viernes, 30 de noviembre de 2012

Las nieves del Kilimanjaro


-Les neiges du Kilimanjaro-
de Robert Guédiguian






Guédiguian es el cineasta francés que un día dijo, "una película popular es una película que revela a las personas la grandeza que llevan dentro".

En esta película retorna a su universo proletario y a su Marsella natal. Michel es representante sindical en los astilleros y la crisis  provoca su despido junto a un grupo de trabajadores. Prejubilado pero sin agobios económicos decide dedicarse a su mujer y sus nietos. Para celebrar los treinta años de matrimonio sus hijos le regalan un viaje al Kilimanjaro. De repente un día les atracan violentamente en su casa. El choque es brutal, ni Michel ni su mujer Marie Claire se explican qué ha pasado. Ellos son simples obreros. 


Por casualidad descubre que el ladrón es uno de sus compañeros también despedido. Le denuncia y es detenido; pero a la vez descubre que de él dependen dos hermanos a los que está criando. 

Sólo una mirada limpia y éticamente elevada será capaz de dar un golpe al timón. El matrimonio ha luchado toda su vida por la libertad y la solidaridad y aunque la justicia sigue su curso ciego, no pueden dejar en la estacada a los dos jóvenes inocentes.

Sobre esta descarnada realidad posa el director una mirada entrañable y conmovedora. Basada en el poema "La gente pobre" de Victor Hugo, el mismo director explica su inspiración:
"El final del poema, cuando el pobre pescador, al quedarse con los hijos de la vecina fallecida, dice: "Teníamos cinco hijos, ahora serán siete", antes de descubrir que su mujer se le había adelantado trayéndoles a casa, es conmovedor. Semejante bondad es ejemplar. Además, está la concordancia, el gesto de amor de ambos personajes, el hombre y la mujer, iguales en su generosidad. Pensé que sería un magnífico final para una película. Sólo quedaba encontrar una ruta contemporánea que llevara a ese punto."
La historia es un cuento moral improbable pero no imposible. Michel tiene una bonita casa en una urbanización fruto de su trabajo;  pero la situación a su alrededor se deteriora. El agresor es un nuevo pobre generado por un sistema injusto e importa comprobar el choque que supone para la pareja que la agresión provenga de uno de su misma clase.



Una sociedad depauperada -y no sólo económicamente- nos va convirtiendo en insolidarios y voraces. Michel y Marie Claire están perplejos y charlan sentados en su terraza. Tienen ante sí un dilema, cómo son ahora y cómo eran de jóvenes cuando no tenían nada. No hay rastro de pedantería en sus reflexiones morales. Todo desprende naturalidad.

El director ha cuidado cada detalle para componer una película luminosa. Reconocía en una entrevista que 
"Pierre Milon, me propuso volver a rodar en 16 mm, material que abandonamos hace dos películas para rodar en digital. Y ha sido un placer. Aporta calor, grano a la imagen, como si tuviera más vida. He regresado a lo que podríamos llamar mis "fundamentos", tanto en el fondo como en la forma".
La cámara nos acerca a las tareas del hogar, la educación de los hijos, el cuidado con que Marie Claire atiende a una anciana, las barbacoas como masaje social y familiar. "En esta película hay muchas chuletas, sardinas, salchichas...." reconocía el director. 

Guédiguian es un director de izquierdas, comprometido. En todas sus películas aflora el entorno laboral, la situación social. Esta película, como casi todas las suyas, está rodada en Marsella, y en concreto en el barrio de L´Estaque, el barrio de su infancia. 



Jean-Pierre Darroussin interpreta a Michel. También participó en otro cuento moral como Le Havre de Kaurismaki. 

El título de Les neiges du Kilimanjaro se debe a una canción de Pascal Danel, de 1966, que se escucha en un momento de la película y justifica de manera nostálgica uno de sus episodios.


Espiga de Plata en la Seminci 2011 de Valladolid con todo merecimiento. 

