domingo, 15 de julio de 2012

CUENTOS PARA LECTORES CÓMPLICES - de Antonio Pereira







Trivialidad y fantasía.-

Este es un libro de largo aliento entre los de Pereira y lo es por dos motivos: uno es la estructura narrativa, que aparece más trabajada y abierta (como en Las erotecas infinitas). Otro son las referencias geográficas donde se ubican, repartidas prácticamente por todo el mundo: Túnez, Nepal, Londres; ofreciéndonos a sus lectores un periplo internacional más allá de su indefectible noroeste ibérico.  

A pesar de que Las peras de Dios, El otro y yo  o La venganza no dejan de ser casi anécdotas dignificadas por un narrador de pulso firme, el conjunto es excelente.

Se nota el dominio y la precisión en el desarrollo del relato, en la redacción de párrafos literariamente intensos y en la potencia de los giros finales donde más allá de la mera sorpresa, confluye todo el cuento. El Ingeniero Démencour, Los brazos de la i griega, El pozo encerrado, Las erotecas infinitas, El Ingeniero Balboa o El sitio del Inglés son magistrales. Este último es una novela comprimida sobre los deseos y esperanzas de una pareja de novios que construyen castillos en el aire en una mansión abandonada. El giro final es descorazonador.

En Las erotecas infinitas encontramos un juego literario que demuestra que Antonio Pereira es un cuentista de poderoso fuste, independientemente de sus habituales personajes provincianos o del asalto a la poética de la trivialidad que ejecuta en muchas de sus narraciones. La estructura de este cuento se desarrolla con una riqueza pasmosa; cada personaje descubre una secreta biblioteca erótica en una de cuyas obras un personaje descubre asimismo otra biblioteca erótica, etc. Con la brillantez del mejor Italo Calvino, "cada historia desemboca sin concluir, en la siguiente; el enlace sustituye al final, incesante linealidad del relato único y diverso en su unidad", según apunta el profesor Ricardo Gullón en el Prólogo.

Matar la mosca cuando empieza tiene la viscosidad de las pesadillas y Los brazos de la i griega es un relato fantástico maravilloso que te produce un escalofrío al atisbar lo sobrenatural. 
"Nosotros habíamos viajado a Nepal por curiosidad, pero yo sentía como una llamada antigua que no acababa de explicarme. Sólo faltaban unos pasos para completar el círculo que debe recorrer en Daksin Kali un peregrino devoto. En el final del círculo estaba él, otra vez mirándome con sus ojos de cobre. Mirándome a mí, el único, entre toda la humanidad. Esta vez esbozó una sonrisa mostrando la masticación de la droga suave que le oscurecía los labios.
Escupió con decoro el jugo del betel. Y habló:
-Nhagemani hunuhoz, namaste, namaste.
Randa me tradujo estas palabras en la cantina del aeropuerto, cuando ya estábamos despidiéndonos: "Suerte, suerte. ¡Saludo al dios que hay dentro de tí!." p. 139

Beltrán, primera especial es de los más reconocibles de Pereira. Beltrán conduce un autobús entre los pueblos perdidos de la meseta castellana. "La resistencia a lo trivial sumergiéndose en la trivialidad", dice Gullón. Efectivamente el autor logra soplar entre las cenizas más humildes para encontrar el brillo de unas motas de genuina emoción.

El Ingeniero Balboa es el más estremecedor del libro. Un relato compuesto de apariencias  que finalmente un incendio esclarecerá. Un joven del pueblo es requerido por la viuda del Ingeniero Balboa. El confuso relato que nos aporta sobre la intensidad de su vivencia, mezclado con los susurros de una guerra civil presente pero innombrada, logra una evocación de gran potencia dramática.


He nombrado a Calvino y ahora nombraré a Cortázar y a Rulfo. Pereira es un grande del cuento a cuya complicidad el avisado lector acude raudo.

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