníamos que hacer, nos cuenta Jack, utilizamos las bombas nucleares: ganamos la guerra, pero perdimos la Tierra.
Todos los supervivientes han sido evacuados a Titán. A ellos dos los relevarán pronto. Su trabajo es contener los últimos escarceos de los scavengers, arreglar equipos y vigilar las gigantescas plataformas que apuran los recursos de los cada vez más disminuidos océanos. Pronto descubrirá Jack que no está solo, ni su función es tan inocente. El borrado de memoria al que fue sometido tiene grietas.

El paisaje es desolador, roca y ceniza por doquier. La soledad absoluta. El planeta aparece desierto. 
La película se basa en una novela gráfica del propio director junto a Arvid Nelson. La historia ocupa sólo 15 páginas y eso se nota. La trama es muy delgada. La película tarda más de media hora en arrancar mientras se recrea en los paisajes.















El otro problema es la falta de épica. Llegado el momento, Jack tendrá en sus manos el destino de la Humanidad, y a pesar de ello no sentimos ese aliento trágico. Quizás por impericia del director cuyo primer trabajo -Tron Legacy- ya resultó bastante anodino o quizás porque Tom Cruise elige el sencillo camino de entregar un correcto pasatiempo sin más.

Porque eso sí, la película es un buen entretenimiento y sobretodo todo posee una factura visual impactante, gracias a ese mago que es el chileno Claudio Miranda; un director de fotografía que ya nos deslumbró en La vida de Pi e incluso en la citada Tron Legacy. 

La cinta colecciona un puñado de extraordinarias imágenes postapocalípticas: la luna hecha escombros flotando en el espacio, los rascacielos sobresaliendo de un mar de ceniza y los típicos puentes y estatua de la Libertad que no puede faltar desde el clásico de Schaffner, El planeta de los simios.


Me gusta especialmente el giro que provoca una nave caída desde espacio. Cuando Jack acude a supervisar los restos, rescata a una joven superviviente (Olga Kurylenko) que permanecía en animación suspendida. Su encuentro activará ciertos recuerdos de Jack, pondrá en marcha una nueva serie de acontecimientos y lo que es más importante, desvelará a Jack su verdadera identidad. 
¿Ganaron de verdad los humanos la guerra? ¿Hay sólo una estación de vigilancia? ¿Quién ejerce el control desde la central espacial?


Es verdad que peca de falta de originalidad, el comienzo con un Jack aburrido de mecánico de los drones, recuerda demasiado a Wall-e; y cuando la central sigue su rutina al caer él prisionero, recuerda a  la estupenda Moon de Duncan JonesPero la película está muy bien acabada, es entretenida y el diseño conceptual es fascinante.

Rodada en paisajes de Islandia,  juega la baza de un acusado contraste entre el mundo a ras de tierra, ceniciento e inerte, y el color de las dos viviendas de Jack: el habitáculo oficial, transparente y tecnológico, situado sobre una finísima torre por encima de las nubes y un refugio escondido entre montañas que es todo un vergel, con cabaña, riachuelo y árboles.


Los escenarios y paisajes son espectaculares. En este vídeo nos presentan cómo lo hicieron.

miércoles, 24 de abril de 2013

Siempre hemos vivido en el castillo

de Shirley Jackson








Delicado relato que camina por la sutil frontera entre realidad y pesadilla. Una niña inadaptada pero con un mundo interior bullente, nos conducirá por un estrecho sendero hasta su madriguera en el bosque. Así comienza:
"Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular miden lo mismo, pero he tenido que conformarme con lo que tenía. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la seta mortífera. Todos los demás miembros de mi familia están muertos".
Así que ahí está Merricat recluida en la bola de cristal que es la finca de los Blackwood ("el castillo"), con la hermosa Constance, hermana mayor y exquisita cocinera;  y su tío Julian, senil y obsesionado con tomar notas infinitas sobre lo ocurrido seis años atrás, cuando todos los miembros de la familia murieron envenenados durante la cena.

El comienzo nos ofrece de golpe todas las claves, a su modo infantil y cándido. En la voz de Merricat, que vuelve con la compra del pueblo, percibimos el eco de un silencio ominoso que crea un vacío a su alrededor.
"La gente del pueblo siempre nos ha odiado".   
"Todo el pueblo era de un mismo estilo y de una misma época; era como si la gente necesitara de la fealdad del pueblo y se complaciera en ella." pág. 16

"Temía que pudieran tocarme y que sus madres se lanzaran sobre mí como una bandada de aves de presa; ésta era la imagen que siempre tenía en la mente: aves descendiendo en picado, atacando, desplegando sus garras como afiladas navajas." pág. 17
El hostigamiento, la violencia gratuita tantas veces presente en el profundo sur está al acecho. En el fondo los aldeanos que miran de soslayo hacia "el castillo", mastican una mezcla amarga de odio y miedo. Las dos hermanas recluidas viven en un mundo propio, extraño, y en cambio lleno de armonía. Mientras, alrededor, se emboscan los ecos de aquellas muertes terribles y cobran vida en una canción infantil con que los niños las persiguen. 
          "Merricat, dijo Constance, ¿quieres una taza de té?
          Oh, no, dijo Merricat, no me envenenaré.
          Merricat, dijo Constance ¿no te está entrando sueño?
          ¡En la fosa dormiré, a tres metros bajo el suelo!".

El relato surge desde el corazón mismo del castillo, desde la más palpitante de sus moradoras. Décadas antes de que Tim Burton nos invitara a la intimidad de engendros y fantasmas, Shirley Jackson nos hace adoptar la mirada de la bruja, del monstruo, y nos hace sentir su terror ante el avance de los aldeanos con antorchas. 

La evolución del relato es magnífica. Paso a paso la niña nos revela sus anhelos y frustraciones. Su poderosa fantasía pone en pie solemnes protocolos e íntimos rituales de protección ante las agresiones del mundo. En los momentos más angustiosos huye a la luna, un secreto rincón de la finca familiar. Cuelga amuletos en lugares estratégicos, entierra objetos a los que asigna un poder mágico y junto a su gato Jonas persevera en el amparo de su vida y seres queridos. 
"Encontré un nido de serpientes recién nacidas cerca del arroyo y las maté a todas; las serpientes no me gustan y Constance no me ha pedido nunca que no lo haga. Iba ya de regreso a casa cuando encontré un muy mal augurio, uno de los peores. El libro que había clavado a uno de los árboles del pinar había caído del tronco. Decidí que el clavo se había oxidado y que el libro -una pequeña libreta de notas de nuestro padre, donde tenía apuntados los nombres de la gente que le debía dinero y de la gente que, en su opinión, le debía algún favor- resultaba inútil ahora como protección. Yo lo había envuelto a conciencia con un papel grueso y resistente antes de clavarlo al árbol, pero el clavo se había oxidado y el libro había caído. Me dije que sería mejor destruirlo, por si se volvía ahora en mi contra, y traer al árbol otro objeto distinto, tal vez un pañuelo de cabeza de nuestra madre, o un guante. En realidad, ya era demasiado tarde aunque entonces no lo sabía; el hombre ya estaba camino de la casa."pág. 75
Los terrores infantiles, la amenaza adulta, el miedo al cambio, el opresivo entorno doméstico, parecen ingredientes muy cotidianos, pero la autora es capaz de dotarlos de un malévolo aire de amenaza.