Las pobres gentes


Poema que inspira la película "Las nieves del Kilimanjaro" de R. Guédiguian; parece una buena ocasión para leerlo.
de Victor Hugo


I

Es de noche. La choza es pobre, aunque segura.
Sombrío es su interior, mas algo se percibe
que irradia entre las sombras de su oscuro crepúsculo.
Redes de pescador cuelgan de sus paredes.
Y al fondo, en un rincón, una vajilla humilde,
encima de un arcón, destella vagamente,
y una gran cama adviértese, echadas sus cortinas.
Cerca, un colchón se extiende sobre unos viejos bancos,
y cinco niños sueñan en él como en un nido
de almas. El hogar donde unas llamas velan
alumbra el techo oscuro, y una mujer, de hinojos,
la frente sobre el lecho, reza y piensa, agitada.
Es su madre. Está sola. Blanco de espuma, afuera,
contra el viento, las rocas, las sombras y la bruma,
el torvo Océano lanza sus oscuros sollozos.

II

Su hombre está en el mar. Marino desde niño,
contra el siniestro azar libra una gran batalla.
Llueva o truene, sin falta ha de salir él siempre,
pues las criaturas tienen hambre. Al atardecer
parte cuando las aguas profundas van subiendo,
del dique, los peldaños.
La mujer quedó en casa cosiendo viejas telas,
remendando las redes, cuidando los anzuelos,
ante el hogar velando la sopa de pescado,
y a Dios luego rezando cuando los niños duermen.
Él, solo, combatido del mar, cambiante siempre,
se adentra en sus abismos y se pierde en la noche.
¡Qué esfuerzo! Todo es negro y frío, nada luce.
En los rompientes, entre las delirantes olas,
el buen banco de pesca y, sobre el mar inmenso,
el lugar móvil, negro, cambiante y caprichoso,
tan querido a los peces de aletas plateadas,
no es más que un punto sólo, grande como dos chozas.
Mas, de noche, en diciembre, con niebla y aguacero,
para encontrar tal punto sobre el desierto inquieto
¡cómo hay que calcular el viento y la marea,
y combinar con tino todas las maniobras!
Bordéanlo las olas como culebras verdes;
el mar tuerce y se encrespa sus pliegues desmedidos,
y hace gemir de horror los pobres aparejos.
Sueña él con su Jeannie, solo en el mar helado,
y ésta, llorando, llámalo, y entrambos pensamientos
se cruzan en la noche cual dos divinos pájaros.

III

Ella reza, y la alondra con su burlón graznido
importúnale, y entre escollos derruidos
le aterra el Océano, y mil distintas sombras
su espíritu atraviesan, de mar y marineros
llevados por la cólera furiosa de las olas;
y mientras, en su caja, cual sangre en las arterias,
el frío reloj late, vertiendo en el misterio
el tiempo gota a gota, inviernos, primaveras,
las varias estaciones; y estas palpitaciones
abren para las almas, y a modo de bandadas
de azores y palomas, por un lado, las cunas;
las tumbas por el otro.

Ella medita y sueña: —“¡Oh Dios, cuánta pobreza!”
Sus hijos van descalzos en invierno y verano.
No comen pan de trigo, sólo pan de cebada.
¡Oh Dios, el viento ruge como un fuelle de fragua!
El mar bate en la costa como si fuera un yunque,
y las estrellas huyen entre el negro huracán
como un turbión de chispas por una chimenea.

Es ya la medianoche, la hora en la que ésta
como jovial danzante ríe y juguetea
bajo antifaz de raso que iluminan sus ojos;
la hora en que medianoche, bandido misterioso,
de sombra y lluvia lleno y su frente en el cierzo,
toma a un pobre marino tembloroso y lo estrella
contra espantosas rocas que aparecen de pronto.
¡Qué horror!, el hombre cuyos gritos el mar sofoca,
siente ceder y hundirse la barca en que naufraga,
y mientras siente abrirse las sombras y el abismo
bajo sus pies, ¡aún sueña con esa vieja argolla
de hierro, de su muelle, bañado por el sol!

Estas tristes visiones su corazón conturban,
negro como la noche. Y ella tiembla y solloza.

IV

¡Oh la pobre mujer del pescador! Qué horrible
es tener que decirse: —“Todo cuanto yo tengo,
hermano, padre, amante, mis hijos más queridos,
el alma de mi alma, están en ese caos
perdidos, mi corazón, la carne de mi carne.”
¡Ser presa de las olas es serlo de las bestias!
Pensar —¡Cielos!— que el agua juegue con sus cabezas,
desde el hijo, grumete, al marido, patrón,
y que el viento soplando por sus trompas horribles
sobre ellos desate su larga y loca trenza,
y tal vez a esta hora se encuentren en peligro,
sin que saber podamos lo que están ahora haciendo
más que para enfrentarse a ese abismo sin fondo,
a esas oscuras simas donde no hay ni una estrella,
¡tienen sólo una plancha con un poco de tela!
¡Terrible angustia! Corren todas sobre las rocas.
Las olas suben; háblanles, grítanles: —“Devolvédnoslos”.
Mas ¡ay! qué es lo que puede decirse al pensamiento
del mar, siempre sombrío, y siempre trastornado!

