miércoles, 22 de febrero de 2012

La pata del escarabajo

de John Hawkes



Husmeando aquí y allá, descubro un autor del que nada sabía y que por sus características supone para mí una incitación. En el blog culturamas.es encuentro:


"En La pata del escarabajo John Hawkes parte de la premisa que toda estructura ficcional parte del lenguaje, y en esto el escritor es un maestro. ¿Cómo describir de qué trata o de qué va la novela si carece de historia? En La pata del escarabajo se van conectando acontecimientos en los que intervienen un sheriff, un médico/brujo, una viuda, un pescador turista y su mujer, una boda, una serpiente y un hombre suspendido. En algún punto del oeste y en distintos puntos del tiempo se encuentran y recuentan cómo este pueblo (que debía de haber sido fructífero por la construcción de una presa) está lleno de figuras absurdas, fantasmagóricas y criminales que crean una atmósfera asfixiante; entre ellos, una parodia del cliché del Western: los indios son sustituidos por pandillas de motorizados.
Podríamos imaginarnos un John Hawkes pedante y amargado, pero el escritor Jim Shepard lo recuerda como un tutor cercano y bromista, cuya obra fue reconocida por los Académicos y (cómo no) por los franceses. “Gracias a Dios por los franceses”, diría Woody Allen."



Mientras que en Ambitocultural.es, Gonzalo Izquierdo escribe:

"La pata del escarabajo (1951) supone una oportunidad única para acercarnos a la obra de John Hawkes (1925-1998) y descubrir su talento para crear atmósferas opresivas y dibujar paisajes dotados de gran fuerza expresiva. 
(...) 

Representante junto a Donald Barthelme, Joseph Heller, Robert Coover, John Barth, Kurt Vonnegut o Thomas Pynchon del postmodernismo en Estados Unidos, Hawkes publicó en 1949 su primera novela, The Cannibal, en la que plasmó sus experiencias en la Segunda Guerra Mundial mediante un relato que sentó buena parte de las características de su obra posterior. La introducción de componentes surrealistas, el tratamiento desmitificador de los géneros literarios (en este caso, el bélico), la presentación de la historia de manera fragmentada, el juego con los referentes espacio-temporales o la supresión de los elementos que permiten al lector seguir la trama de manera lineal son algunos de los rasgos distintivos de un autor que ha ejercido una notable influencia entre los escritores de su generación -El arcoíris de la gravedad de Pynchon recoge parte de esta herencia-.
Para su incursión en el terreno al que pertenecen los mitos fundacionales de la cultura americana, Hawkes vacía el género del Oeste de cualquier rastro de aliento épico -el enfrentamiento con el enemigo representado por la pandilla de moteros no conduce a catarsis alguna y está impregnado de un tono humorístico- y muestra a un grupo de personajes arquetípicos -el sheriff, el médico ambulante, la matriarca, etc.- que han sido despojados de los valores que antaño representaban y que se ven engrandecidos en la medida en la que el lector -que ha transitado antes por explanadas azotadas por el sol y se ha quemado la garganta con un chupito de whisky en el saloon gracias, sobre todo, al cine- les devuelve el halo legendario arrasado por el transcurso de los siglos.
Reducidos a lo esencial, a un conjunto de piel y huesos que se arrastran con obstinación por un espacio y un tiempo que ya no les pertenece, los personajes aparecen como símbolos fantasmagóricos de una época de la que ya no quedan sino restos «decrépitos graneros a punto de venirse abajo», «montones de tuberías de hierro y casetas de chapa corrugada» y «larvas y cráneos» que crujen bajo las ruedas.
Este proceso de esquematización no implica que los personajes se conviertan en instrumentos unidimensionales al servicio de la vocación experimental de su autor: puede que se nos escamotee la exposición de sus conflictos pero hay una mirada introspectiva hacia el interior de los mismos que se vale del monólogo interior y de una primera persona disfrazada de tercera para componer una polifonía de voces que se alternan y mezclan sobre un paisaje devastado que no está lejos de la Tierra baldía de T.S.Eliot (Hawkes menciona en el texto «huertas desatendidas, tierras baldías») ni del Cormac McCarthy de Meridiano de sangre o No es país para viejos en la versión de los hermanos Coen. Unas tierras que, según el personaje de Camper, «no están hechas para las personas».
Entre Mistletoe y Clare, dos localidades de naturaleza árida y dura como el corazón de sus habitantes, tiene lugar un relato que se desarrolla a lo largo de una noche pero que encuentra ramificaciones temporales en un pasado marcado por la muerte accidental de Mulge Lampson mientras trabajaba en la construcción de una presa que iba a ser «la más rentable del hemisferio occidental». 
(...)
Las figuras escurridizas del sheriff y de Cap Leech, encargadas de abrir y cerrar la obra con sendos monólogos, sobresalen del resto. El primero deja claro desde el comienzo que nos hallamos en «un territorio sin ley» donde «no es fácil mantener controlada a la gente, estar siempre de guardia» porque «cualquier cosa (…) basta para que se desvíen del buen camino». 
(...)
Uno de los recursos que el autor emplea para levantar los mimbres de su ficción es el extrañamiento. Más allá de la contradicción entre la época en la que parece transcurrir la acción y en la que en verdad tiene lugar (los Diablos Rojos sustituyen a los indios, los coches de caballos conviven con los automóviles), Hawkes potencia la sensación de extrañeza mediante la hibridación de géneros (la llegada de Camper y su mujer Lou tiene mucho de cuento de terror gótico, y es que en cierto modo, nos encontramos ante un relato de muertos en vida), la construcción de un espacio abstracto, de límites difusos, y la creación de una atmósfera onírica que envuelve las acciones del presente -en contraposición a lo sucedido en el pasado, que es narrado con la claridad propia de los acontecimientos fijados en la memoria-. Resulta congruente que el escritor afirmase que todo lo que había escrito procedía de sus pesadillas, en concreto de la pesadilla de la guerra.

La desnudez y vigor del lenguaje, el cuidado en la elección de cada palabra en función del efecto que se quiere lograr en el lector, acercan a Hawkes a la precisión expresiva de la prosa poética. El texto está repleto de imágenes de gran fuerza evocadora que subrayan el desamparo, la extrema soledad de los personajes: la descripción de Ma, que se siente como «una vieja olla de hierro, llena de verduras recuperadas de la basura» o ese perro empapado que «se había pasado el día amodorrado al sol pero llegando el anochecer se sintió deseoso de agua, aulló al recuerdo de un chaparrón que resonaba en su cabeza como el zumbido de una caracola, empezó a oler como si realmente hubiera llovido y se lanzó gimoteando a un arrollo».

John Hawkes comenzó a escribir ficción siendo fiel a la creencia de que los «verdaderos enemigos de la novela eran la trama, los personajes, el escenario y el tema, y una vez abandonadas estas maneras tradicionales de pensar en la ficción, lo que queda es lo que importa realmente: la estructura». Y aunque La pata del escarabajo renuncie a las formas narrativas tradicionales y diluya los contornos del hilo argumental, mantiene la capacidad para emocionar al lector a través de la pureza del lenguaje, instrumento que el autor dominó con maestría."

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