"El domingo por la mañana, el cambio estaba un día más próximo.Yo estaba resuelta a no pensar en mis tres palabras mágicas y a no dejar que entraran en mi mente, pero la cercanía del cambio era tan perceptible que no había modo de evitarlo; el cambio invadía las escaleras y la cocina y el jardín como si fuera niebla. Yo no podía olvidar las palabras mágicas; eran MELODÍA  GLOUCESTER  PEGASO, pero me negaba a dejarlas entrar en mi mente. El tiempo era inestable el domingo por la mañana y pensé que, después de todo, quizás Jonas tendría éxito en preparar una tormenta." pág. 72
De algún modo tiene las trazas del clásico de Henry James, Una vuelta de tuerca; sobretodo en cuanto al aura fantasmal de una narración bien realista y en el sentido de que Merricat vive permanentemente en el umbral entre la realidad y su mundo de fantasía.

Dos son los hallazgos de esta novela: Uno, la personalidad de MerryCat, su mirada sobre el mundo mientras camina por el borde del abismo. Otro, la sutileza con que se añaden ingredientes a un guiso etéreo: las inocentes revelaciones de Merricat, los comentarios seniles del tío Julian, la persistencia de las comidas en la vida familiar, los rumores del pueblo.

La senilidad del tío Julian provoca situaciones de una intriga finísima. A través suyo conocemos el envenenamiento de casi todos los miembros de la familia y en un momento dado le espeta a Charles que no se equivoque, que Merrycat murió hace años en el orfanato...

A mitad de novela, la incertidumbre se ve incrementada con la llegada del avieso primo Charles.  La soterrada lucha que entablará con Merricat para adueñarse de la casa nos llevará hasta la catarsis final.

Shirley Jackson es una escritora fuera de foco en la literatura norteamericana del siglo XX. Publicó en los años 50 y 60 libros donde los protagonistas suelen ser las casas y las vivencias angustiosas e incluso paranoicas. Laura Miller, crítica de The New York Times Book Review, la denominaba "el bardo de la pesadilla doméstica". Hangsaman, The Sundial, The Haunting of Hill House y la que nos ocupa son novelas. A ellas hay que sumar casi un centenar de cuentos entre los que se encuentra el célebre The Lottery. 
Las citas están tomadas de mi volumen de Ehasa. La reciente edición de Siempre hemos vivido en el castillo por parte de la Editorial Minúscula sólo hace sumar una joya más a su cuidadísimo catálogo que incluye autores tan extraordinarios como Emmanuel Bove, Hans Keilson o Svetislav Basara.



*  Un artículo casi enciclopédico sobre esta obra se encuentra en El librófago
*  Un artículo de Pablo Chul -redactado con desenfado y mucho conocimiento-  nos acerca a la figura de Shirley Jackson y sus obras. 

domingo, 21 de abril de 2013

Tierra Prometida

-Promised Land-
de Gus van Sant




El cine norteamericano atesora una fecunda tradición de cine denuncia. Más variada sin duda que la del cine europeo. Allí no son pocas las películas que enfrentan el abuso de las grandes corporaciones (como ésta), los mecanismos de las sectas, conspiraciones varias, peligros nucleares y hasta el belicismo o el secretismo gubernamental.

Soy particularmente admirador de esta salubridad cultural y democrática.
Tierra Prometida nos lleva hasta una remota comunidad rural  cuyas enormes granjas subsisten en medio de grandes dificultades. Sin embargo el subsuelo almacena valiosas bolsas de gas, por lo que una multinacional se plantea su explotación. Steve Butler (Matt Damon) y Sue (Frances Mc Dormand) son sus puntas de lanza para negociar con cada finca y entrar a saco a por los yacimientos. 

El debate está -como siempre- entre preservar el medio ambiente o recoger un dinero fácil y goloso. La técnica de extracción es el fracking, que consiste en inyectar a presión agua, arena y productos químicos. Sus efectos secundarios son el envenenamiento del subsuelo y las aguas. El director nos muestra una comunidad agobiada por la crisis, pero en cierto modo idílica. Hombre y naturaleza en armonía, ofreciendo un sustento casi moral a sus vidas.














La música y los paisajes nos inclinan a una contemplación bucólica. Steve se encargará de resaltar el contraste con la dura realidad. "Este pueblo, esta vida, se muere. Todos lo veis venir pero nadie se quita de en medio, ¿por orgullo?"

La película es sencilla, está bien contada y expone los problemas; pero resulta demasiado amable. Se centra sobre todo en las artimañas de la corporación para adueñarse del botín. Lo primero que hacen Steve y Sue es mimetizarse (se compran camisas de franela y botas), sacar a relucir sus orígenes rurales y subrayar los beneficios del dinero para que sus hijos vayan a la Universidad, etc. Cuando empiezan a descubrir algunas reticencias incluso montan una feria con juegos, concursos y barbacoas.

Descuida sin embargo la tensión dramática. Desaprovecha a un grupo de grandes secundarios cuyas intervenciones son casi intrascendentes. No hurga en las motivaciones o dramas de personajes tan esenciales como el político local (que espera un apetitoso soborno) o la maestra o el dueño de la tienda de armas que tontea con Sue. Demasiado convencionalmente y con cuatro frases solventa la del viejo profesor de instituto que argumenta su negativa, y la del granjero que ha recogido al hijo de su hermano, muerto en Iraq.

Todo el elenco destila naturalidad, el gran Hal Holbrook como viejo profesor, Titus Welliver (Deadwood y The Good Wife), Scoot McNairy (Mátalos lentamente) y Rosemarie DeWitt, como la profesora de infantil.  Pero la función pende de un Matt Damon muy creíble en su papel. Dos planos sellan su recorrido moral: con la cámara bajo el agua vemos su rostro rizarse justo antes de sumergirlo para lavarse. El director coloca este plano al principio cuando va a desembarcar en el pueblo y al final, cuando va a enfrentar la votación de los granjeros.

Damon es el productor y firma el guión junto a John Krasinski, famoso por la serie The Office, que a su vez interpreta a Dustin, un activista medioambiental. La historia original es del escritor David Eggers.

La jugarreta final de la multinacional supone un giro que demuestra hasta dónde son capaces de llegar y agita el desarrollo bastante laxo de la cinta. Aunque no falta algún diálogo afilado. Un Steve contrariado expone sus ideas en el bar: las prospecciones os traerán el dinero jódete. Cuando os llegue un mal año podréis decir jódete. Cuando el banco os venga a embargar, podréis decir jódete. "Decir jódete es la máxima libertad", concluye rendido al más puro capitalismo y olvidando sus efectos secundarios.

P.D. Los problemas derivados de la técnica del fracking no son mera ficción o exclusivos de EEUU. Hace solo unas semanas el Parlamento de Cantabria aprobó por unanimidad una ley que la prohíbe, convirtiéndose así en la Comunidad pionera en España. También lo han hecho países como Francia, Bulgaria y regiones de Alemania o Canadá.

Recordemos que los productos químicos son inyectados a presión con el fin de ampliar las fracturas existentes en el sustrato rocoso. Al realizarse las perforaciones todos estos componentes se liberan por el subsuelo, envenenando las aguas, los pastos, etc. En la película, el ecologista Dustin lo expone muy gráficamente a los alumnos de la escuela local.

jueves, 18 de abril de 2013

LA VIEJA GUARDIA - de John Scalzi








El ataque de las Tropas Espaciales.-

Ligera y muy entretenida. Esta novela parte de la premisa de que una vez cumplidos los 75 años te puede interesar tener una segunda vida. Tendrás un cuerpo rejuvenecido si te alistas en las Fuerzas  de Defensa Coloniales, que se encargan de proteger la expansión de la humanidad por el universo.