Jeannie está aún más triste. ¡Su esposo está allá solo!,
en esta áspera noche, bajo el frío sudario,
sin ayuda. Sus hijos son aún pequeños. Madre,
dices: “¡Si fueran grandes! ¡Qué solo está!” ¡Quimeras!
Mañana, cuando partan ya acompañando al padre
dirás entre sollozos: “¡Oh, si aún pequeños fueran!”

V

Toma ella su linterna y su capote. Es la hora
de ir a ver si regresa y si la mar mejora,
si ya es de día y el mástil muestra su gallardete.
¡Vamos! De casa sale. La brisa matutina
no sopla aún. No hay nada. No está esa línea blanca
en el confín en donde se aclaran las tinieblas.
Llueve. Oh, qué siniestra la lluvia, de mañana.
Parece que el día tiembla, que está incierto y dudoso,
y que al igual que un niño, llora al nacer el alba.
Sale. No hay luz alguna en ninguna ventana.

De repente, a sus ojos que buscan el camino,
con una rara mezcla de lúgubre y de humana
una pobre casucha, decrépita, aparece,
sin luz ni fuego alguno; su puerta bate el viento;
sobre sus viejos muros hay un techo oscilante,
y el cierzo en él retuerce repugnantes rastrojos,
sucios y amarillentos como un río revuelto.

“¡Vaya!”, no me acordaba de esta pobre viuda
—se dice—; mi marido la encontró el otro día
enferma y solitaria; voy a ver cómo anda”.

Golpea ella la puerta; escucha, no hay respuesta,
y Jeannie bajo el viento del mar tirita y tiembla.
“¡Enferma! ¡Y sus hijos andan tan mal nutridos!…
No tiene más que dos, pero está sin marido”.
Golpea otra vez la puerta. “¡Eh, vecina, vecina!”
Pero la casa calla. “Oh Dios —se dice inquieta—,
¡cómo duerme que no oye ni aun tras llamar tanto!”
Pero esta vez la puerta, como si de repente
los objetos sintieran una piedad suprema,
triste, giró en la sombra y abrióse por sí misma.


VI

Entró, y su linterna iluminó la negra
estancia muda al borde de las rugientes olas.
Como por un cedazo caía agua del techo.

Yacía al fondo echada una terrible forma;
una mujer inmóvil, descalza y boca arriba,
con la mirada oscura y un espantoso aspecto,
un cadáver; —un tiempo madre jovial y fuerte—;
el desgreñado aspecto de la miseria muerta;
los despojos del pobre tras su tenaz combate.
Pender dejaba ella un frío y yerto brazo
con su mano ya verde, en medio de la paja,
y brotaba el horror de aquella boca abierta
por la que alma, huyendo, siniestra, había lanzado
¡el grito de la muerte que oye la eternidad!
Cerca donde yacía la madre de familia,
dos niños muy pequeños, un varón y una hembra,
en una misma cuna sonreían en sueños.

Sintiéndose morir, su madre habíales puesto
sobre sus pies su manto, sus ropas sobre el cuerpo,
para que en esa sombra que nos deja la muerte,
no hubieran de sentir perderse la tibieza,
y así calor tuvieran en tanto que frío ella.

VII

¡Cómo duermen los dos en esa pobre cuna!
Su aliento es apacible y sus frentes serenas,
cual si no hubiera nada capaz de despertarlos,
ni siquiera las trompas del Juicio Final,
pues que, inocentes siendo, a juez ninguno temen.

La lluvia ruge afuera cual si fuera un diluvio.
Del techo, a veces, cae con las rachas del viento
una gota de lluvia sobre esa frente yerta
y corre por su rostro cual si fuera una lágrima.
Las olas suenan como la campana de alarma.
La muerta oye la sombra con expresión absorta.

El cuerpo, cuando el radiante espíritu lo dejó,
En el aire busca el alma y recordar el ángel;
Parece que entendamos este diálogo extraño
Entre la boca pálida y la mirada triste y ojeroso:
- ¿Qué has hecho con tu aliento? - Y tú, en tus ojos?

¡Ay! amar, vivir, tomar las primaveras,
Bailar, reír, grabar sus corazones, vacía su vaso.
Como pasa todo el flujo oscuro océano,
El destino da sentido a la fiesta, en la cuna,
Adorar a las madres que cumplen la infancia,
Los besos de la carne cuya alma está deslumbrado,
Canciones, la sonrisa, el amor fresco y hermoso,
El enfriamiento de la tumba sombría!

Don McCullin

VIII

Pero Jeannie ¿qué ha hecho en casa de la muerta?
Bajo su amplia capa ¿qué es lo que ella se lleva?
¿Qué es lo que transporta al salir de la puerta?
¿Por qué su pecho late? ¿Por qué apresura el paso?
¿Por qué así, vacilante, entre las callejuelas
corre sin atreverse a volver la cabeza?
¿Qué es, pues, lo que ella oculta con un aire turbado
entre su lecho en sombras? ¿Qué puede haber robado?

IX

Cuando ella entró en su casa, las rocas de la costa
blanqueaban ya. Una silla puso junto a su cama,
y se sentó muy pálida, cual si un remordimiento
la abatiese. Su frente puso en la cabecera
y, por unos instantes, con voz entrecortada
habló mientras que lejos, ronca, la mar bramaba.

“—¡Pobre hombre, Dios mío! ¿Qué va a decir? ¡Ya tiene
tantas preocupaciones! ¿Cómo pudo ocurrírseme?
¡Cinco niños a cuestas! ¡Y trabajando tanto!…
¿No habían bastantes penas, y ahora voy a darle
otra más?… —Oh, ¿es él? No, aún no. Hice mal.
Diré, si me golpea: Tienes razón. ¿Es él?
Aún no. Mejor. La puerta tiembla como si alguien
entrara. Pero no. ¡Pobre hombre!, oír
que regresa él ahora ¿es que va a darme miedo?”
Luego Jeannie quedóse temblando y pensativa,
cada vez más hundiéndose en una angustia íntima,
perdida entre sus cuitas igual que en un abismo,
sin escuchar siquiera los ruidos exteriores,
los negros cormoranes volando vocingleros,
las olas, la marea, la cólera del viento.

Ruidosa y clara abrióse la puerta de repente,
dejando un blanco rayo entrar en la cabaña,
y el pescador, alegre, con sus chorreantes redes
en el umbral mostróse, y “Así es la mar”, le dice.

X

Jeannie gritó: “¡Eres tú!”, y fuerte contra el pecho
estrechó a su marido cual si fuera un amante,
y besó su chaqueta arrebatadamente
en tanto que él decía: “¡Aquí estoy ya, mujer!”,
y mostraba en su frente, que el fuego esclarecía,
su alma franca y buena que Jeannie iluminaba.
“—Me han robado —le dice—; el mar es una selva.”
“—¿Qué tiempo ha hecho? —Duro. —¿Y la pesca? —Muy mala.
Pero mira: te abrazo, y ya me siento a gusto.
No pude pescar nada, y destrocé las redes.
El diablo andaba oculto en el viento que aullaba.
¡Qué noche! Hubo un momento que creí entre el estruendo
que el barco se volcaba, y se rompió la amarra.
Pero dime, ¿qué has hecho tú durante este tiempo?”
Ella sintió en la sombra un estremecimiento.
“—¿Quién, yo? ¡Dios mío!, nada, lo que suelo hacer siempre.
Coser y oír rugir el mar como un gran trueno.
Tuve miedo”. “—El invierno es duro, mas da igual”.
Luego, temblando como quien se ha portado mal,
“—A propósito… —dijo—, nuestra vecina ha muerto.
Ayer debió morir, en fin, ya poco importa,
al caer el sol, después que partiérais vosotros.
Dos niños deja ella, muy pequeños aún.
Se llama uno Guillaume, y la otra Madelaine;
él todavía no anda, la niña apenas habla.
Esa buena mujer vivía en la miseria”.