Entre sus ingredientes afloran unas cuantas buenas ideas. Comienza con una desenfadada reflexión sobre la vejez y acaba con otra reflexión sobre el uso del ADN de personas muertas y otras cuestiones éticas relativas a la clonación. Entremedias nos presenta los viajes por impulsión y a través de universos paralelos, además del famoso ascensor mediante cable hasta una estación orbital. Idea que ya propugnara como posible el gran Arthur C. Clarke.

Pero sobre todo es una novela de entretenimiento. La primera parte se centra en el reclutamiento y es la más interesante. Como a los protagonistas, nos hormiguea la curiosidad sobre cómo se efectuará el rejuvenecimiento, o sobre los secretos que esconde la tecnología de las Fuerzas Coloniales; y en no menor medida el mito de las Brigadas Fantasma. Rápidamente instruidos los nuevos reclutas, llega la acción bélica con el relato de varias misiones. Todo tiene un tono muy Starship Troopers, la bullangera película de Paul Verhoeven. El propio autor reconoce en la sección de Agradecimientos la deuda que tiene con Robert Heinlein; aunque se queda con la componente netamente aventurera, sin las implicaciones políticas de éste.














La segunda parte es de trajín bélico, tanto los personajes como las situaciones son muy previsibles a pesar de la multitud de colonias y civilizaciones que desfilan por sus páginas. Resulta un hallazgo sin embargo la descripción de la cultura consu: enormes mastodontes  con unos rituales muy elaborados tanto para relacionarse con ellos, como para hacer la guerra.

En medio de esta space opera, donde se multiplican sin parar viajes, colonias y civilizaciones, seguimos a John Perry y a su pandilla de amigos, autonombrados Los Vejestorios.

La relación de John Perry con su mujer recuerda la sentida historia de pareja en La Guerra Interminable, de Joe Haldeman: amor más allá de los eones. Y es que Scalzi demuestra una enorme habilidad para realizar un refrito de cosas ya vistas  y darle un nuevo lustre de puro entretenimiento.

Aunque remita a la novela Starship Troopers de Heinlein, el tono es muy distinto. Aquí es desenfadado y hasta jocoso, muy ligero. Tiene más que ver con la película de Verhoeven que con el libro de Heinlein. Los diálogos son constantes y agilísimos. Como la vena humorística, que en algunos momentos te lleva hasta la carcajada.

El éxito de la novela, finalista del premio Hugo 2006 y ganador del Premio Campbell al mejor autor novel en ese mismo año, ha hecho que Scalzi lanzara una verdadera saga sobre este universo: Las Brigadas Fantasma, donde ya hay menos belicismo y más reflexión sobre la ética, la conciencia y la ingeniería genética; La colonia perdida (quizás la mejor de estas tres) y La Historia de Zöe.

martes, 16 de abril de 2013

Anna Karenina

de  Joe Wright



Arriesgada producción que resulta tan fastuosa como apasionada, tan desequilibrada como elegante, tan artificiosa como visualmente espectacular.

Y es que el novelón de Tolstoi no es muy cinematográfico que se diga (al contrario que muchas novelas actuales atacadas por ese cáncer). La novela presenta dos historias, la de Anna Karenina casada con un funcionario de alto rango pero que se enamora apasionadamente del conde Vronski y la de Konstantin Levin, joven terrateniente que busca esposa en la ciudad. 
Estas dos historias que se contraponen, (los convencionalismos y la hipocresía de la ciudad por un lado y la sencillez y el humanismo del campo por otro), sumado a las abundantes reflexiones que penetran la psicología de los personajes y su filosofía vital, te obliga a elegir. Joe Wright -con dos muy buenas adaptaciones literarias a sus espaldas- y el reconocido dramaturgo Tom Stoppard, eligen la estilización escenográfica por un lado y la condensación amorosa por otro.














Dejan que sea el espacio de un teatro el que represente la tumultuosa ciudad: patio de butacas, escenario, bambalinas y tramoyas conforman casas, calles y salones sin que falte una estación de tren y hasta un hipódromo con carrera de caballos. Todo es metáfora. El teatro es una convención y la sociedad donde transcurre Anna Karenina también.

La propuesta me parece seductora. Al fin y al cabo todos vivimos en un teatro. Y más en la época que retrató Tolstoi, férrea en sus normas e impermeable en sus clases.

Por otra parte la historia de Levin en el campo sirve de contrapunto tanto en el aspecto psicológico del personaje (él busca la plenitud a través de una vida sencilla) como en la escenografía. De modo que la cámara lo sigue hasta su granja y el director nos vuelve a embelesar con unos paisajes y una fotografía maravillosos como ya hiciera en Orgullo y Prejuicio.


La propuesta es arriesgada pero el resultado lo agradece. La realización brilla a gran altura. El artificio acepta el juego del amor y además Keira Knightley está magnífica. Su pasión y dulzura nos arrastra a un melodrama a borbotones que cojea simplemente por la falta de química con su pareja, Aaron Taylor-Johnson.

La elegancia de la puesta en escena nos acerca al choque inevitable entre el torbellino de la pasión amorosa y la condena social. Finalmente la maquinaria escenográfica es sólo eso, un escenario que se resume en su escena cumbre, con Anna Karenina en el palco del teatro, vituperada en silencio por toda la concurrencia. 













El elenco de secundarios es lujoso como en toda producción británica que se precie. Jude Law está en su sitio como el rígido pero enamorado Alexei Karenin. Matthew Macfadyen compone un hermano de Anna mundano y voluptuoso. Domhnall Gleeson se presenta como un trémulo Konstantin Levin, persona cálida e idealista que suspira por Kitty (Alicia Vikander). Ella sufrirá un desengaño, y comprendiendo la fatuidad de la vida social se integrará en la granja de su marido Levin, desempeñándose con gran humildad. El retrato de este otro tipo de vida es luminoso.

Hay destellos de verdadero talento en las escenas de desesperación y volubilidad de Anna; tanto como en las escenas campestres de Levin, verdadero alter ego de Tolstoi. El contrapunto está servido entre lo urbano y la naturaleza, entre la afectación y la humildad, entre las normas y la libertad. 

Lucen especialmente el vestuario (ganador del Oscar), la fotografía y la música.

Wright ha demostrado tener una mirada propia. Su debut con Orgullo y Prejuicio nos demostró empaque y sutileza. Desde entonces una montaña rusa. Gran adaptación literaria de una novela de Ian McEwanExpiación. Un experimento de cambio de registro en Hanna, un thriller que resultó atractivo y desconcertante a partes iguales. Y ahora vuelve por sus fueros en una película de indudable atractivo. 

sábado, 13 de abril de 2013

TESIS sobre UN HOMICIDIO - de Hernán Goldfrid








No entiendo porqué comparan esta película con "El secreto de tus ojos" cuando lo único que tienen en común es la barba de Darín. La profundidad de la historia, la ambientación histórica, la trascendencia y la calidad cinematográfica de aquella no aparecen ni por asomo en esta. La distancia de una a otra es enorme.