Cobró él un grave aspecto, y echando en un rincón
su gorro de forzado, mojado por las olas,
“—¡Diablos! —dijo— rascándose, absorto, la cabeza.
Teníamos cinco niños, con éstos serán siete.
Ya alguna noche, a veces, sin cenar nos quedábamos
los meses del invierno. ¿Cómo haremos ahora?
Bueno, no es culpa mía. Eso es tan sólo asunto
de Dios. Aun así, es un grave accidente.
¿Por qué habría de llevarse a esa pobre mujer?
¡Qué cuestión tan difícil! ¡Mucho mayor que un puño!
Para entender todo esto, hay que tener estudios.
¡Criaturas!, tan pequeños no podrán trabajar.
Mujer, vete a buscarles, pues si se han despertado,
estarán asustados de estar junto a un cadáver.
Es su madre ¿no ves?, que llama a nuestra puerta;
abrámosla a esos niños. Vivirán con los nuestros.
A todos los tendremos, de noche, en las rodillas.
Vivirán como hermanos de nuestros cinco hijos.
Cuando vea el Señor que hay que buscar comida
para esos nuevos niños junto a los que tenemos,
para esa pequeñina y para su hermanito,
Él hará que cojamos más abundante pesca.
Beberé sólo agua y haré doble trabajo.
He dicho. Ve a buscarles. Mas, ¿qué tienes? ¿Qué pasa?
Tú sueles hacer siempre las cosas más deprisa.

“—Mira, aquí están”, le dice, abriendo las cortinas. 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

El GUARDIÁN entre el CENTENO - de J.D. Salinger







Siempre encuentro en este libro modernidad, desparpajo y ese punto de melancolía que destila todo abandono del paraíso.

El guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye, 1951), causó gran controversia desde el mismo momento de su publicación. La rebeldía de su personaje principal -Holden Caulfield- y su abierto tratamiento del sexo y el alcohol constituían una novedad que parecía grosera. Con el tiempo se apreció que se trataba de una sinceridad de nuevo cuño, con ecos de un desgarro existencial. 

Holden Caulfield se ha convertido en un icono de la rebeldía y las ansias adolescentes que con dieciséis años se expresa con una naturalidad desarmante. Es sarcástico e irascible. Todo lo aborrece.

Comienza la novela cuando Holden es expulsado del colegio. Para que sus padres no se enteren de la expulsión decide pasar unos días en Nueva York

La crónica de estos días nos revelará su carácter. Es un niño mimado y considera a todos unos "falsos"; aunque él mismo al encontrarse en el tren con la madre de su compañero Ernie Morrow le dice que su hijo es un regalo divino. De su compañero de cuarto Stradlater, Holden opina que es "un imbécil" y un "bastardo sexy". A pesar de lo cual accede a redactarle una composición para la clase de inglés.

Incluso en este ensayo es él mismo. Escribe sobre el guante de béisbol de Allie, su hermano menor, muerto de leucemia. Nos descubre que habían escrito en él varios poemas con tinta verde para que Allie tuviera algo que leer en el campo. Y también que la noche en que murió Allie, Holden rompió todas las ventanas del garaje de modo que aún hoy no puede cerrar bien el puño.

Holden se muestra como un joven airado con el mundo. Su viaje no lleva a ninguna parte. Es más bien un viaje interior que descubrirá sus propias contradicciones. Un viaje sin retorno hacia la vida adulta, hacia todo lo que desprecia. Considera a todos los adultos unos falsos, por eso se aferra a los niños que aparecen en el relato. En ellos encuentra los valores más puros: sencillez e inocencia. Ese mundo infantil de felicidad plena es el que Holden quisiera proteger de una realidad fea e hipócrita.

No dejan de ser curiosas las etapas del viaje. Desde la estación al hotel toma un taxi e inquiere al conductor si sabe adónde van los patos del parque cuando el agua se congela. Ya en el hotel se cita con una prostituta, Sunny, que le acarrea un enfrentamiento con su chulo. Posteriormente va al encuentro de su viaje amiga Sally Hayes para una matinée que tilda de "ridícula". La ciudad también le harta.

Después de una noche de borrachera y una visita a los patos del parque Holden se va a casa para ver a su hermana Phoebe, que es para él la mejor niña del mundo.

Phoebe es la única persona capaz de apaciguar a Holden y mantener con él una relación sincera. El joven reconoce que no le gusta nada ni nadie que no sea su hermano Allie, y esto le deprime. También que su anhelo en la vida sería convertirse en el "receptor en el centeno". Es muy reveladora la respuesta que le da a Pheobe cuando ésta le pregunta
“¿qué te gustaría ser?” “¿Te acuerdas del poema de Robert Burns ‘Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando van entre el centeno’? [...]  Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde estoy y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Evitaría que los niños cayeran a un precipicio. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura."
La novela se convierte en la íntima confesión de un fracaso. Convertirse en un adulto es perder lo que más valora. Holden ama la infancia porque está libre de hipocresía y adora a su hermana pequeña Phoebe, porque el último nexo con su infancia.

El relato sintoniza perfectamente con lo más personal que llevamos dentro gracias a estar narrado en primera persona. A Holden le aburre todo; pero a la vez no esconde sus errores o reacciones estúpidas. Es muy directo. La realidad le resulta tosca y mediante un lenguaje muy vívido y personal (con persistentes coletillas tipo "¡Jo!", y repitiendo "dijo", "dije" constantemente) nos hace compartir su periplo desgarrado y caótico.
Es curioso que al final de esta confesión, Holden se arrepienta de ella: "No cuenten nunca nada a nadie. Si lo hacen, empezarán a echar de menos a todo el mundo".











Al ser detenido John Hinckley, después de intentar asesinar al presidente Ronald Reagan en 1981, declaró que estaba obsesionado precisamente con este libro.

The Catcher es el receptor de la pelota en el béisbol. Por eso en Hispanoamérica se tradujo en un principio como El cazador oculto; dado que el receptor es el que caza las pelotas (o los niños en nuestro caso) para que no se pierdan. De todos modos, alguien convenció a Salinger de que El guardián entre el centeno era más exacto y él prohibió que se tradujese de otra manera.  


domingo, 25 de noviembre de 2012

MELANCOLÍA - de Lars von Trier



La película tiene tres partes bien diferenciadas. La introducción es fascinante, resume toda la película y constituye una pequeña obra maestra llena de imágenes maravillosas cuya ralentización no hace sino hipnotizarnos.

La primera parte está dedicada a Justine, interpretada espléndidamente por Kirsten Dunst. Esta parte del metraje lo ocupa el día de su boda y Justine se lo pasa enfundada en el traje blanco. 
Esta celebración reproduce todo un ecosistema, el de familia, amigos y jefe, que nos muestra lo peor de la especie. El padre infantiloide y gracioso (Justine lo persigue, necesita hablar con él, pero siempre logra escaquearse), madre resabiada, jefe abusón que pretende exprimirla incluso ante el altar, etc. Este ecosistema se ubica en un mundo cerrado, la fastuosa finca que la hermana ha cedido para la ceremonia. Encerrados y asfixiados en su convencionalismo e hipocresía nos hacen recordar a El ángel exterminador del maestro Buñuel.

La segunda parte es como el espejo negro de la primera. Del fiasco de su boda, Justine ha salido con depresión, sólo quiere abandonarse y dormir. El drama de su hermana, burguesa propietaria de la mansión, toma el relevo. La amenaza del planeta Melancolía, que se acerca peligrosamente a la Tierra, se coloca en primer plano y la angustia se apodera de esta familia. Justine simplemente espera, sólo quiere ser espectadora. 

Melancolía se convierte en un foco que alumbra el firmamento, pero también el alma de estos seres. Justine no teme la destrucción (su nombre no parece elegido al azar). De hecho, en una poética imagen, se tumba desnuda sobre el césped, ofreciéndose a una gozosa inmolación. Mientras tanto su hermana Claire desespera y Justine trata de tranquilizarla. Ella ha aprendido que la vida es sufrimiento y desolación. La destrucción del mundo se constituye en metáfora de la depresión de Justine.

Las heroínas con que Lars von Trier ha sembrado su filmografía tienen aquí dos representaciones antitéticas. Ambas son el anverso y el reverso de cómo afrontar la existencia.  Justine no comparte la vileza y cinismo de la sociedad en que vive. Su hermana Claire en cambio es absolutamente convencional. 



En general cabe  decir que la película tiene un poderío visual al alcance de muy  pocos autores;  pero creo que en su conjunto está desequilibrada y su tesis tiende a la vacuidad. La introducción es poesía visual, el final es apoteósico; pero entremedias hay pocas novedades. Hay muchas escenas que no aportan nada. Mostrar los males de la sociedad a través del artificio de una boda tropieza con numerosos lugares comunes y carentes de interés.