Lo cual no quiere decir que sea una mala pelicula. Tiene una trama que se sigue con interés y está rodada con cierta solvencia, pero el resultado es justito.
Darín interpreta a Roberto Bermúdez, un abogado retirado que imparte un seminario en la Facultad de Derecho. Allí se presenta como alumno aventajado Gonzalo (Alberto Ammann), el hijo de un antiguo amigo. No tarda en arrastrar al profesor a un debate sobre la convención de la Justicia y su banalidad. En medio de todo irrumpe un crimen. El cadáver de una joven asesinada aparece en el mismísimo parking de la Universidad. Las opiniones de Gonzalo y las circunstancias del crimen abocan a Bermúdez a sospechar de su alumno. Se cree inmerso en un duelo intelectual donde el crimen es el reto.

Hay un par de escenas entre profesor y alumno que recorren el debate sobre la Justicia y las leyes, un asunto nada baladí. Dice Gonzalo, si aplasto y retuerzo a una mariposa no es delito, pero si esa mariposa pertenece a la colección de un millonario, voy preso. Lo que se juzga no es el acto, sino cómo afecta al poder. La Justicia es una convención. Un juez dicta sentencia, pero la víctima sigue esperando justicia.

Este desafío entre profesor y alumno nos remite -salvando las distancias- a La soga de Hichtcock, aunque en esta Tesis... se elije el camino de la obsesión del profesor. Sus sospechas e investigaciones ocupan el centro del relato. No en balde su ex-mujer le lanza la siguiente admonición: "¿Quieres que se haga justicia o demostrar que tienes razón?"
Y aquí está uno de los problemas de la cinta. Demasiado centrada en la obsesión de Bermúdez, se despreocupa de lo demás. La realización abunda en ello, reitera planos de un Darín insomne o con un vaso de whisky y un montón de primerísimos planos de su rostro. En su ánimo de ser profunda, se demora sin sentido en el ceño del abogado, empobreciendo el relato.

En otra escena Gonzalo le enseña al profesor su cuadro preferido de Picasso: La crucifixión. Ahí está todo, le resume: un cúmulo de víctimas propiciatorias.

Y con esto se abandona al personaje de Gonzalo. No en balde, Diego Paszkowskiautor de la novela en que se basa el film decía en una entrevista: "En el libro el relato está contado por los dos personajes centrales, el psicópata y el profesor de Derecho, mientras que en la película la narración recae sobre este último únicamente, con lo cual la voz narrativa en ese caso funciona como un juego de espejos."

La amenaza que constituye Gonzalo no la apreciamos en pantalla, simplemente nos la hace notar Bermúdez. Es más, el trabajo que entrega al profesor, titulado precisamente "Tesis sobre un homicidio", no tiene ninguna trascendencia en la película y Bermúdez ni lo llega a leer.
Alberto Ammann está bien pero luce poco, ya que a su personaje se le ha hurtado su posible complejidad y oscuridad: Mi padre te consideraba su Némesis, le espeta crípticamente al abogado. Darín está soberbio como siempre. Caso aparte es el de la joven Calu Rivero que hace de nexo y cebo entre los dos personajes; es evidente que no está suficientemente preparada.

Subrayar tanto el juego de la ambigüedad, dejar fuera de foco al presunto asesino ha dejado a la película hueca. Pretende más de lo que consigue; pero se deja ver.

miércoles, 10 de abril de 2013

Un hombre al margen

-Off the Wall-
de Marc Behm







Espléndida novela negra atravesada por ramalazos de locura que cuenta con un personaje antológico: una especie de autista que deambula inadaptado por el mundo, buscando su sintonía.

Patrick tenía 13 años cuando murieron sus padres. Desde entonces siempre ha estado solo. Heredó un taller en el que pisa muy poco y depende de dos mujeres, Ofelia, una inmigrante ilegal que le sirve de asistenta y Nancy, la contable que le lleva el negocio, una wagneriana empedernida amante del Anillo de los Nibelungos y de él mismo en su alborear sexual.

Patrick tiene dificultades para relacionarse con los demás, sufre insomnio  y practica vehementemente la ensoñación de encarnar al héroe de los libros que lee. El relato comienza una típica noche suya de confusión y desvelo. Cuando sale a la calle se tropieza con el cadáver de la cuarta víctima de El Carnicero. Como de costumbre está descuartizada. Por eso mismo el barrio donde vive Patrick Nelson es conocido como El Matadero.

La novela tiene un desarrollo bipolar. Los capítulos donde conocemos las andanzas de Patrick y los crímenes de El Carnicero se alternan con los "Del diario africano de Patrick Nelson, explorador americano", donde nuestro protagonista dirige una expedición en busca de la mitológica ciudad de Ophir, trasunto del último libro que ha leído, "Las ciudades perdidas de África".
"-Por supuesto que existió.
 -Pero nadie sabe dónde estaba. En Arabia o Etiopía. La Biblia la menciona, I Reyes, 10:11. Era una ciudad minera. Allí descubrió el Rey Salomón su oro y sus piedras preciosas."
La narración abunda en nieblas mentales que nos hacen dudar de la veracidad de lo relatado e incluso de la salud mental de Patrick. Aunque redactado en tercera persona, en muchas ocasiones se confunde con una caótica primera.
"Jenny ya estaba allí, en la mesa al fondo, vigilando la entrada. Le saludó con la mano.
Sin darse cuenta, Patrick ya se estaba sentando ante ella. No sabía cómo se las había arreglado para recorrer la distancia que separaba la puerta de esa mesa sin darse de narices contra el suelo, pero el hecho es que allí estaba.
El local parecía oscilar hacia un lado, y la fuerza de la gravedad tiraba de Patrick hacia el suelo. Éste resistió, inclinándose con todas sus fuerzas en la dirección opuesta. ¡Dios bendito! ¡Qué calvario! En otra mesa, alguien se estaba riendo disimuladamente. ¿De él? ¿Había hecho algo extravagante -como levitar- o había plantado el codo en los canalones? ¿Canelones? ¿Había pedido eso? Debía de haberlo hecho. Tenía un plato de canelones ante él, y Patrick Nelson los estaba devorando." pág. 100

Los crímenes de El Carnicero son como un escenario, al igual que la aventura en África. Ciertos aspectos del territorio negro nos revelan  el inconsciente de un Patrick Nelson que centellea frágil y desarraigado, sin relaciones ni habilidades sociales; pero con una vida interior tumultuosa y atento obsesivamente a los detalles. En su ansia por conocer a la detective que lleva el caso, abandona su carnet cerca del escenario de uno de los crímenes.  

La intriga está muy lograda. En las noches en que El Carnicero acecha, la cigarras enmudecen. Patrick nos delata esta circunstancia y su sola mención nos alerta. A través de su confusión mental, sus tropiezos insomnes con los cadáveres e incluso con el propio Carnicero nos conducirá a un final terrible.

El estilo es agilísimo. La lectura vuela. Hay abundancia de diálogos, las reflexiones son cortas y lacerantes. Los capítulos muy breves. La novela discurre como la mente de Patrick, rápida y a saltos. Magnífica.

Los capítulos de África constituyen por sí mismos una novela de aventuras al estilo de Edgar Rice Burroughs. En ellos encontramos un relato memorable. La expedición en busca de la fabulosa ciudad de Ophir parte del lago Kilwa-kisiwani, hacia el norte, girando después hacia el oeste. El viaje constituye una pesadilla de penalidades y muerte. Arañas asesinas, cocodrilos, hormigas gigantes, murciélagos y arenas movedizas diezman la expedición. Patrick arriba por fin solo y extenuado a las coordenadas de Ophir, un escuálido poblacho. Allí logra hablar con el brujo Oing-Juju.

"No había oído hablar de Ophir jamás, pero me contó una historia absolutamente extraordinaria. Según la mitología glog existía un lugar muy parecido, muy lejos, yendo primero en dirección sur y girando después hacia el este. Me dejó desconcertado. ¿Hacia el sur? ¿Y después hacia el este? ¿Por dónde yo había venido? Le aseguré que allí no había nada de lo que él decía, y le expliqué que yo conocía muy bien esas regiones. Él no me creyó. Más allá del río sin nombre, me contó, más allá de la región de las ciénagas, y de los murciélagos y las abejas, más allá de los melocotoneros de las arañas, siguiendo más y más adelante, cruzada la tierra de los troncos y los dominios del rey luchador y la isla de las mujeres que barren, allí tenía que haber -eso se decía- un profundo foso lleno de feroces reptiles de cuatro patas que custodian una mítica ciudad situada a la orilla de un lago azul; un lago tan grande que, en comparación, todas las restantes concentraciones de agua de África eran simples charcos. Ese lago y esa ciudad recibían el nombre de "El Hogar de la Bienaventurada Felicidad".
¡Cielo santo! ¡Bendita sea mi alma!
Ese hombre estaba hablando del río Cocodrilo, de Port Kilwa-Kisiwani y del océano Índico.
Cuando se lo comenté, Oing-Juju se limitó a sonreír.
-La expedición del destino -sentenció- no tiene un rumbo fijo, tan sólo un destino."  pág. 125.


Marc Behm es un autor muy particular, bastante desconocido a pesar de su enorme calidad.  La ternura siempre está presente en sus novelas junto a crímenes horrendos y numerosos. Nacido en New Jersey, acabó viviendo largo tiempo en París. Murió en un pueblecito de Francia en 2007. Es habitual que sus personajes lean novelas clásicas como Moby Dick o las hermanas Bronté y vayan a menudo al cine. Patrick Nelson suele acudir a sesiones dobles, en una de ellas ve Historia de un detective y La noche del cazador. Él mismo fue guionista junto a Peter Stone de la deliciosa Charada de Stanley Donen: una sofisticada intriga con toques de comedia de altura, interpretada por Audrey Hepburn, Cary Grant y Walter Matthau.
La mirada del espectador y la presente son dos obras extraordinarias.

lunes, 8 de abril de 2013

Posesión Infernal

-Evil Dead-
de Fede Álvarez






Aplicado remake del clásico ochentero de Sam Raimi, que aquí ejerce de productor, la película se esmera por sacar el jugo a una situación ya dada. Un grupo de cinco jóvenes se reúnen en una cabaña del bosque para ayudar a una compañera a pasar el mono y desengancharse. Pronto descubrirán que el sótano esconde el auténtico "Libro de los muertos" encuadernado en piel humana y restos de un ritual con un montón de animales muertos colgados del techo. La posesión y la muerte los acechará uno a uno.

La película tiene un gusto clásico en su desarrollo,  aprovecha perfectamente sus puntos de apoyo como el bosque, el sótano y las sucesivas posesiones para aderezar una gran película de terror que echarse al gaznate; aunque queda lejos del gamberrismo de la original y por supuesto huérfana de un actor tan icónico como Bruce Campbell.












Pero se trata de pasar un buen rato atenazados por el espanto entre sustos, puñaladas y amputaciones; y la película lo consigue brillantemente. Incluso se puede decir que es un remake modélico. Añadiendo la idea dramática de la desintoxicación y poco más, la cinta actualiza la original con mucho conocimiento, más medios y mejor tecnología. 

La película está muy bien rodada, el ritmo es intenso y no decae en ningún momento, aprovecha cada rincón de un espacio tan exiguo como una cabaña en el bosque y más que sustos busca que la angustia y el terror se aferre a tu garganta. Trozos de cristal, un cutter, una clavadora y una motosierra mas toneladas de sangre conforman un carnaval gore del que salimos tonificados.

El desenlace retrata la película. Tensión a tope, angustia de un espacio cerrado, machete y a por el cuello del espectador, porque sino.......a qué coño ha venido.

Según cuenta el propio director, ya está escribiendo el guión de la segunda parte de la trilogía, Evil Dead 2: Dead by Dawn (Terroríficamente muertos), por lo que según cómo vayan las taquillas (yo auguro que muy bien) tendremos la trilogía en digital.  Esperemos que Fede mantenga el pulso y sólo queda que se desmelene un poco más.

El director quiso desde el principio que Roque Baños compusiera la banda sonora y acertó plenamente. El músico de referencia en las películas de Alex de la Iglesia además de Frágiles, Alatriste  o Intruders aporta una ambientación musical y unos subrayados excelentes.

Aunque ya es público y notorio, recordemos que Fede Álvarez trabajaba en publicidad en Uruguay y mataba el gusanillo cinematográfico haciendo cortos. Según él mismo cuenta tiene rodados más de 20, pero llegó el día en que colgó en Youtube Ataque de Pánico (2009), en el que Montevideo sucumbe a un ataque alienígena, y cambió la historia: Hollywood llamó a su puerta. Está claro que vivimos en plena generación Youtube como ya demostrara Neill Blomkamp a quien Peter Jackson produjo Distrito 9, o el más reciente Andy Muschietti con su Mamá.

Dado que ya es considerada una película de culto, no estaría de más recordar la original The Evil Dead (aquí)


P.D. No sé si os habéis dado cuenta pero si tomamos las iniciales de los cinco protagonistas, David, Eric, Mia, Olivia y Natalie, nos sale DEMON.

sábado, 6 de abril de 2013

Viento Norte

de Enrique Anderson Imbert



El cuento "Viento Norte" pertenece al libro La locura juega al ajedrez (1971) y está incluido en la Antología El leve Pedro.