Me interesa más la niebla gris, la depresión. Y la metáfora. Hay un punto de inflexión, una clavija que nos da la clave de este mundo cerrado que tiende a la implosión.  En cada ocasión que Justine intenta huir de la mansión algo lo impide. El puentecito de madera que en varias ocasiones intenta cruzar sin conseguirlo emerge como una fatalidad. Claire logra huir en primera instancia, con el coche eléctrico de golf, pero a la postre vuelve a la mansión.


Melancolía es sobre todo una creación visual, inundada de imágenes bellísimas, como esa interpretación de la Ofelia de Millais o el plano final con las dos hermanas y el niño esperando el fin. 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

La parte de los ángeles

-The Angel´s Share-
de Ken Loach






Siempre me ha atraído de Ken Loach su capacidad para mostrar el desgarro de unos seres abandonados a su suerte y la ternura con que afrontan su indefensión. Si en sus primeras películas el crudo realismo se imponía, después de más de cuarenta años de carrera ha añadido a su paleta unos gramos de comedia sin perder un ápice de pasión. 

La parte de los ángeles se nos muestra como una fábula moral sobre el círculo vicioso que parecen constituir juventud, paro y delincuencia. Sin desdeñar la denuncia social, Loach y su guionista ponen en pie una gozosa ficción que constituye todo un canto de esperanza. Un improbable robo aportará una dosis de suspense y hará partícipe a Robie, el protagonista, de la pizca de chance con que sólo los ángeles pueden retribuir.

En el comienzo vemos a un grupo de jóvenes recibiendo la reprimenda del juez y su sentencia de trabajos comunitarios. Pero hay uno que está a punto de ser padre y sobre este hecho, el joven Robie buscará una segunda oportunidad. La casualidad quiere que su monitor sea un gran connaisseur del whisky escocés. Para oxigenarles de su conflictivo entorno les invita a una cata donde Robie descubrirá sus aptitudes para estas pruebas. Introduciéndose en este mundillo se le cruzará la oportunidad de un robo en una destilería.
No es sólo otra típica película de Loach. El pulso narrativo y la comicidad es encomiable. Posee además ligereza y suspense. Está dotada de una entrañable mirada hacia unos personajes condenados por su propia sociedad. El guión tiene una finura exquisita para conducirnos por los difíciles meandros en que transcurre la vida de estos jóvenes en paro. 

La cinta se beneficia de la costumbre del director por contar con actores naturales. Sin duda, bajo su batuta, todo el elenco desborda verosimilitud. Robie está interpretado por Paul Brannigan, voluntario en la rehabilitación de drogadictos. Paul Laverty lo encontró en un centro social y acabó convenciéndolo para sumarse al proyecto.

Asimismo el experto en whisky, Charles Maclean, prácticamente se interpreta a sí mismo, como director de las catas. 

La tensión dramática está perfectamente trazada en dos escenas: una es el desgarrador encuentro programado de Robie con su  víctima,  a la que pateó hasta inutilizarle un ojo. En otra asistimos al acoso que sufre por parte de una banda rival. Su suegro no esconde su decepción y con crudeza le invita a huir: no puedes ofrecerle nada a mi hija, eres carne de cañón, viene a decirle. Pero él está dispuesto a luchar por una segunda oportunidad, aferrado a su hijo recién nacido.

Como espectadores estaremos a su lado y la perseverancia de su mala suerte nos llevará a una de las mejores escenas, cuando la policía, sin venir a cuento, detiene a todo el grupo para cachearles.

La misma tarjeta que Robie deja a su monitor de trabajo social, podemos dedicar nosotros a Loach y a su guionista: "Gracias por darnos una nueva oportunidad". Glasgow, escenario recurrente en la filmografía del director, se ve aquí embellecido por los paisajes evocadores de las highlands y las recluidas destilerías.

En este entorno se denomina la parte de los ángeles al 2 % del producto que se evapora durante su envejecimiento en barrica. Esta imagen y el grupo de jóvenes, le brindan al director la oportunidad de crear una metáfora sobre las segundas oportunidades que reúne brillantez y emoción a raudales.