"A poco de llegar a Londres, en 1936, me convidaron a una fiesta. La deslucía uno de los invitados, tan consumido, tan demacrado que pensé: "¿Habrá tenido este infeliz la horrible ocurrencia de venir a morirse aquí?". No era viejo: cincuenta años, a lo más, pero desde mis veinticinco lo vi anciano. Tampoco era de débil constitución: su cuerpo, bajo si se considera que era inglés, dejaba adivinar una musculatura que en mejores tiempos habría sido capaz de levantar pesas en el circo. Sin embargo, el pobre estaba para que lo sacaran en camilla al sol: más que pálido, cadavérico. De seguro que algún accidente lo había arruinado y ahora los ojos azuleaban serenos y distantes como si ya hubieran avizorado a la muerte. 
Sea que las gentes lo rehuyeran o que él se apartase de ellas, lo cierto es que ese espectro de hombre -delgado, macilento, tembleque- amenazaba con desvanecerse en un rincón. Antes de que se desvaneciera del todo acudió la dueña de casa, me cuchicheó "es un famoso escritor" y me presentó. Su nombre  William Fry Harvey, no me dijo nada. Famoso, sí... Famoso para la dueña de la casa, quien, dicho sea de paso, después de haberme clavado con ese Harvey, se fue muy aliviada a reunirse con los amigos en el lado más bullicioso de la sala.
Como yo me fatigaba de sólo mirar la fatiga de Harvey -ya no podía tenerse en pie; cualquiera hubiera podido derribarlo con un dedo- le propuse que nos sentáramos. Accedió y, a paso de tortuga, nos metimos en un corredor y acabamos en un estudio desierto. Con dificultad y acaso con dolor se acomodó en un sillón blanco que hasta entonces, en contraste con los austeros grises de la habitación, había parecido muy alegre, pero que, de pronto, al recibir el peso de un enfermo, adiós alegría, se redujo a uno de esos tristes asientos en las salas de espera de los hospitales. Arrimé una silla y me le senté enfrente. Es la postura clásica -tête-à-tête- que invita a contar cuentos.
Debió de haber notado en seguida, por mi pronunciación  que yo era extranjero, pero, con típica discreción británica, no me averiguó de dónde era. Sólo cuando, en el curso de la conversación, mencioné a Buenos Aires, me preguntó si yo era argentino. habiéndole dicho que sí, se disculpó por el clima de Londres como si él tuviera la culpa, como si él -seco, canoso, friolento- fuera el invierno mismo.
   -¡Lo que va a sufrir usted con los fríos de Londres! -me compadeció-. Usted, acostumbrado al clima templado de su país...
   -No crea -le repliqué-. Prefiero el invierno. Allá en Buenos Aires ahora es verano. Uno se asa. La temperatura pasa a veces de los cuarenta grados. Y cuando sopla el Viento Norte no le digo nada. Nace en las regiones caldeadas del ecuador, junta los vapores del océano, pasa por selvas y pantanos del trópico, arrastra todos los virus que encuentra y se queda en la mal llamada Buenos Aires hasta que la atmósfera ya no da más y se descarga en tempestad eléctrica. En esos días no se puede vivir. Los nervios no aguantan. Nada aguanta: chorrean las paredes, los muebles se descolan, las llaves se enmohecen en el bolsillo, los libros se cubren de verdín, las costuras del traje se pudren de sudor... ¡Huy! Viscoso, todo viscoso... La irritación de las gentes es tal que, junto con el mercurio de los termómetros, sube el índice de criminalidad. No exagero. La policía lo sabe: son días de discusiones, locuras, peleas y asesinatos. Créame, míster Harvey: de un verano en Buenos Aires, sobre todo cuando sopla el Viento Norte, un escritor podría sacar mucha materia para cuentos e violencia. 
   -¿También usted es escritor? -me dijo fingiendo cómicamente una mirada aprehensiva.
  -Oh, no -le contesté riéndome-. Periodista y gracias. Pero me gusta regalar anécdotas a los escritores amigos. ¿Quiere que le regale una?
Míster Harvey sacó la boca de donde la tenía sumida y se esforzó en ponerla en una sonrisa.
   -A ver qué le parece esta anécdota, que causó sensación en los círculos intelectuales de Buenos Aires. Un poco más y se hace folklore. A mí me la contaron varias veces, y en diferentes versiones.
Y se la conté, más o menos, como la recuento ahora y aquí.

*  *  *

El 19 de enero de 1934 -a las dos de la tarde el termómetro indicó la máxima absoluta de cuarenta y cinco grados- Masaccio, viñetista italiano a sueldo de la editorial Espasa, se derretía en una pieza de hotel. Fue a apantallarse con un cartón y de pronto, obedeciendo a una fuerza inexplicable como no sea por el hábito de jugar con el lápiz, se puso a borrajear un croquis. El lápiz no ligaba los trazos, sino que, caprichosamente, los dispersaba por el cartón. Ese rayado ¿para qué servía?: ¿para un banco, para una puerta? y este perfil que sube ¿dónde va? Ah, quizá quiere contornear un cuello, un mentón, una mejilla... Era como si un segundo Masaccio -sin haber comunicado su plan al primer Masaccio- estuviera dibujando por él. Aunque no. No era un doble. Un doble duplicaría, con idéntica imaginación, su modo de concebir los detalles del diseño. Estos, en cambio, le eran ajenos. No. Un doble, no. Más bien era otro artista, muy distinto, que se había metido en el cuerpo de Masaccio y desde adentro le conducía el brazo. Ahora los rasgos empezaron a juntarse. Cinco, diez, quince minutos después ya el bosquejo estaba cobrando sentido. Se movía, vivía. Masaccio miraba lo que había hecho y no lo podía creer. ¿Él, era él, él, quien estaba dibujando eso? Por lo pronto, la escena que dibujaba era como las de la serie de Les Gens de Justice de Honoré Daumier, sólo que sin sarcasmo ni intenciones caricaturescas. Un reo, de frente, con las manos aferradas a la barandilla, abría los ojos, no tanto de desesperación por la sentencia que acababa de recibir, sino de sorpresa por lo que descubría en un cartón que el juez, de espaldas, le estaba mostrando.
Masaccio nunca había visto a ese hombre. Nunca había presenciado una escena semejante. Nunca había pisado los Tribunales. Sin embargo, el dibujo parecía copiado del natural. Las líneas, vigorosas y elocuentes, daban vida a un instante en la historia del crimen. Más que un objeto dibujado por el placer del arte por el arte era la expresión de un juicio, no solamente un juicio criminal tramitado ante los Tribunales, sino el juicio moral de un hombre sobre su prójimo, sobre su hermano. Con honda compasión, el artista ofrecía la imagen ¿de un pobre hombre?, sí, pero más: del pobre Hombre. ¿De un criminal?, sí, pero más: de un Caín juzgado por un comprensivo Abel poco antes del Juicio Final.
Masaccio era un ilustrador ornamental y fantasioso, pero esta vez, sin que él supiera ni cómo ni por qué, le había salido una obra maestra de realismo. Los detalles eran impresionantes. El esqueleto del criminal, aunque invisible, estaba presente en los gestos de su poderosa anatomía. El pelo cortado a cepillo, una cicatriz en la sien, las hinchadas fosas de la nariz, la boca abierta con un diente de menos, los ojos atónitos daban carácter a esa cabeza atormentada por oscuros pensamientos.
Masaccio paró el cartón sobre la mesa, lo admiró como si no fuera suyo y murmuró: "Este no es mi estilo; ¿será que me he muerto, en un ciclo ya perimido de mi vida de artista, y de ahora en adelante seré otro?". Turbado por la sensación de haberse despedido para siempre del que era, arrojó una mirada a la sórdida habitación, a la cama deshecha, maldijo la hora en que se desterró, pensó en la bella Italia y se lanzó a la calle.
Fue un error. La ciudad era un horno. Los pies sintieron el calor a través de las suelas de los zapatos que se hundían en el asfalto. la camisa, empapada de sudor, se pegó a las carnes: repugnante mucílago. Huyendo de sí mismo, caminó y caminó sin saber por dónde iba. Avenidas, casas, árboles vibraban en una luz irreal; él era un perro acosado que no podía tenderse en ninguna sombra. Ya a punto de desmayarse comprobó, por una verja, que esos altos muros a los que se había arrimado eran los del cementerio de Chacarita. Cruzó la calle. En un portón había una losa con letras doradas: "Marmolería de Donatello. Pedestales, balaustradas, altares, fuentes, decoración de sepulturas, inscripción de lápidas y toda clase de trabajos de marmolistería".
Ese nombre, Donatello, y el suyo propio, Masaccio, sonaron como ecos de voces que reñían en el fondo de los siglos o, en todo caso, en el fondo de la reminiscencia de una lectura olvidada, ¿lectura, tal vez, de las vidas de pintores, de Giogrio Vasari? Presintió que una lúcida divinidad, escondida detrás de un cielo que sólo a los que abajo podía parecer adusto, se disponía a meter la mano en el tablero y a jugar con el destino de dos hombrecitos que habían sido, en una remota partida, y ahora volvían a ser en esta copia de la anterior.
Masaccio entró en el patio y, del lado de la izquierda, por donde también le llegaban los latidos del corazón, oyó ruidos de martillo y cincel. ¡Qué!, ¿había en buenos aires, hundida a esas horas en un universal letargo, otra alma en pena que, como él en su hotel, se empeñaba en seguir trabajando a pesar del bochorno?
Se asomó al taller.
Un hombre, de espaldas, estaba acuclillado ante un bloque de mármol, a primera vista oficiando un esotérico ritual. La camisa era escarlata -una llamarada- y de la cabeza -o de un cigarrillo oculto- salía un humo ominoso.
Golpeó las manos.
El hombre se volvió y entonces Masaccio, como en una pesadilla, lo reconoció: era el del cartón. El mismo pelo cortado a cepillo, las mismas fosas nasales respirando fatigosamente, la misma cicatriz en la sien y, al sonreírse, un diente de menos. Salvo en la expresión -el hombre, ahora, miraba sin sorprenderse de nada- era exactamente igual. 
   -No me siento bien -dijo Masaccio desde la puerta-. ¿Podría darme un vaso de agua, por favor?
El hombre se puso de pie y se enjugó el sudor de la frente con la manga de su camisa escarlata.
Mareado, Masaccio se apoyó en un ángel de mármol, pero tuvo que retirar la mano: envuelto por el aire que reverberaba en olas de fuego ese ángel quemaba como si acabase de llegar del infierno.
   -Agua, no. Aguardiente es lo que usted necesita. Pase y siéntese -dijo el hombre-; fue a la alacena y trajo una botella, dos vasitos y una copa de agua. Digan lo que digan, no hay nada como el aguardiente. Es bueno para el corazón. Bébase esa copa y, después, dele al aguardiente.
El hombre trataba a Masaccio con familiaridad. Cualquiera hubiera dicho que eran viejos conocidos. Aun se sonrió con picardía como sabiendo que Masaccio sabía que el convite era una excusa para beber con él.
Masaccio tragó agua mientras el otro tragaba aguardiente.
   -Lamento haberlo interrumpido en su trabajo.
   -No. Justamente cuando usted entró yo terminaba de grabar una fecha, que era lo único que quedaba por hacer.
   -¿Una lápida?
   -Sí. Pero ésta no me la encargaron. Aunque debo confesarle que la he labrado de un tirón. ¡Ni que me la hubieran encargado estando yo dormido!: uno despierta y todo lo que recuerda es que hay que hacer una lápida... Hoy yo no pensaba trabajar. Imagínese. ¡Con este calor! Pero descubrí en un rincón un mármol defectuoso que no sé cómo fue a parar ahí: si lo vi antes, se me ha olvidado. Bueno. No bien descubrí el mármol defectuoso ya estaba yo, como un poseso, con las manos ocupadas en el martillo y el cincel. Todavía me pregunto qué es lo que me hizo trabajar con tanta furia. ¡Eh! Sea como sea, se me ocurrió labrar un modelo de lápida que sirva de reclamo. La exhibiré en el patio, a la vista de los que pasan. Inventé un muerte, ¡je, je, je!, lo bauticé con un nombre raro que me vino no sé si del cielo, del purgatorio o del infierno y le puse la fecha de hoy. Acérquese. Mire.
Masaccio se levantó, dio la vuelta y se enfrentó a la lápida. Decía: "Yace aquí Masaccio. Nació el 20 de noviembre de 1900. Murió, arrebatado por el destino, el 19 de Enero de 1934". 
Masaccio se tambaleó como golpeado por un portento.
   -¿Qué le pasa? Beba, beba más. Es el calor.
Y el hombre se sirvió otro vasito.
   -No es eso. ¿Sabe una cosa? Ese nombre de la lápida es el mío.
   -¿De veras? ¿Masaccio? ¡Y yo que creía que en Buenos Aires no podía haber nadie que se llamase así! ¡Qué casualidad! Bueno... Mucho gusto. Yo soy Donatello.
   -Ya sé -dijo él, y tuvo que sentarse, vencido de cansancio por un largo viaje en páginas medio olvidadas de las Vidas de Vasari. ¿Telepatía? Más, más: a sus espaldas oyó los pasos del Destino, cada vez más cerca de sus víctimas.
   -Masaccio... Donatello... -murmuró-. ¿Qué hacemos en Buenos Aires?
   -¿Por qué lo dice? ¿Por que somos italianos? ¡Bah! Buenos Aires es una colonia de fantasmas italianos.
   -Pero es que no sólo el nombre de la lápida es mío: también ésa es la fecha de mi nacimiento.
   -¡No me diga! ¡Eso sí que es coincidencia! -exclamó Donatello, y apuró otro trago-. Pero por lo menos hay algo que no coincide, ¿eh?: la fecha del óbito. ¡Ja, ja, ja!
Masaccio no quiso mencionar otra coincidencia aún más perturbadora: la de su criminal sentenciado que resultaba ser el retrato de Donatello. Vislumbró, entre desgarrones de nubes allá en los picachos de su cerebro, un enigma titilante como estrellita.
Al cabo de un rato no pudo resistir más la sospecha que lo estaba reconcomiendo y le dijo:
   -Perdóneme, pero hay algo extraño que... no sé... me gustaría aclarar. Usted nunca oyó hablar de mí, ¿no?
   -No.
   -Por mi parte, no recuerdo haberlo visto nunca a usted. Sin embargo, tengo razones para creer que debo de haberlo visto, sino personalmente, en fotografía. Dígame, ¿usted ha tenido alguna vez algo que ver con la justicia?
Donatello se puso serio.
   -¿Yo? Nunca -protestó con dignidad.
   -¿Algún lío en los Tribunales? ¿Algo que hizo y por eso lo procesaron?
   -Nunca. Ni una multa. ¿Por qué me lo pregunta? ¡Avise! ¿Acaso me ve cara de criminal?
   -¡No, no! discúlpeme -dijo Masaccio al tiempo que retrocedía un paso para librarse del halito alcohólico del hombre; precaución inútil, pues el hombre, avanzando un paso, recuperó la distancia perdida y lo apremió con el mismo aliento:
   -¡Caray! Por algo me lo habrá preguntado. Dígamelo.
   -Nada, nada.
   -Ah, eso no. No me va dejar ahora con la espina. ¿Qué se ha creído? Se mete en mi casa, lo trato bien y ahora me sale con insinuaciones...
Cuanto más hacía Masaccio por eludir una conversación que iba tomando mal cariz, más se enfurecía el otro. 
Donatello (¡Qué parecido con el dibujo!) acabó por gritar, rojo de aguardiente, loco de viento norte:
   -¡Usted me ha ofendido, desagradecido!
   -Discúlpeme -suspiró Masaccio con una voz compadecida, triste y resignada. Acababa de comprender: el juego llegaba a su fin.
Entonces, ya vesánico, Donatello volvió a agarrar el cincel. 
   -¿Y es éste el destino que, según su lápida, me arrebataría trágicamente? -preguntó Masaccio sin esperar respuesta; pero en medio del dolor y de su propio grito, alcanzó a oír:
   -Desgraciadamente, sí.