Premio del Jurado en el Festival de Cannes.

lunes, 19 de noviembre de 2012

PLOP - de Rafael Pinedo











El fin del mundo es un barrizal.-


Autor argentino nacido en 1954. En un momento dado quemó sus escritos y sólo a los cuarenta años retomó la escritura. Con la publicación de Plop ganó en 2002 el Primer  Premio de Novela Casa de las Américas. Su brillante carrera literaria quedó truncada por una temprana muerte en 2006. Su vida atravesó todas las dictaduras, lo que sin duda destiló ese mundo apocalíptico en que se desarrolla su trilogía la destrucción de la cultura, integrada por la presente, Subte y Frío. Esta última obra resultó finalista del Premio Planeta Argentina en 2004, pero la novela no llegó a publicarse y ha permanecido inédita hasta que en 2011 fue editada  en Salto de Página

Plop es el protagonista. El nombre se lo pusieron por el ruido que hizo al nacer cayendo en el barro. Al contrario que los paisajes del libro, permanentemente lluviosos y embarrados, la prosa de Pinedo es seca, esencial. "Anduvieron un día y medio, casi sin comer. El paisaje era siempre el mismo: barro, hierro retorcidos, cascotes, basura, algún arbusto" p.39

El paisaje es inhóspito, las personas lobos en la intemperie, el lenguaje desnudo. Sus frases son cortas como trozos de cristal que te hieren.
"Llovía. Hacía mucho que llovía. Y hacía mucho frío.
No había nada para comer. La chancha estaba preñada.
Tenía guardia día y noche para que no se la comieran. Los cuerpos de los que morían la alimentaban.
El Comisario General había dicho que antes que sacrificar a la chancha, prefería comerse a su mujer.
Las mujeres parían hijos muertos". pág. 88
Los escasos personajes que pululan por este mundo devastado se organizan en pequeños Grupos. Desnudo de civilización y cultura, el hombre es pasto de sus instintos: hambre, sexo, mito. El sexo está presente constantemente, pero no se folla sino que se "usan" unos a otros, con indiferencia casi siempre.

Ludwig Meidner 
Los Grupos han descendido hasta un escalón próximo al salvajismo. Atacan y son atacados por un trozo de miseria, queman a los albinos que nacen y todo lo que han tocado, a los inútiles se los abandona o sacrifica. El canibalismo no les es ajeno. Una onza de carne, un pequeño objeto constituyen un tesoro.
"Cuando llegó el turno de su madre, ella no respondió. Alguno miró al Tuerto, que miró al suelo.
-¿Recicle o pira? -Dijo el Comisario General.
-A votar.
Fue un cañaveral de manos para el recicle.
La vieja Goro lo hizo bajar las suyas.
-Vos sos muy chico para votar.
Lo llevó a ver la operación. La aguja entre las cervicales, el despellejamiento, la carneada.
Siendo el hijo, le correspondía pedir algo: eligió un fémur, para hacer una flauta. Nunca la hizo.
La vieja lo trató de estúpido: podría haber canjeado mucho mejor los dientes, que están completos y todavía en buen estado. Tenían sólo treinta solsticios de uso." pág. 18
Desaparecida la sociedad y la civilización hay que crear una nueva. Esta nueva organización social se basa en la pura necesidad, en la supervivencia. Afloran nuevos ritos, nuevos tabús, nuevas ceremonias. Está prohibido ver comer a otro. También se castiga severamente que se te vea la boca o chupar. No hay relaciones familiares o sociales. Es como un experimento social en un entorno desesperado. En este entorno Plop se convierte en "el genio de la vida en el barro, el artista de la supervivencia en el barro", e inicia su escalada hacia el poder.


El paisaje apocalíptico nos remite al mundo de La Carretera, de Cormac Mc Carthy. Pero mientras en ésta la destrucción ha ocurrido hace poco; en Plop es remota. Las ciudades, los coches y los campos han caído en el olvido. Todo es barro y basura, restos oxidados.

No sabemos si se trata de un mundo en sus estertores o es el inicio de una nueva era. En todo caso es un mundo atroz. En este momento nace Plop y se abre camino hacia el poder armado de machetes y bolsas de ratas.  

Pinedo indaga una Antropología  precisa y cruel de la agonía de la raza humana. En La tierra permanece de G. Stewart, los supervivientes del apocalipsis se afanaban por mantener un rescoldo humanista orientado a la civilización. Plop es más salvaje.  Es una caricatura grotesca y terrible del mundo de hoy; deshumanizado, llevado a la extenuación, sin esperanza.