*  *  *

Con eso terminé el relato.
Míster Harvey lo había escuchado con atención, pero cuando terminé bajó la cabeza y se quedó callado. Estábamos tête-à-tête -ya lo dije- en la postura clásica que invita a contar cuentos. Excepto que lo clásico es que el viejo sea quien cuente y el joven quien escuche.
Aquí, al revés. Por si acaso míster Harvey no me había entendido el cuento -además de enfermo parecía medio sonso- se lo expliqué.
   -¿Comprende, míster Harvey? el juez, cediendo a un impulso secreto, vaya uno a saber si de humor o de perplejidad, mostró a Donatello, en el momento de sentenciarlo, el dibujo de Masaccio que la policía se había incautado en el hotel durante la investigación del asesinato. Donatello, al reconocerse, abrió tamaños ojos: fue ésa, precisamente, la expresión que Masaccio había captado. ¿Comprende? un embrollo de tiempos: todavía en el pasado cierto presente fue ya un futuro... Un misterioso cataclismo cósmico. Las vidas de Masaccio y Donatello se entreveraron, como si dos trenes que corrieran paralelamente descarrilasen, saltasen de las vías, chocasen en el aire y cayesen entrecruzados. ¿Qué le parece? Si le gusta se lo regalo. ¿Por qué, míster Harvey, no escribe sobre este suceso? Es raro, ¿no?
Cuál no sería mi sorpresa cuando míster Harvey, que me había dado la impresión de estar a las puertas de la muerte, ya sin fuerzas para hablar, me contestó, con voz cascada, sí, interrumpiéndose en accesos de tos, sí, pero con autoridad, vehemencia, irónica, lógica y amplitud:
   -¿Raro? Mucho más de lo que usted cree. En su relato hay un abominable destino que, en el mismo día, opera en forma de premonición en dos personas que se encuentran por casualidad. Llamémoslas "A" y "B", si usted no tiene inconveniente.
    -Ninguno.
  -"A" dibuja a quien va a ser su asesino y "B" graba el nombre de quien va a ser su víctima. El acontecimiento de la condena de "B" que "A" ha dibujado es posterior al acontecimiento de la muerte de "A" que "B" grabó.
Paré la oreja. Yo no había leído nada de míster Harvey, "famoso escritor" según la dueña de casa, pero qué duda había de que quien era capaz, con tal rapidez, de reducir un relato a su esquema elemental, también debía de ser capaz de construir relatos partiendo de esquemas como ése. Continuó:
   -Algo parecido a este descarrilamiento de tiempos de que usted hablaba nos está pasando a nosotros dos. 
Usted y yo nos hemos encontrado aquí también por casualidad y estamos en la inminencia de un crimen; en este caso el crimen sería un plagio. Ya lo dice el refrán: el mejor plagio es ése en el que el robo va acompañado por un asesinato; o sea, la completa obliteración del nombre del verdadero autor. Usted oyó la anécdota en Buenos Aires, varias veces, en diferentes versiones, y ahora, muy amable, me la quiere regalar para que yo la convierta en un cuento inglés. Muchas gracias. Pero esa anécdota que argentinos anónimos están transmitiendo de boca en boca, antes de hacerse folklore fue literatura. Supongo que debió de haber llegado a la Argentina un libro titulado The Beast With Five Fingers, de 1928, y cayó en manos de un conversador. Allí hay un cuento, no tan hábil como la versión de usted, pero con una situación parecida: "August heat". Léalo. Lo escribí yo.
Abrí los ojos: ¡Claro! ¿Acabáramos! ¿A qué asombrarse de que míster Harvey fuera capaz de reducir mi relato a un esquema elemental?: después de todo, ese relojero de idóneos dedos no hay más que desarmar las piezas del reloj que él mismo había armado antes...
No sé si divertido o avergonzado, exclamé:
   -¡Perdón, míster Harvey, perdón! ¡Qué plancha!: yo, con aires de gran señor, le obsequio un cuento... ¡y resulta que era de usted! ¡Qué papelón!
Mi cara debió de ser la pintura del avergonzado más que la del divertido, pues sentí que míster Harvey me miraba con simpatía. Extrañado de que en las cuencas oscuras de su calavera aún hubiera ojos que brillasen, bajé la vista y murmuré:
   -Perdóneme. Si lo plagié, fue sin querer...
   -No se aflija -me dijo, agarrándome la rodilla con los cinco dedos de su mano huesuda-. Nolens volens, todos plagiamos. uno cree inventar un cuento, pero siempre hay alguien que lo inventó antes. Tome, por ejemplo, el tema del cuadro que absorbe la vitalidad de criaturas reales o que influye sobre sus destinos. Centenares de escritores lo han elaborado: Oscar Wilde, Henry James, Galdós, Poe, Gogol, Novalis, Hoffmann, Calderón...
Mientras recitaba esa nómina -era mucho más larga, pero me la he olvidado- míster Harvey se apoyó más en mi rodilla y se fue levantando del sillón como si, después de conjurar a sus sombras, se propusiera acompañarlas a redrotiempo y dejar a cada una en su morada histórica. Entonces vi a míster Harvey como siempre la imaginación popular ha visto a los contadores de cuentos: un viejo memorioso, comunicado con los primeros sueños de los hombres.
   -Un cuento sale de otro -dijo despidiéndose con un apretón de manos-; y ése de uno anterior; y así hasta los orígenes, en la mitología. Cuando publiqué "August heat" me preguntó Montague Rhodes James si yo me había inspirado en su cuento "The mezzotint". Sospecho que no me creyó cuando le aseguré que no. Y no le mentí. En "August heat" combiné "The Prophetic Pictures", de Hawthorne, con "L´esquisse mistérieuse", de Erckmann-Chatrian, y "Die Weissagung", de Arthur Schitzler, para vestir un mito griego, ¿lo reconoce?: un oráculo ha profetizado a Ifito que alguien -él no sabe quién- será castigado por haber cometido un asesinato; al mismo tiempo otro oráculo, en otra ciudad, hacer ver a Heracles que alguien -tampoco él sabe quién- ha sido asesinado; Ifito, que anda de viaje, de pura casualidad, visita a Heracles en su casa; fatalmente, el anfitrión asesina a su huésped.
   -¡Fantástico! ¡Y yo que me creía que todo eso había pasado en Buenos Aries! -le dije poniendo cara de ingenuo."


Me fascinan las espirales y las cintas de Moëbius. El mundo y sus literaturas son como esos trenes que chocan y se entrecruzan sin cesar, que dice el narrador. Este "Viento Norte" se entrevera con el "August heat" de William F. Harvey. También Borges nos hizo visitar de nuevo el Laberinto en "La casa de Asterión", y más recientemente Javier Argüello mezcló con el clásico Enoch Soames de Max Beerbohm su "Relato acerca del tiempo, de un viejo cuento, y de la manera extraña en que ocurren las cosas", incluido en el volumen Siete cuentos imposibles.